Reseña

7 de noviembre de 2019

por Mónica Martínez
Parasite

Si acaso los cinéfilos occidentales no han dado atención suficiente al cine sudcoreano de los últimos 25 años, la última película de Bong Joon-ho promete cambiar la situación. Aunque el año pasado Burning, de Lee Chang-dong, también compitió por la Palma de Oro —y, aunque no logró la nominación final (ningún filme sudcoreano lo ha logrado), se consideró contendiente sólida a mejor película extranjera de la Academia. Bong triunfó en grande en la última edición de Cannes; logró una victoria unánime, la primera para Corea del Sur, coronada con varios minutos de aplausos ininterrumpidos tras ganar la Palma de Oro del festival. 

Lo digo también porque a diferencia de la japonesa Shoplifters/Un Asunto de Familia (Hirokazu Kore-eda, 2018), ganadora de la Palma de Oro y nominada a los Globos de Oro y la Academia el año anterior, Parasite ha rebasado ya en ganancias comerciales —una consideración no menor al trazar la línea entre éxito artístico y comercial. Las funciones agotadas, repetidamente, en Nueva York y Los Ángeles, sin duda han contribuido a cimentar la estrategia de NEON, la casa productora y distribuidora responsable de poner a I, Tonya (Craig Gillespie, 2017) en el circuito de premios, de crearle una reputación de exclusividad, que fue imposible lograr con Okja (2017), a cargo de Netflix. En México, la distribución de Parasite/Parásitos (interesante adición del plural) estará a cargo de Cinépolis-Sala de Arte Distribución, inaugurando así el brazo dedicado a la proyección de cine de arte internacional de la transnacional mexicana.

Para mí, el cine sudcoreano ha sido, consistentemente, de mis favoritos desde Sympathy for Mr. Vengeance (Park Chan-wook, 2002). Hay dos cosas que encuentro particularmente atractivas: la riqueza en detalles y emociones –que suele contribuir a volverlas películas de más de dos horas– y la circularidad de sus historias. Parasite es magistral en ambas. Bong usa esta premisa: tres familias, una adinerada —los Park—, otra a punto de ser engullida por la pobreza —los Kim— (y una más) coexisten y alteran, con una mezcla de horror e hilaridad, sus vidas. Con dos emociones principales de fondo, alegría y tristeza, Bong envuelve a la audiencia en una tragicomedia oscura y punzante que tiene amplio margen para hacer sendos comentarios sociales sobre la desigualdad rampante, que resuenan a escala global en 2019, y utiliza con suma precisión la sátira para acercarnos a la alta sociedad seúlense.

 

Para complementar la historia las familias Kim y Park, Bong mezcla un thriller/home invasion intensísimo y hasta una historia fantasmal que muestran la destreza cinematográfica de Bong. En una de mis escenas favoritas, los ojos del “fantasma” —que en la oscuridad asciende del inframundo con un apetito voraz, y en el clímax de la cinta reaparece a plena luz del día para desmayo del menor de los Park (y subsecuente pandemonio)— sirven para reiterar ese comentario pungente: doblemente muerto, el fantasma es un estorbo que causa repulsión. Los Kim están tratando de no morir, de no ser devorados por la pobreza y el desdén del resto de la sociedad. Sería injusto decir que los Park son culpables directos de la zozobra de los Kim o de Moon-gwang, así como sería injusto pensar que los Kim son los "parásitos" de la película, o incluso una familia de estafadores. La riqueza de los personajes y los detalles que Bong presenta se oponen a esa caracterización simplista y binaria. 

Los Kim jóvenes están llenos de ambición y talento, pero no les llueven oportunidades. Rara vez se accede a los empleos únicamente con base en la dedicación y la preparación; importa a quién se conoce, quién te recomienda. Los Kim jóvenes tienen las habilidades, pero no las credenciales. Los jóvenes, mucho más jóvenes, Park viven protegidos en su fortaleza. Mimados y exaltados en su mediocridad, su riqueza les asegura instrucción extracurricular personalizada. La desigualdad social empieza desde el vientre materno, se sabe. Los Kim ya no están desempleados y los Park tienen cubiertas aquellas necesidades que el dinero crea, pero también subsana: un chofer, una ama de llaves-niñera-cocinera, incluso quien te "haga fiestas" por tu cumpleaños. Quien te sonría y festeje porque es su trabajo y para eso le pagas, aunque sea domingo y haya perdido su casa. Esa lluvia torrencial —que en cámara se presta para crear escenas lujosamente técnicas— limpia el cielo para algunos y se lleva todas las pertenencias de otros. El clima extremo y los desastres naturales nunca afectan a todos por igual, también se sabe. 

El matrimonio Park es una dupla fantástica. En ejecución y en textura. ¿Acaso son genuinamente buenas personas o sólo es que alguien cuyas necesidades están cubiertas con tanta holgura no tiene razón para no ser amable? Como tantas otras élites alrededor del mundo —la misma estadounidense, incluso— la filia de la señora Park por lo "americano" raya en lo ridículo. Menos ridículo son los apuntes sutiles, pero lacerantes —dichos no como reflexión, sino como hecho— sobre el olor de los Kim, ¿a qué huelen las masas?   

A lo largo de la película hay varios elementos metafóricos: una roca decorativa —“es tan metafórica”, dice el narrador de la cinta—, un durazno maduro, el agua trepidante, lo subterráneo que, más que darle un tono sobrio o literario —como se hizo con Burning (2018) de Lee Chang-dong— juegan para que Parasite sea una cinta entretenida y divertida. Si Bong difumina con éxito las líneas entre géneros, no cabe duda de que intenta algo similar con la división impuesta entre cine de arte y cine comercial. Cuando se revela lo que existe bajo la prístina superficie, también se descubre que la lucha más descarnada quizá no es entre pobres y ricos; sino entre los pobres y los más pobres. Es el esfuerzo de cuerpo entero de los Kim por mantener el equilibrio que apenas logra sostenerlos con la nariz por encima de la superficie. 

La autora es internacionalista por El Colegio de México. Colaboradora y amiga de CINEMATÓGRAFO. También ha trabajado sobre temas del sector educativo, como investigadora y funcionaria, en el país y en la Embajada de México en Estados Unidos.

 

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