Recomendación
Ven y mira

Año: 1985

Dirección: Elem Klímov

Guión: Elem Klímov y Alés Adamóvich

Fotografía: Alekséi Rodiónov

Elenco: Alekséi Krávchenko, Olga Mirónova, Liubomiras Laucevicius, Vladas Bagdonas, Victor Lorents.  

​Música: Oleg Yánchenko

9 de mayo de 2018

El 22 de junio de 1941 la Alemania nazi y sus aliados del eje lanzaron la Operación Barbarroja (Unternehmen Barbarrossa) con la cual se inició la invasión a la Unión Soviética. La llegada de la Segunda Guerra Mundial al espacio ruso supuso un cambio radical en las dimensiones y la naturaleza que hasta ese momento tenía la conflagración mundial; en principio, porque la Operación Barbarroja fue la operación militar terrestre más grande que se había hecho en la historia: poco más de 4 millones de soldados cruzaron la frontera soviética, cubriendo un frente que alcanzaba los 1600 kilómetros.

 

Pero la invasión a la URSS, más allá de la simple conquista territorial, suponía para los nazis una cruzada de alcances apocalípticos toda vez que su ideología racial supremacista señalaba que dichos territorios eran el espacio vital (Lebensraum) para la expansión y colonización de la raza aria. Los pueblos eslavos, tal y como lo planteaba Hitler en Mein Kampf, eran para su corolario razas "subhumanas" que debían ser esclavizadas y exterminadas, y en consecuencia la Unión Soviética tendría que ser aniquilada borrando de la faz de la tierra a la cuna del comunismo.    

Alemania realizó una guerra total en la URSS; cometió una serie innumerable de atrocidades y crímenes en contra de la población civil no vistos en el frente occidental. El frente oriental fue las “tierras de sangres”—tal y como las denomina el historiador Timothy Snyder—, pues en él perecerían más de 25 millones de ciudadanos soviéticos sumadas las bajas de civiles y militares, además de ser el principal escenario donde se llevó acabo la Solución Final. 

Resulta natural que para la mayoría del pueblo soviético luchar contra el invasor nazi se convirtiera en un deber casi sagrado, por eso, catalogaron al conflicto como la Gran Guerra Patriótica (Velíkaya Otéchestvennaya Voyná). Tal capítulo ha dejado una huella imborrable en la historia de todos los pueblos que conformaban la URSS, y se ha manifestado en múltiples expresiones que incluyen a las diferentes disciplinas artísticas.   

El cine no ha sido ajeno a esta situación. De manera particular y por claras razones, la cinematografía soviética nos ha dejado como legado una amplia serie de obras que retratan de manera magistral elsufrimiento y heroísmo que se vivieron en esos aciagos años. Basta señalar las célebres Ella defiende la Madre PatriaOná zashchishchavet rodinu (Ermler, 1943); Cuando pasan las cigüeñas—Letyat zhuravlí( Kalatózov, 1957); La balada del soldado —Ballada o soldate (Chujrái, 1959) y La infancia de Iván—Ivánovo detstvo (Andrei Tarkovski, 1962)… por mencionar algunas.  

 

No obstante, dentro del amplio repertorio del cine soviético destaca de manera particular Ven y mira (Idi i Smotri) dirigida por Elem Klímov y producida en conjunto por los estudios Mosfilm y Belarusfilm. La obra fue estrenada en 1985 a solicitud del Goskinó—el órgano estatal encargado de la producción cinematográfica en la URSS—para conmemorar el cuarenta aniversario de la victoria sobre el Tercer Reich. Para Klímov, el reto de realizar un filme sobre un tema tan sensible para la historia rusa no era menor; pues, por un lado, debía estar a la altura de sus antecesoras y, por el otro, la cinta tenía el deber de sensibilizar a las nuevas generaciones soviéticas que carecían de una experiencia cercana con el conflicto al haber crecido durante la “época de oro” que representaron los largos años que duró la administración de Brézhnev (1964-1982).   

 

Aunque con semejante origen se podría pensar que el resultado final del filme sería una letanía de consignas, afortunadamente ocurre lo contrario: Klímov, con antecedentes de ser un cineasta incómodo y cercano a la disidencia, se aleja de la propaganda patriótica y el sentimentalismo —tan recurrente en la mayoría de las cintas que vemos de Hollywood— para presentar una obra brutal sobre la naturaleza de la guerra. No hay héroes ni villanos puros: en un nazi caben atisbos de humanismo al derramar lágrimas por las atrocidades que ve, un partisano soviético utiliza tácticas nazis en su despiadada forma de reclutar. 

 

La historia se desarrolla en Bielorrusia. Corre el año de 1943. La elección de dicha república soviética no es al azar: casi al instante de que se produce la invasión, en los densos bosques del país se organiza una resistencia de partisanos quienes deciden hacer frente a la amenaza nazi. Se estima que, pese a de eso, fue el territorio soviético que más sufrió durante la guerra al perder una cuarta parte de su población —2.3 millones de personas, que albergaban a una gran cantidad de judíos. 

 

La cinta narra la historia del adolescente Florya Gaishun (Alekséi Krávchenko), quien busca desesperadamente un fusil para unirse a las bandas de partisanos. Sin embargo, el protagonista ignora la advertencia de un anciano sobre el peligro que supone cavar agujeros en un páramo despejado del bosque, ya que eso delataría su posición a los cazas alemanes —que incesantemente sobrevuelan la zona. La negligencia se revelará fatídica conforme avanzan los minutos. 

