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UN DIOS DE TRES HORAS Y OCHO MINUTOS:

REFLEXIONES SOBRE MAGNOLIA

por María Guillén Garza Ramos

15 de mayo de 2020

De niña quería un libro de colorear de la Biblia. En parte, porque veía que los niños que hacían primeras comuniones recibían mesas llenas de regalos y decidí que no era tarde para ponerme al corriente con el catecismo; también porque escuché de oídas que un señor llamado Jesús había muerto lentamente en la cruz. El morbo era inevitable por las imágenes de dolor físico, pústulas y clavos. Si hubiese sido más disciplinada pude haberme adentrado en ese mundo gore bíblico, pero realmente el ateísmo estaba más de moda en los noventa para una generación de personas traumadas por escuelas de monjas y curas. Había algo así como cierto caché en ser ateo, cosa que mi propia generación ya superó. Además, a los once años había otros intereses que seguir. 

Then I thought it would be really interesting to put this epic spin on topics that don't necessarily get the epic treatment, which is usually reserved for war movies or political topics. But the things that I know as big and emotional are these real intimate everyday moments, like losing your car keys, for example. You could start with something like that and go anywhere. [1]

Paul Thomas Anderson

Sin embargo, tenía la impresión de que esa convicción antirreligiosa hacía que me perdiera de la comprensión de ciertos fenómenos, y creía entonces que la fe católica era la única forma de acceder a ellos. Relacionaba conceptos como alma, misterio, milagro con algo que sólo conocían los seguidores de Dios. El misterio de por qué, por ejemplo, los domingos que atardecía sentía una desolación y un vacío, como miedo a que se terminara el mundo, casi como una premonición de muerte, aunque no pudiera nombrarlo como tal. No podía nombrar mucho en ese entonces. 

Entonces Dios se presentó a mí en la forma de una película, cosa que supongo sucede cada vez más en una sociedad que se educa con productos culturales y termina por adorarlos. Verla fue como si alguien me revelara una verdad que desconocía pero que presentía inconscientemente. No lo dije así en ese entonces, probablemente dije que lo de las ranas “estaba padre” pero haciendo un ejercicio retrospectivo, Magnolia (Paul Thomas Anderson,1999) fue como si alguien dijera todo lo que se podía decir. Hubo un antes y un después en mi comprensión del mundo. Y quizá este texto no sea realmente sobre la trama de la película, o sus proezas técnicas, sino sobre el impacto que me produjo verla.

 

Para empezar, de niña me parecía extrañamente larga, pero no se sentía tediosa, tenía todo el sentido que comenzara como una película normal y se enredara y desenredara de forma caótica. El comienzo espectacular, de tres breves cortos sobre coincidencias y hechos improbables era deslumbrante. El narrador concluía con esto antes de dar comienzo a la película: “It is in the humble opinion of this narrator that this is not just "something that happened." This cannot be "one of those things"... This, please, cannot be that. And for what I would like to say, I can't. This was not just a matter of chance. … These strange things happen all the time”. 

Las varias historias se entrelazan en una combinación de suerte, coincidencia y mitología: un presentador de un programa de concurso en el que compiten niños con adultos sobre temas de cultura general (Phillip Baker Hall); la hija cocainómana del presentador (Melora Waters); un policía que se enamora de la chica cocainómana (John C. Rilley); un niño genio participante del concurso y explotado por su padre (Jeremy Blackman); un ex niño genio ahora adulto que participó en el programa hace mucho y ahora no tiene dinero ni habilidades sociales (William H. Macy); un ex productor millonario en estado terminal a punto de morir (Jason Robards); su esposa cuarenta años menor, al borde de un ataque psicótico (Julianne Moore); el enfermero (Philip Seymour Hoffman), que escucha la historia de vida del viejo productor y lo ayuda a buscar a su hijo: un hombre que odia a su padre y se dedica a dar talleres para ayudar a gordos a dominar y seducir mujeres (Tom Cruise). Anderson ha dicho que imaginó su estructura como a lo que suena “A Day In The Life” de The Beatles. La armonía dulce del principio rápidamente se ve eclipsada por la catástrofe y el drama, por secuencias de tensión en las que la música arremete y no se detiene hasta que llega el silencio. Pero es un falso silencio, esa acumulación de tristezas y malestares calla la música y la reemplaza por una estrepitosa lluvia de ranas

Magnolia me hizo endiosar a una persona, a sustituir un profeta por un director de cine. Porque había alguien con un alma (o ego, podrían ser lo mismo) tan grandiosa como para crear esa cascada de convicción e intensidad. Me sirvió como revelación de que el mundo ha estado siempre lleno de personas intensas capaces de empujar todos los límites: los del tiempo, la convención, los de qué puede o no hacerse en una película como esa. Particularmente, me interesaba que una persona fuera capaz de trasladar la comprensión de una cosa tan amplia, en este caso la humanidad, y tuviera la capacidad mental de narrarla en imágenes. ¿Cuántas imágenes se necesitan para narrar una historia así?  

El guion es una revelación de genialidad, pues no es que el ritmo se reordenara en la edición, Paul Thomas Anderson la imaginó exactamente como se ve, los cortes abruptos de un personaje a otro, los movimientos de cámara, todo el torbellino ya estaba en el guion, tenía el caos perfectamente ordenado. Sabía exactamente cómo contar esta historia. No todas las películas se escriben para un destinatario tan amplio como el género humano. No todas tienen una función cuasi religiosa. Magnolia fue como unirme a una secta, sin saberlo, claro. Trataré de explicarme, aunque sospecho que no tendré mucho éxito. Llueven ranas porque todos los personajes llegan a una revelación sobre sus propias vidas. Se creería que lo milagroso son las ranas, pero en realidad las ranas son una metáfora del verdadero milagro. Todos ellos son el milagro. Lo sobrenatural es el poder de sus propias conciencias.  

