TELEVISIÓN
Recomendación

Los efectos que la pandemia ha tenido en la salud mental y emocional de las personas empiezan a verse con mayor claridad mientras más pasa el tiempo. Aunque mucha gente actúa como si no pasara nada, la realidad es que un profundo halo de desánimo se acentúa al tiempo que la enfermedad sigue su curso por todos los países del mundo. Era esperable que ante este panorama la experiencia cinematográfica se haya visto afectada. Después de todo cabe preguntarse si ver películas en una sala de cine, un espacio cerrado y oscuro especialmente diseñado para aglomerar gente y para el consumo específico de un tipo de un bien cultural, es una actividad por la que vale la pena arriesgarse a contraer una enfermedad de la que sabemos más bien poco. También hay que decir que la oferta cinematográfica contemporánea, cada vez más desechable, genérica y revestida de una velocidad histérica que da cada vez menos tiempo para asimilar lo que vemos en pantalla, aniquila casi por completo las ganas de ir al cine. Por mucho que los magnates cinematográficos del mundo insistan en que los filmes tipo cajita feliz son la solución para que la gente vuelva a las salas, los pobres resultados en taquilla de sus apuestas han demostrado que la gente no va a asistir masivamente al cine a ver la misma película de consumo rápido de siempre. La tirada le ha salido mal hasta al mismísimo Christopher Nolan, un director inteligente que ha elevado la calidad del cine de acción y de aventuras como pocos, quien con su compleja Tenet (2020) no logró despertar el entusiasmo del público ni cosechó críticas especialmente entusiastas en medios especializados. 

Así pues, hemos tenido que voltear la vista a otras maneras de consumir cine: nuestra vieja colección de clásicos en DVD en algunos casos y, por supuesto, las plataformas de streaming que lideran el mercado: Netflix, Amazon y HBO Go. No es que la cosa mejore sustancialmente ahí pues las subscripciones son cada vez más caras y ofrecen, en buena parte, el mismo tipo de película que puede verse en los complejos comerciales. La particularidad de su oferta radica en su producción original, especialmente en sus series, un tipo de formato que ha ganado popularidad entre los consumidores y que se puede ver a gran velocidad —incluso hay gente que ha dicho ser “adicta” a las series y llegan a temporadas completas en un solo día— y ahí es donde parece ser que hay una diferencia sustancial entre las plataformas. Si bien es cierto que las tres han adaptado el formato de las series al estilo desquiciado y abrumador del consumismo moderno, generando en su mayoría series de seis a diez capítulos sin desarrollo de personajes, premisas estridentes, con lenguaje cinematográfico genérico y un abuso sistemático de cliffhangers, muchas veces sin sentido, al final de cada episodio para hacer que la gente vea tres o cuatro capítulos de jalón; la verdad es que la plataforma de HBO cuanta entre su catálogo con la mejor serie jamás hecha. Así de sencillo: la mejor serie de todos los tiempos fue producida por HBO entre el 2002 y 2008 —antes de que el juego de las series se convirtiera en el negocio— y hasta la fecha sigue esperando una sucesora que la destrone.

En medio de la desgracia de la pandemia parece ser que The Wire empieza a ser vista masivamente por primera vez en su historia. Y es que su momento la serie no fue bien recibida por el público y además fue flagrantemente olvidada por los Emmy, que no la nominaron prácticamente a ningún premio durante los seis años que duro la transmisión. Ha sido el paso del tiempo, como suele pasar con las obras maestras, el que se ha encargado de encumbrar a The Wire como la reina absoluta de las series televisivas y la pandemia ha representado el contexto adecuado para que el gran público por fin se haya animado a ver uno de los grandes tesoros que se puede encontrar en los catálogos de la plataformas de streaming.  

THE WIRE 
PRIMERA PARTE 

Año: 2002 — 2008

 

Creador: David Simon

Directores: Clark Johnson, Peter Medak, Clement Virgo, Ed Bianchi, Joe Chappelle, Gloria Muzio, Milcho Manchevski, Brad Anderson, Steve Shill y Tim Van Patten

Historia y guión: David Simon y Ed Burns (Rafael Alvarez, David H. Melnick y Shamit Choksey, Joy Lusco y George Pelecanos).

Elenco: Dominic West, John Doman, Idris Elba, Frankie Faison, Lawrence Gilliard Jr., Wood Harris, Deidre Lovejoy, Wendell Pierce, Lance Reddick, Andre Royo y Sonja Sohn. 

