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Reseñas
Train dreams
por Jorge Zendejas

16 de marzo de 2026

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Un grupo de leñadores trabaja entre árboles, tan inmensos que se pierden entre las nubes. Se encuentran en los bosques del noroeste de Estados Unidos. El ruido de las sierras y de los troncos al caer se apaga cuando llega la noche. Entonces los hombres se sientan alrededor del fuego de la leña. Descansan. Hablan poco. Son frases breves, recuerdos sueltos, comentarios sobre la vida. En ese ambiente austero aparece también un recuerdo que pesa sobre el lugar: el protagonista fue testigo del asesinato de un trabajador, amigo de paso. Se trata de un episodio de odio racial que acompaña la expansión del ferrocarril y la explotación forestal en esos territorios. Con el paso del tiempo esa presencia vuelve de otra manera: en medio del bosque, cuando está solo entre sueños o al disociarse, el protagonista cree ver su fantasma.

 

Train Dreams, dirigida por el director estadunidense Clint Bentley, está basada en la novela del mismo nombre publicada en 2011 por Denis Johnson. En su película previa, Jockey (2021), Bentley realiza un retrato sobrio de un jinete de carreras envejecido que enfrenta el final de su oficio. Aquí mantiene esa misma narrativa: episodios breves, silencios prolongados y paisajes que parecen guardar la memoria de quienes los atraviesan. Robert Grainier, a quien acompañamos durante esta travesía desde su infancia hasta su muerte, está interpretado por Joel Edgerton que brinda una actuación de notable sobriedad y refleja un dominio de su arte. A su lado aparece Felicity Jones como su esposa, presencia breve pero luminosa que concentra algunos de los momentos más significativos de la historia: la vida doméstica que imaginan juntos, la pequeña cabaña levantada en medio del bosque y la promesa de una familia.

 

La película avanza como una sucesión de imágenes que se parecen más a recuerdos que a episodios dramáticos. Grainier viaja a una pequeña ciudad y entra por primera vez a una sala de cine. Observa esas imágenes en movimiento con una mezcla de curiosidad y desconcierto. En otro momento coincide con una investigadora que estudia el bosque y que vuelve a aparecer tiempo después, uno de esos cruces improbables que a veces deja la vida. En el pueblo trata con el dueño de una pequeña tienda, un hombre indígena con quien establece una cordialidad silenciosa y que más adelante, en uno de los momentos más duros, después del incendio del bosque y de la vida en la que habita, se sienta a su lado, comparten alimentos y le ofrece compañía. En el camino adopta un perro que decide seguirlo durante un tiempo. Y en otra secuencia ayuda a una niña que se ha extraviado. Encuentros breves. Pequeñas bondades. Gestos mínimos que aparecen sin anuncio y desaparecen con la misma naturalidad. Entre esas escenas hay momentos de una belleza pacífica, tranquila. Grainier construye una pequeña cabaña en el bosque para su esposa y su hija: madera recién cortada, la luz entrando por la puerta abierta, la promesa sencilla de una vida levantada con sus propias manos. La película se detiene en esos gestos con una paciencia casi contemplativa.

 

Por momentos, Train Dreams recuerda a The Tree of Life (Terrence Malick, 2011): esa forma de encontrar en lo pequeño —un paisaje, un gesto cotidiano, una casa construida con esfuerzo— una dimensión casi espiritual. Hacia el final aparece una escena breve. Grainier sube a una avioneta de hélice. Desde arriba observa los bosques donde ha pasado su vida trabajando. La aeronave avanza lentamente mientras el paisaje se despliega abajo y las imágenes parecen mezclarse con fragmentos de su memoria. No ocurre gran cosa. Es un momento silencioso. Ese instante hace pensar en Stoner (1965), la novela de John Williams. En sus últimos instantes, William Stoner —académico de literatura inglesa y protagonista de la historia— mira hacia atrás y se juzga con dureza: Katherine, su amante, su hija Grace, su carrera como profesor… todo lo que amó. Cree que su vida fue poca cosa. Al final, no obstante, comprende que ese juicio era injusto. Algo parecido sugiere Train Dreams. La vida de Robert Grainier no tiene nada de espectacular. Trabajó en los bosques. Los viajes de un campamento a otro marcaron buena parte de su paso. Sin embargo, también está el amor por su familia, el hogar que intentó construir, los encuentros fugaces que dejó el camino. Ese reconocimiento —la reconciliación con lo que uno es, ha sido y será— es quizá una de las pocas aspiraciones razonables que quedan en este mundo extraño de capitalismo tardío: sostener con honestidad aquello que uno ama, aunque pase casi desapercibido para los demás. 

El autor forma parte del equipo editorial de CINEMATÓGRAFO.

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