En este sentido, la película se divide en dos partes. En el primer acto vemos el bosque, la madera, la tierra, el fango, una vegetación de la que emana una cierta humedad que poco a poco va impregnándose en los pulmones. Los elementos naturales generan una visión onírica, una donde parecería que no ocurre nadayque va acorde con el típico paisaje que impera en la república del poético nombre:“la blanca Rusia”. Las imágenes se suceden una tras otra con una belleza heredera de la gran tradición del lenguaje cinematográfico ruso —es una mezcla entre el barroquismo de Sergei Eisenstein en Iván el Terrible (1944) con la cadencia de El espejo (1975) de Tarkovski.

La partida del hogar, ante la oposición de la madre, representa el primer choque de Florya ante la realidad de la guerra. Kosach (Liubomiras Laucevicius) —el comandante de una banda de partisanos—le ordena al joven novato que intercambie sus botas nuevas con un anciano que las tiene rotas, lo que de inmediato lo deja inactivo de los combates. En su desolación, emprende el regreso a casa cuando se encuentra con Glasha (Olga Mirónova), una guapa y a la vez extraña muchacha. A partir del encuentro, la situación cambia: se inician los bombardeos nazis que dejan al muchacho con una sordera temporal y al bosque envuelto en una borrosa visión. Entonces inicia el segundo acto.

El ambiente empieza a crecer en dureza y en tristeza; el horror y el dolor se apropian de cada segundo de la cinta. Se empieza a generar una sensación inquietante, que agobia y quita la respiración. Con tomas prolongadas, vemos paso a paso cómo Klímov va desgajando cada uno de los horrores que hay en la guerra —que a ratos rememora a Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979), otra cinta clásica del género. Las imágenes son profundamente brutales y realistas, y la violencia es explícita sumergiendo al espectador en una sensación de terror. 

 

Hay delirios e histeria colectiva. El exterminio de los habitantes de la aldea Perejodi lleva a un estado de cuasi locura de los personajes. Aparece un fantasmagórico y cadavérico espantapájaros que rememora a Hitler. Lodo y mucha suciedad envuelve a cada uno de los personajes. Es, pues, la destrucción material del mundo en el que había vivido Florya, todo lo cual redunda en su envejecimiento prematuro: un niño con arrugas y cabello cano. La pérdida brutal de la inocencia, eso es la guerra. 

El drama se acentúa por una espléndida obra sonora compuesta por Oleg Yánchenko, que va desde un pitido incesante en el oído hasta el uso de piezas clásicas de Mozart, Strauss y Wagner. En este sentido, resulta imposible desligar que obras contemporáneas como Dunkerque (Christopher Nolan, 2017) abrevan de Ven y mira, ya que hacen el mismo manejo del sonido como elemento catalizador de emociones y sensaciones humanas. 

Ven y mira no es una obra fácil de procesar, pues la cinta difiere del cine bélico convencional. Los combates son prácticamente inexistentes y los silencios abundan más que los diálogos; silencios que en ese contexto pueden ser un preludio del terror que está por llegar. En ese sentido, su capacidad inmersiva puede resultar mayor que otras cintas bélicas como La delgada línea roja (Terrence Malick, 1998). Klímov, a diferencia del cineasta estadunidense, no busca pregonar: simplemente presenta el envilecimiento del alma humana en estos contextos. Aunque son dos caras de la misma moneda, Klímov exaspera al espectador al punto de llevarlo a un estado que linda en la locura. A la par, resulta imposible desligar que Ven y Mira es un claro guiño a La infancia de Iván (1962) —manejada tal vez con menos maestría que la obra de Tarkovski, pero deviene con más fuerza. 

 

A pesar de que el Goskinó detuvo por muchos años el rodaje de la cinta, porque consideraba que el guion hacía una apología a la estética de la “suciedad y el naturalismo”, los aires de apertura y cambio que trajo consigo la Perestroika permitieron que la película se estrenara. El único cambio que el director aceptó en la cinta radicó en el título: del Matad a Hitler original pasó a Ven y mira, título sacado del capítulo seis del libro del Apocalipsis donde se expresa: “[v]i cuando el cordero abrió uno de los sellos, y oí a uno de los cuatros seres vivientes decir con voz de trueno: ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió vencido para vencer.” 

 

En la escena final un Florya embrutecido por su descenso a los infiernos, por la llegada del Apocalipsis a su tierra, dispara enloquecido a una imagen que tiene del Führer. Inician una serie de escenas que retroceden aceleradamente en el tiempo, las ráfagas súbitamente se detienen cuando aparece la imagen de Hitler de bebé en brazos de su madre. Florya sale del trance, duda y retira el fusil. No conozco muchas cintas que tengan ese tipo de capacidad para sumergir al espectador en la brutalidad y el horror de la guerra. 

Ven y mira es una obra poderosa que deja una sensación de agobio y desesperanza; que quita el aliento y resulta en una experiencia única de la que uno tarda varios días en recuperarse. Y es que, como aseguró Francis Ford Coppola, Ven y mira no es simplemente una película sobre la Segunda Guerra Mundial, es la Segunda Guerra Mundial. Acaso la definición del cineasta estadunidense sintetiza la magnitud de la obra ante la que nos encontramos: cine bélico y de terror en estado puro, que desnuda uno de los lados más oscuros de la naturaleza humana.

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