Fotografía: Uta Briesewitz

Transmisión inicial: HBO

24 de noviembre de 2020

por Pablo Andrade

The Wire es una serie policiaca, heredera de la mejor tradición del cine negro y, sobre todo, de la mejor literatura de este género. Su primera temporada nos lleva a los barrios bajos de Baltimore, la capital del crimen en la costa este de los Estados Unidos; una ciudad donde la segregación, el racismo, la corrupción, la desigualdad, la marginación y la brutalidad policiaca son los alambres de púas encarnados en una herida que continua manando sangre desde que la serie la retrató por primera vez hace casi veinte años. En ese escenario caótico y pesimista es donde ocurre la acción te la serie, en el cual los personajes protagonistas y antagonistas intentan buscar redención pero, sobre todo, quieren sobrevivir. 

Sin embargo, ante todo pronóstico, este variopinto grupo logra armar un caso de grandes dimensiones a través del uso de tecnología de espionaje y una imbricada estrategia de infiltración a lo más profundo de las células del contrabando de drogas en los barrios pobres. Así, conoceremos también a la estructura criminal encargada de la distribución y venta de sustancias en las calles. De esta manera, se van desarrollando ante nosotros las historias de ambos bandos: los detectives y los contrabandistas. Poco a poco, y en clave casi etnográfica, iremos descubriendo los valores y los símbolos de cada grupo; su estructura de mando, su configuración ideológica, etc. Echaremos un vistazo profundo al sistema de la venta de drogas en las calles al mismo tiempo que veremos el tedioso y nada glamuroso trabajo de oficina de los policías; nos percataremos de las causas socioeconómicas que llevan a niños y adolescentes pobres a engrosar las filas del crimen organizado; seremos testigos de la compleja maraña burocrática y política del poder judicial y de la corrupción que la corroe, y seguiremos observado con ojos de etnógrafo hasta que delante de nuestro ojos The Wire desarrolle un impresionantes lienzo sociológico de Baltimore y del sistema de justicia estadunidense, así como de las vidas humanas que se cruzan con él por una u otra razón.

 

Lo más impresionante de The Wire, en su primera temporada, es la complejidad de cada uno de los trece episodios que la componen. Ninguno de ellos se construye a partir de guiones facilones, ninguna escena está ahí por casualidad, ningún personaje queda reducido a un mero esbozo, sino que cada trama y subtrama se desarrollan de manera inteligente y sorprendentemente minuciosa al grado que llegamos a percibir que los episodios dejan la sensación de haber leído un capítulo de una novela de Henning Mankell. En verdad es sorprendente la profundidad en la cual se desarrolla cada episodio de la serie así como la calidad del lenguaje cinematográfico utilizado, el cual se inspira directamente en el mejor cine de Scorsese, De Palma, Ford Coppola y Friedkin, entre otros —no es exageración decir que cada episodio de The Wire está a la altura de Goodfellas (Martin Scorsese, 1990), The Godfather (Francis Ford Coppola, 1972), The French Connection (William Friedkin, 1971) y The Untouchables (Brian de Palma, 1987). 

 

Lo mejor son los personajes, que se alejan del maniqueísmo y de la dicotomía entre “bueno y malo”. Aquí, ni los buenos son tan buenos ni los malos son tan malos. Vemos desarrollarse historias y arcos argumentales para cada uno de los personajes ya sea del bando de los detectives o de los contrabandistas. Tal vez por una inclinación personal a las novelas protagonizadas por detectives, me siento más inclinado por el primer bando. Para decirlo en pocas palabras, los detectives de The Wire son de los mejores que visto en cualquier ficción del género policiaco.  

En cada uno de ellos se despliegan cualidades y atributos que las ficciones sobre detectives han desarrollado desde los autores clásicos como Wilkie Collins, Chesterton, Conan Doyle; pasando por reinterpretaciones más contemporáneas como las que hicieron P.D. James, Dashiell Hammett, Raymond Chandler; hasta la gran escuela nórdica basada en el procedimiento policiaco inaugurada por Maj Sjöwall y Per Wahlöö, y llevada a su máximo esplendor por Henning Mankell. Principalmente, se desarrolla el arquetipo del detective como un ser continuamente torturado por la sordidez de su trabajo del cual quisiera deshacerse a la primera oportunidad si no fuera por un talento, casi un don que le ha sido otorgado por los dioses, para resolver crímenes a través dela observación minuciosa de las evidencias, pero también de la naturaleza humana la cual sabe que es oscura y mucho más malévola de lo que al conjunto de la sociedad le gustaría admitir.

Esta vocación es un don y una maldición al mismo tiempo, pues quien lo posee está destinado a no servir para nada más. Por eso suelen ser representados como personas con vidas personales caóticas pues han descubierto que su misión en la vida es transitar entre la muerte y los peores atributos de los humanos. Además, saben que el trabajo no se acaba una vez resuelto un crimen, pues son conscientes de que la maldad humana no conoce límites por lo que están condenados a repetir su aparentemente inútil trabajo una y otra vez, cual sísifos modernos.

