Ensayo
the Predator
O la oportunidad de redescrubrir las cintas originales
por Pablo Andrade

29 de septiembre de 2018

El fin de semana pasado fui a ver una película llamada The Predator (Shane Black, 2018) continuación de la famosa saga del alienígena cazador de humanos (y otras especies intergalácticas) a quienes transforma en macabros trofeos de cacería. Lo hice porque la cinta original titulada simplemente Predator (1987), dirigida por John McTiernan y protagonizada por Arnold Schwarzenegger, es una de mis películas favoritas de la infancia y qué decir de su infravalorada secuela protagonizada por un gran Danny Glover, Predator 2 (Stephen Hopkins, 1990). 

Sobre la nueva entrega dirigida por Shane Black —quien figuraba como actor de reparto en la primera película— en realidad hay muy poco que decir, salvo que en verdad es una película desconcertante y no precisamente por cosas positivas. The Predator desconcierta por lo mala que es, y no digo que sea sólo una decepcionante continuación de una saga que ha venido en picada desde su segunda parte, sino que es probablemente una de las peores películas del año y hasta parece que está hecha para burlarse de los fans en su cara. El filme es, en general, una mala comedia negra con un montón de personajes incoherentes, situaciones ridículas y una atmósfera que, aunque intente ser oscura en su tramo final, ya no logra desprenderse del infantilismo inmaduro que el director les imprimió a los dos primeros actos de la cinta. Además, la película cae aún más profundo cuando es comparada con el filme original que, a pesar de tener todos los elementos para ser una cinta desechable de los ochenta, contaba con el compromiso de todos los involucrados para sacarla adelante y tomarse con seriedad al público; es decir, no verle la cara de idiotas. 

Algo similar ocurrió el año pasado cuando se estrenó The Last Jedi (2017) de Rian Johnson: cuando se le acusó de haber traicionado a la “cosmología” del universo de Star Wars. Sin embargo, hay una clara diferencia entre lo que hizo Johnson y lo que hace ahora Black; y es que el primero se tomó con seriedad la idea de un cambio de rumbo para la saga y no alteró en demasía los cánones de tono y narrativa de las películas que la precedieron. En cambio, la nueva The Predator es la primera en toda la serie que apuesta por un cambio radical en el tono, pasando de ser thrillers de acción y de suspenso a una película que se asume así misma como una comedia para adultos, cuyo principal objetivo es hacer reír a carcajadas a la audiencia —cosa en la que tampoco cumple a cabalidad, más allá de unos cuantos chistes y tomas graciosas.

Pero CINEMATÓGRAFO no es un espacio que se dedique a destruir películas, sino a reflexionar sobre cine; de manera que me voy permitir recomendar al lector las dos primeras entregas de esta saga venida a menos. Tampoco voy a decir que son obras maestras, pero me parece que pertenecen a un muy pequeño grupo de películas de los ochenta y noventa que se tomaban al género de acción en serio. En la primera tenemos a un Schwarzenegger —que nunca ha sido precisamente un buen actor— bien dirigido y que, sobre todo, se le notaba el interés por aportar a la cinta en su conjunto. El actor austriaco interpreta a un mayor del ejército gringo que lidera a un grupo de especialistas dedicados a misiones de rescate. Dicho grupo establece contacto con un alienígena que suele visitar regiones del planeta en los cuales hay conflictos bélicos para seleccionar individuos lo suficientemente fuertes y violentos a los cuales darles caza y convertirlos en trofeos.

Claro que los personajes de la primera cinta no destacan por su seriedad o construcción dramática; sin embargo, McTiernan tuvo el acierto de no sobredimensionarlos, obteniendo lo mejor que le pudieran brindar cada uno de los actores que los interpretaban, y encausándolos así de la mejor manera posible. Alguien debería de reconocerle a este señor que logró mantener a flote una película con un montón de tipos que más que interpretes eran fisicoculturistas, luchadores, jugadores de fútbol americano e, incluso, ex actores porno como en el caso del hoy finado Sonny Landham. 

