Reseña
Sorry to bother you
por Mónica Martínez

23 de agosto de 2018

Sin duda, una de las razones por las que disfruto de ver una película en el cine es por el registro que me queda de la reacción de mis vecinos de butaca. Para una cinta con tanto bombo como el debut cinematográfico del rapero Boots Riley no deja de parecerme refrescante que mis vecinos contiguos dormitaron, y hasta roncaron, en alguno o varios puntos de la trama. Confieso que mi entusiasmo por la cinta no decayó en ningún momento y tiene que ver, sobre todo, con dos cosas: se trata de una sátira sobre el capitalismo rampante en Estados Unidos —que puede extrapolarse, en realidad, a cualquier otro país que abrace el libre mercado— y los esfuerzos de los trabajadores para formar sindicatos que protejan sus intereses frente a la voracidad de los patrones y tiene a Lakeith Stanfield —Get Out (2017), Atlanta (2016)— al frente de una historia cuyo descontrol es parte de su originalidad y encanto. 

Como Black Panther (Ryan Coogler, 2018), la historia sucede en Oakland, California, cuna y bastión de la resistencia y activismo afroamericano y anticapitalista, incrustada, a la vez, en el corazón de la Bahía de San Francisco, paraíso capitalista del mundo. Oakland también es la ciudad de The Coup, band de la que Riley es MC, y donde está involucrado directamente con los fenómenos que retrata en STBY. Por eso es que la cinta misma tiene cameos de múltiples casas de campaña donde viven los vagabundos al pie de la empresa de telemarketing que con una falsa noción de igualdad y espaldarazos trata de convencer a los empleados de la felicidad inherente a la productividad que reditúa a la alta administración, pero que sabotea sus esfuerzos por cristalizar un sindicato. Cassius Green (Stanfield) se descubre al centro de esta maraña porque se ha vuelto, a pesar de sus propios pronósticos, el vendedor estrella de cosas que nadie sabe que necesita, pero termina convencido de que es una inversión inteligente. La promesa de ascender en la jerarquía de la empresa y obtener una remuneración que le permita pagar una vivienda propia resulta demasiado tentadora frente al caos e incertidumbre de la lucha sindical liderada por Squeeze (Steven Yeun). 

El éxito de Cassius tiene que ver con uno de los temas más discutidos de la película; el uso de su “voz blanca” (doblada, de hecho, por un actor blanco) que según la sabiduría de un colega con más experiencia asegurará la empatía de los clientes. La “asimilación” de los afroamericanos en sus lugares de trabajo es un fenómeno tan extendido como poco discutido en productos visuales. Pasa desde el blanqueo del vernáculo afroamericano hasta la noción perversa de que el cabello natural de las mujeres afroamericanas no corresponde con los códigos deseables del profesionalismo estadounidense. La traición percibida por sus colegas y Detroit (Tessa Thompson), su pareja sexo afectiva, que se dedica a cargar pancartas en una esquina pero que tiene, también, acceso a una galería donde venden piezas carísimas para un público que se congratula por adquirir íconos de la diáspora afro. 

 

Algo extraordinario sucede cuando Cassius logra rozar codos con Steve Lift, el CEO de la empresa (Armie Hammer), que no suena muy alejado de la vida que uno se imagina para Elon Musk o de Nathan Bateman, el CEO en Ex Machina (Alex Garland, 2015). El guiño a las oficinas con espacios abiertos, diseños elegantes y empleados cuya valía se basa en estar permanentemente ocupados –pero no sentados en un pequeño cubículo sin gracia– en beneficio de la empresa y del patrón es el inicio en una serie de situaciones en las que Cassius se encontrará incómodo, tokenizado como elafroamericano, responsable de satisfacer cualquier referente cultural que aquello signifique para un no afroamericano. 

 

La última historia, y mi parte favorita de la cinta, se desprende a partir de la orgía que organiza Lift y que culmina con la parte más inverosímil, irreverente y divertida, que está pensada para contrastar con el plan capitalista y completamente aterrador de Lift. Sello original de Riley, sin duda, y quizá la parte que hace de STBY una película memorable para 2018 y que, con laxitud puede integrarse a una serie de “películas afroamericanas” que han logrado posicionarse favorablemente en las taquillas, en la crítica y preseas cinematográficas que no necesariamente reflejan la misma diversidad, aunque persisten las dudas de los distribuidores sobre el éxito que puedan tener productos afroamericanos en el mercado internacional

 

Tampoco escapa que, a pesar de la crítica al capitalismo, Riley tiene una tienda virtual donde es posible comprar parafernalia de STBY, incluida la carcacha collage de Cassius, a precios no necesariamente asequibles para las personas promedio. 

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