De esta manera todos los detectives de The Wire son variaciones interesantísimas del arquetipo de detective. Para quienes disfruten de la ficción detectivesca aquí encontraran un festín de personajes cuya personalidad los atrapará desde el primer momento, como el detective perseguido por su pasado, el teniente Daniels (Lance Reddick); el viejo lobo de mar que ya había renunciado pero vuelve porque posee un talento extraordinario, el detective Pleamons (Clarke Peters); los inexpertos pero voluntariosos, la detective “Kima” Greggs (Sonja Sohn), el sargento Ellis Carver (Seth Gilliam), el detective “Herc” Hauk (Domenic Lombardozzi) y el increíblemente talentoso detective Roland Pryzbylewski (Jim True-Frost); el elegante y talentoso detective “Bunk” Moreland; un simpático vagabundo adicto a la heroína que servirá como informante, Reginald “Bubbles” Counsins y la joya de la corona: el impredecible, rebelde, alcohólico y a veces miserable detective Jimmy McNulty, quien es una mezcla entre el Sam Spade de Dashiell Hammett y el Kurt Wallander de Henning Mankell.

A ellos dan contraparte los personajes de los contrabandistas, que aquí destacan por ser tratados como personajes profundos, con historias personales que se desarrollan de manera inteligente y con trasfondos socioeconómicos que dejan ver el contexto de segregación y violencia del que provienen. Hay que destacar la impresionante actuación brinda Idris Elba en el papel de Srtinger Bell, mano derecha del líder de los contrabandistas; Wood Harris, como Avon Barksdale, como el mencionado líder; Larry Gilliard Jr., como Dee Barksdale, sobrino de Avon y un gran Michael K. Williams, en el papel del misterioso y letal Omar Little. 

Todos ellos componen un elenco coral en que sería difícil señalar a un solo protagonista. Tal vez lo más correcto sería decir que la gran protagonista es la ciudad de Baltimore, que se va presentando ante nosotros a través de todos los personajes mencionados y los que quedaron pendientes, pues habría que mencionar a aquellos que encarnan a los operadores del sistema de justicia y que son tantos y tan buenos que habría que extenderse demasiado. De manera general, es Baltimore el hilo conductor de todas las historias que entretejan la trama de la mejor ficción policiaca y detectivesca que haya producido la televisión. 

Hay que decir que, como gran exponente del la ficción negra que es, The Wire no centra su fuerza dramática en los crímenes brutales y en el suspenso que genera la “cacería” emprendida por los detectives —ambos elementos presentes—, sino que su poder viene de su capacidad de obligarnos a echar un vistazo a ese pozo oscuro que es el alma humana y de mostrar la realidad subyacente al aparente orden de la superficie. The Wire es la gran heredera del mejor tipo de novela y cine negro que se ha escrito: aquella que nos muestra las grietas de una sociedad obsesionada con mostrarse como “civilizada”, “limpia”, “perfecta”.

Me gusta pensar que el éxito que actualmente goza The Wire no se debe solamente al tedio que representan las medidas de confinamiento a lo largo del mundo; sino que la pandemia y la tragedia humana que ha traído consigo, nos ha hecho entrar en un estado más meditativo e introspectivo. Nos hizo parar en seco y dejar de lado las máscaras que solíamos portar para desenvolvernos en una sociedad cada vez más hueca y banal; nos mostró de frente que la desigualdad existe y que no todos tienen la misma suerte. The Wire es una ficción indispensable porque es un espejo que refleja de vuelta la marginalidad en la que viven muchos seres humanos y nos hace conscientes de la necesidad de hacer algo para lograr un mundo más justo e incluyente. A veces, para ver la luz hay que atreverse a ver la oscuridad. Eso es The Wire.

En otro sentido, este resurgimiento de la serie también es la confirmación de que los consumidores sí queremos ver contenido de calidad. Tengo la sensación de que por primera vez en mucho tiempo podemos detenernos a pensar qué queremos ver antes que solo ponerle play a la serie que el algoritmo de Netflix, Amazon y HBO nos recomienda. Series vertiginosas —en el mal sentido de la palabra— y que solo sirven para verse mientras otro se queda dormido. Hay excepciones, no lo niego. Pero la gran mayoría del contenido original se había convertido en un bombardeo de luces y sonidos sin sentido que agotan la mente, el alma y hasta el cuerpo. 

Cuando la temporada uno de The Wire termina uno piensa que todo está hecho. Simplemente no puede haber nada tan bueno como lo que acabamos de ver. Entonces empieza la temporada dos y uno no puede más que sentir como le vuela la cabeza: no solo es igual de buena, sino que dobla la apuesta y lleva a The Wire a nuevos y emocionantes horizontes. 

Pero esa es otra historia para una futura entrega.

El autor forma parte del equipo editorial de CINEMATÓGRAFO.

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