Pero más allá de todo, el mayor logro de McTiernan, como ya dije, fue tomarse la película en serio. En todo momento se nota en el resultado final, su tesón por sacar adelante una cinta destinada al fracaso. Es muy famosa la anécdota de cuando McTiernan tuvo que enfrentar a la productora en cuestiones relacionadas a la criatura protagonista. En primer lugar, cuando los productores mandaron al set de filmación —Puerto Vallarta en México— el disfraz que utilizaría el actor que interpretaba al depredador, el joven director amenazó con abandonar la producción si no se tomaban en serio a la película y mejoraban notablemente la calidad del disfraz y el diseño del alienígena. McTiernan sabía que el éxito del filme dependía de aquello y gracias a su seriedad, Arnold Schwarzenegger recomendó al mítico director de efectos especiales Stan Winston para el diseño del monstruo, dando como resultado unos los monstruos más icónicos de la historia del cine. 

 

Por otro lado, en un primer momento el actor que le iba a dar vida al bicho iba a ser el mismísimo Jean Claude Van Damme, pero cuando éste se quejó de que su rostro no aparecería en pantalla, McTiernan lo despidió del rodaje, demostrando una vez más el compromiso que tenía con su visión del filme. También, destaca el uso de una fotografía brillante y de planos cinematográficos amplios —para sacar el máximo provecho posible del paisaje selvático—, tomas lentas que no apresuraban la narrativa y que junto a una buena edición construyeron una atmosfera amenazadora y angustiante. No sobra destacar el gran trabajo de Alan Silvestri que se entregó de lleno a la tarea de confeccionar una banda sonora que hasta hoy sigue siendo famosa y muy disfrutable. 

En fin, que Predator se ha convertido en una película de culto a 31 años después de su estreno y que envejece muy bien gracias a su gran sentido del lenguaje cinematográfico, unos efectos especiales artesanales y el empeño de todos los que estuvieron el rodaje de hacer las cosas bien para entregar una cinta de acción sin complicaciones o mayores pretensiones, que respetaba al público y que, sobre todo, no los consideraba idiotas. 

Predator 2, aunque notablemente inferior, es una película que siguió por el camino de la primera, con una estética más urbana, incluso “cyber punk”, que retomaba y que incluso expandía el universo de la cinta original. Protagonizada por Danny Glover en el papel de un detective poco ortodoxo que intentaba descubrir la verdad detrás de los horribles asesinatos de distintos jefes de la mafia en una ciudad de Los Ángeles futurista, decadente y minada de pandillas. Por supuesto que detrás de toda esa violencia se encontraba el famosísimo depredador. 

Después de esta película siguieron unos muy olvidables crossovers llamados Alien vs Predator (Paul W.S. Anderson) y Alien vs Predator: Réquiem (Hermanos Strause, 2007) y otra cinta llamada Predators (Nimrod Antal, 2010) producida por Robert Rodríguez que es más mala que pegarle a cristo en Semana Santa.  Así, todo mundo tenía las esperanzas puestas en el bueno de Shane Black, que hace un par de años nos regaló una muy agradable cinta de acción con Russell Crowe y Ryan Gosling titulada The Nice Guys (2016), en la que fue mucho más correcto que en la nueva The Predator.

Nunca sabremos las razones que llevaron a Black y a su equipo a transformar una cinta del alienígena cazador en una parodia al estilo de SNL o de la serie de películas de Scary Movie —es enserio— y mucho menos sabremos por qué la gente que le dio el dinero para hacer esto le pareció una buena idea. Yo me imagino que todo pasa por creer que los aficionados a las películas de acción son gente estúpida que sólo quieren ver una y otra vez películas grotescas, sin ningún argumento y sin ningún valor de producción. A mí me parece que cuando el género se trabaja es posible entregar productos realmente buenos y ejemplos tenemos muchos: ahí está Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015), The Dark Knight (Christopher Nolan, 2008), Skyfall (Sam Mendes, 2012); y vaya, hasta las últimas entregas de Misión Imposible me parecen buenas películas de acción y entretenimiento, gracias, nuevamente, a la seriedad con las que se las toma el principal implicado detrás de ellas: el propio Tom Cruise. 

Pero como siempre digo, estas son sólo opiniones mías. Nuestro querido lector puede contrastarlas con las suyas propias yendo a ver The Predator que actualmente se exhibe en todas las salas comerciales de nuestro país. Por mi parte, me quedo con el buen Arnie luchando cara a cara con lanzas, cuchillos y piedras en la oscuridad de la selva contra un demonio espantoso en Predator y con Danny Glover persiguiendo a la criatura en los suburbios de una Los Ángeles "neo noir" en Predator 2. Si uno no rescata la infancia, nos la matan los ejecutivos de Hollywood. 

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