Recomendación
Ratcatcher

Año: 1999

Dirección: Lynne Ramsay

Guión: Lynne Ramsay 

Fotografía: Alwin H. Küchler

Elenco: William Eadie, Tomy Flanangan, Mandy Matthews, Michelle Stewart, Lynne Ramsay, Leanne Mullen y Thomas McTaggart.

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​Música: Rachel Portman

24 de octubre de 2018

De ratas y festivales

Festivales

 

Empecemos por decir que los festivales de cine son raros. La cosa es que hay que hacerlos muy grandotes, con mucha gente y muchas cámaras. Uno aprende rápidamente que no es tanto sobre las películas sino, como suele suceder en este país, sobre ver y ser visto. “Esto es como el metro we, hay que empujar”, señala la chaviza que huye de la lluvia a la entrada del Cinépolis. Hay una función de Ratcatcher (1999), ópera prima de la genial Lynne Ramsay. La posibilidad de verla o conocerla genera expectativa. A primera vista parece que la sala está llena, aunque son visibles quince lugares vacíos cubiertos con chamarras, porque no se ha perdido esa costumbre tan bonita de “apartar”. A consecuencia de ello, escuchamos desde el piso unas breves palabras de las organizadoras del festival. 

 

Lynne Ramsay entra tímidamente con un vestido blanco y saco negro, sonríe apenada y dice: “Mucho gracias”, cosa que a todos nos hace gracia. Es modesta, se ve buena gente y no parece tener mucho interés en hablarnos, seguramente lleva días platicando con personas y yendo a sesiones de entrevistas. En un awkward moment, una chica dice algunas palabras sobre la obra de Ramsay y sostiene que la película tiene motivos recurrentes, imágenes características y un estilo reconocible. Al final remata con: “No sé si conozcan las películas británicas de realismo social de los 50’s y 60’s, también hay algo de eso”. Se siente raro que alguien más explique a Ramsay teniéndola ahí presente. La directora sonríe incómoda mientras una señora realiza una traducción simultánea de lo que dice la chica. Termina. Ramsay se toma unas fotos y se despide con un: “I wouldn’t say it’s social realism, by the way”, pero la traductora lo pesca como que “su obra tiene mucha realidad social”.

Una mujer gorda de chinos desordenados grita: “Bravo, Lynne”, en esa costumbre tan mexicana de llamar por su primer nombre a la gente famosa. La misma mujer sale de la sala una hora antes de que termine la película. Quizá no le pareció tan interesante o ya la había visto. Misterio. Mientras tanto, nos dicen que no podemos sentarnos en el piso, así que vamos hasta adelante. Resulta ser una de esas salas cuya primera fila está a dos metros de la pantalla, lo cual que obliga a doblar el cuello dolorosamente hasta que uno deja de sentir algo y con el entumecimiento uno puede ver la película a gusto.

 

Ratas

Ahora bien, ¿por qué se podría pensar que la película es realismo social? Si la desmenuzáramos en temas o acontecimientos quedaría la historia de un niño humilde en Glasgow que mata a su amigo sin querer mientras juega con él en un canal putrefacto. James tiene un padre alcohólico, además de que vive atrapado en un minúsculo departamento con sus dos hermanas, pues su familia no ha recibido noticias de la casa que solicitaron al gobierno. La historia transcurre en medio de una huelga masiva de los trabajadores de basura de la ciudad (algo que sí sucedió en 1974 y duró todo un año hasta que el ejército escocés se vio obligado a intervenir en la recolección). James habita una realidad de bolsas negras, desechos acumulados y epidemias de piojos. Es el entorno ideal para que proliferen las ratas y la violencia.

Ramsay ha señalado que la película no es eso que llaman realismo social. En realidad, es más sobre la mente de un niño, de ese niño en específico. No es Escocia o Glasgow, ni las llamadas familias disfuncionales, es James: sus sentimientos, su mundo interior; su particular relación con la muerte, que no parece inspirarle demasiada tristeza o culpa; o su relación con Margarette Anne, de protección mutua más que de amor romántico o deseo. En ese sentido, si existiera la necesidad de enmarcar la película, sería más preciso decir que pertenece a esa larga lista de obras que exploran la mente de personajes que no funcionan bien en el mundo, que no sienten lo que todos les dicen que deberían sentir, que son víctimas de injusticias y de incomprensión. De Mersault cuando no llora la muerte de su madre, por ejemplo. O quizá, un ejemplo más cercano, sea la canción Expectations (1996) de la banda escocesa Belle and Sebastian, sobre un chico de prepa que observa a una niña rara que todo el mundo odia y le dice:

 

Hey, you've been used

Are you calm? Settle down

Write a song, I'll sing along

Soon you will know that you are sane

You're on top of the world again. 

La rata juega un papel central, pues los niños juegan con estos animales, los maltratan, los adoptan. Los adultos tiran algunas al excusado; son seres que viven al margen y tienen una connotación negativa. Sin embargo, Ramsay eligió la historia de las ratas, de ese niño-rata, no de un niño particularmente listo o carismático, sino de alguien que podría ser perfectamente intrascendente, hasta que descubrimos que no lo es, bajo la mirada de la cámara se vuelve interesante, conmovedor. Recuerdo unas palabras de Juarroz: “Tal vez sea por esto que pensar en un hombre se parece a salvarlo”. Y quizá la fascinación radique en eso, que no hay personas interesantes per se, sino que las personas se vuelven interesantes a partir de cómo las vemos y las entendemos. Así como el entorno podría quedarse en una ciudad-basurero, pero la rescata una mirada diferente: tomas del cielo y el agua, de lágrimas y sonrisas, cuyo resultado es otro paisaje, mucho más rico y complejo. Así, Ratcatcher mantiene cierto optimismo, pequeños escapes de lo que ya está determinado, desenlaces alternativos: una canción melosa corta de tajo una pelea doméstica, un ratón esquiva la muerte después de que su dueño lo ate a un globo de helio, pues en vez de impactar contra el suelo como indicaría la lógica, viaja a la luna y aterriza para encontrar muchos otros ratones. James se hunde en basura y en tristeza, pero su mente huye hacia bellas imágenes de campos amarillos en los que puede correr libremente. Porque el cine también es salvación. 

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