El discurso predominante es que nuestras vidas son genéricas, aburridas, y que todos tendremos un trabajo de oficina y una familia (o ni eso) y moriremos y ya. Y hoy en día se nos hace creer que los pequeños paliativos materiales pueden mejorar nuestra existencia: la idea de self-care como respuesta a un futuro material sin esperanza. Sin embargo, las pequeñas mejoras que apelan a lo material o al cuidado espiritual siguen siendo un remedio bastante pobre a la precarización o al vacío, no dejan de ser formas de autoengaño en las que nadie realmente cree. La contraparte a ese fenómeno es buscar la excepcionalidad en la exposición permanente de un personaje que hemos creado, ávido de compartir su dolor o rareza como manera de conectar con los demás. 

Magnolia de alguna forma llega a una solución dialéctica, sólo eres especial porque tienes emociones, pues tu vida, por más pequeña e insignificante que parezca es igual de excepcional que la de todos los seres humanos que han sentido amor, dolor, fracaso, engaño. Eres especial no por ser excepcional, sino porque todos lo somos. Y eso nos hace lo suficientemente personaje y persona. Ahora bien, eso también hace imposible la comparación: cada historia es su propio mundo de milagros.  

Esa fuerza melodramática puede ser vital para un grupo social que constantemente hace referencia a sus emociones y a su estado depresivo, pero no necesariamente está consciente de la fuerza que tienen los sentimientos (no el sentimentalismo). Nos tomamos a nosotros mismos con ironía, porque se supone que es mejor reír que llorar; o con lástima, porque esperamos que los demás se compadezcan de nuestro dolor. Y en los dos casos una voz constantemente nos repite que “no hay que tomarnos en serio, no pasa nada”. Pues aquí hay una película que se propone todo lo contrario. En la que los personajes se narran sus propias historias con absoluta seriedad. 

Un policía pasa su vida sabiendo que es un perdedor y se esfuerza el doble que todos para demostrar que no lo es. Pierde su arma en una de sus primeras tareas. Siempre estuvo destinado a perderla. La muerte de un anciano terminal, que podría no tener nada de particular excepto que su esposa descubre que lo ama pocas horas antes de que muera. Pasó una vida sin que nada le importara, se casó con él por dinero, y de pronto se dio cuenta que sí, que le importaba. Al final todos encuentran esa forma superior de vida que se llama destino, lo reconocen y asimilan. Entonces llueven ranas.  

La doctrina, o el aprendizaje que recibí de esta obra maestra es que valdría la pena habitar nuestras humildes vidas, no sólo con el nihilismo triste del “ya mejor me mato”, sino repasar cada cosa que nos ha sucedido con el peso que le corresponde. Forzosamente nos obliga a sentirnos humanos en tanto que no somos los únicos que han experimentado algo así, pero también nos aleja de cualquier comparación posible. Los personajes son sus propios traumas, sus propias y particulares expectativas, y su propia torcida y singular relación con los padres. Y sólo el conocimiento de esas cosas particulares puede redimirnos. Reconocer el peso de nuestra propia historia para narrarnos el mundo, sin que eso se traduzca al alarde vacío de nuestros traumas. La pasión por uno mismo, esa pasión que se ha convertido en algo demodé es un aliciente más poderoso que otras formas de autoayuda. Lo genérico no nos va a salvar, lo humano sí. Nunca vamos a ser los más guapos, ni los más listos, ni vamos a tener el mejor trabajo, y probablemente impresionar a esa persona que creemos que queremos impresionar tampoco va a llenar el vacío. Tampoco narrar nuestra depresión y compartirla con el mundo va a llenar el vacío. El vacío no se llena nunca. 

No hay una moraleja al final, sino una doctrina de resignación que no debería pensarse como rendición. “It’s not going to stop, so just give up” como dice la canción de Aimee Mann. Pero give up no debería entenderse como rendirse, sino como asumir esa trágica historia personal. Una historia que es única y universal a la vez, y la única persona capaz de apreciarla en toda su grandeza es su propio protagonista. Al mundo no le importa. No le importa lo material y tampoco lo personal. Así que imaginemos qué pasaría si todos le diéramos el suficiente peso a nuestras vidas como para creer que son valiosas. Valiosas para nadie más que nosotros. Y no hay fuerza más grande en el mundo que el perdón, ni momento más significativo que la confesión de amor a alguien que queremos amar, o la liberación de aceptarnos como esos patéticos y pequeños seres ridículos que se estrellan de boca rompiendo sus sueños una y otra vez. Eso es Magnolia

La autora cuenta con estudios en Relaciones Internacionales por la UNAM y El Colegio de México. Ha colaborado con textos sobre seguridad y prevención del delito en Animal Político y El Universal. Además, ha publicado en EtcéteraÁgora y en los blogs de (Dis)capacidades y Cultura de Nexos.

NOTAS Y REFERENCIAS

[1] La traducción es de la autora: "entonces se me ocurrió que sería muy interesante darle un toque épico a temas que no necesariamente son retratados épicamente, cosa que se guarda casi siempre para películas políticas o de guerra. Pero las cosas que a mí me parecen grandiosas y emocionantes son esos momentos íntimos y cotidianos, de todos los días, como perder las llaves de tu coche, por ejemplo. Podrías empezar por ahí y a partir de ese punto las posibilidades son infinitas”, (“Magnolia maniac”, The Guardian, 10 de marzo de 2000, disponible en: https://www.theguardian.com/film/2000/mar/10/culture.features).

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