TELEVISIÓN
Reseña

Poco se puede decir sobre Paquita Salas, más allá de que “es una parada y que se está quedando antigua”. De la serie sobre ella se puede escribir un tratado. No sobra decir que es una historia que apasiona, en un contexto en el que las historias son más bien llanas y poco destacables. Eso se debe a sus perpetradores, los famosos “Javis” (Ambrossi y Calvo). Sobre este par cabría una entrada en alguna enciclopedia de la Real Academia de la Historia, sino fuera porque ésta se atrasa sobremanera en actualizar sus publicaciones. Paquita Salas es un suceso de la cultura española, equiparable a “El Gato Montés” o a las coplas de Quintero, León y Quiroga, que cantaron tantas.  

Que nadie se engañe, Paquita Salas es el acto de mayor garbo que ha tenido la televisión ibérica en muchas décadas. La valentía de la que hace gala una historia llena de heroínas presuntamente tontas, como las que encarnara Magda Donato en México, no es por presentar figuras desgarbadas y corrientes, al contrario, es por personas —de carne y hueso— que se ponen al mundo por montera, materializando la defensa de lo diferente, de lo visto por encima del hombro, de lo que está cambiando al mundo desde hace varios años. La historia que nos han entregado los Javis en porciones sucesivas es la narrativa de una sociedad a la que no debería importarle el origen de los problemas, sino quiénes ponen la cara (o el hombro) para solucionarlos.

Paquita Salas, de momento, es un conjunto de tres temporadas de una serie que es cómica, en apariencia, pero hace gala de una sustancia expresiva y, por qué no, sentimental, que ya desearían otros trabajos de esta naturaleza. Es también el gozne entre una televisión que agonizaba con una nueva que afronta los temas que hoy preocupan y ocupan la vida cotidiana. Es, para decirlo rápido: la historia de una representante de artistas que está en el hoyo, que tropieza cada tanto —pero resuelve— y es también un conglomerado de historias personales, todas del mayor interés, que ponen acentos diversos sobre problemas que somos susceptibles de enfrentar todos (y todas, por qué no). 

Si bien pareciendo la suma de desvaríos, la historia tiene elementos constantes de conflicto personal, de superación y de fuerza de los vínculos de amistad. No es un conjunto de cosas que se dicen al ‘babalá’, como apostillaría Noemí Argüelles, en el excelso papel que ofrece Yolanda Ramos. En la primera temporada atestiguamos la debacle de Paquita Salas, después de haberse ofrecido como el valladar para evitar el colapso emocional —y profesional— de una actriz de valía, Mariona Terés, que se actúa a sí misma. Paquita Salas resuelve los problemas que han surgido después de dejar de administrar la carrera de Macarena García —excepcional. Y no sólo eso, logra repuntar con el impulso a la carrera de Terés, con el acompañamiento en el reparto de Lidia San José, que se convierte en el personaje incidental permanente, si cabe la expresión. No es menor la presencia de Belén Cuesta, que logra ofrecer un personaje de tantos matices que no se alcanza a asir cuál de todas las aristas es la que define a la indispensable “Magüi”, asistente de Paquita, tímida, omnipresente, de pocas luces, en fin, una chica normal a la que fácilmente aplicaría el “no sabe bailar, no sabe cantar, pero —por Dios— no se la pierdan”. 

PAQUITA SALAS
ALGO PARA LLAMAR A CASA

Año: 2016 —

 

Creador: Javier Calvo y Javier Ambrossi

Director: Javier Calvo y Javier Ambrossi

Guión: Javier Calvo y Javier Ambrossi, y Brays Efe

Elenco: Brays Efe, Belén Cuesta, Lidia San José, Álex de Lucas y Mariona Terés.

Fotografía: Fran Rios y David Echeverría

Transmisión inicial: Netflix - Flooxer - Neox

30 de julio de 2019

por Jaime Hernández C.

La primera temporada, entre tumbos en la vida de la protagonista, encarnada por Brays Efe, a cuya actuación no caben adjetivos, por definirse en sí misma, concluye después de una cúspide narrativa en el éxito de Paquita, en la debacle de verse demolidos los alcances profesionales que habría traído consigo la carrera de la Terés. La primera entrega es un escalón entre lo cómico, lo folclórico y lo entrañable de la historia televisiva de un país que parecía seguir una línea constante en las propuestas para el gran público, al menos hasta ahora. No sólo están los mencionados, sino un despliegue en el que aportan Andrés Pajares, Lidia San José y Belinda Washington. Es, en suma, un preámbulo de lo que será Paquita Salas en la segunda y terceras temporadas: un crisol cómico-dramático de la televisión española contemporánea.

Para la segunda temporada, los Javis nos ofrecen la continuidad de la desgracia. El momento culmen de la debacle en la carrera de Paquita es el éxito de Mariona en una trilogía de películas de novela negra. Sencillamente porque la antigua representada no quiere abonar los adeudos que tiene con “PS Management”. Como consecuencia de la situación crítica, esta segunda entrega es escenario para una versión mucho mayor del personaje entrañable de Yolanda Ramos que, a fuerza de ser sinceros, conforma una tripleta cómica perfecta con Paquita y Magüi. No es menor que Ramos, en apariciones mínimas, haya hecho las delicias de los espectadores en algunas entregas de Torrente (de Santiago Segura) con su famosa frase “tengo un gatito negro que necesita leche” —con la consabida respuesta guarra de Torrente— o también en Ahora o nunca (2015) de María Ripoll en donde con cuatro frases provoca una risa permanente, al igual que Gracia Olayo, que encarna a “Charo”, la amiga/vecina de Paquita en Navarrete, esposa de “Pepe” (que se folla a Paquita en el bar del pueblo) y, sobre todo, madre de “Sonia”. La segunda temporada no es menos que la primera: un suceso. No sólo porque vemos escenarios convulsos y geniales, por ejemplo, en la elaboración de un calendario solidario que organizan Magüi y Belén (Anna Castillo, excelsa en su papel de actriz atribulada), sino también porque irrumpe Ana Obregón, habitual de las revistas del corazón en España en las últimas (¿tres?) décadas. Y no se diga la canción de la entrada, a cargo de Rosalía. 

La tercera temporada es, a pesar de lo visto hasta ahora, una sorpresa. No sólo por la adaptación de Paquita a los avatares profesionales que la han dejado en la lona, sino por la creación de “Nuevo PS”, la relevancia de Noemí Argüelles (que ahora se reinventa, después del club de alterne y de la presunta “esteticista”, como “follower”), la nueva carrera de Belén de Lucas como cineasta y la aventura profesional de Magüi (ahora “Malu”) en “B-Fashion”, propiedad de Bárbara Valiente, que es la descarnada jefa de un staff hábil en responder a sus delirios. No está de más decir que esta temporada, además, inicia con la “¡Ay, Paquita!” cantada por Isabel Pantoja. Qué más podría necesitar hasta ahora Paquita para redondearse como la expresión de un sincretismo televisivo francamente delicioso que la presencia de la Pantoja, con todo su folclorismo —intacto después de Alcalá de Guadaíra. Tampoco sobra el énfasis en Terelú Campos, encarnando a Bárbara Valiente, haciendo gala de una comicidad no necesariamente a flor de piel, aunque sí de bastante más gracia que cualquiera para reeditar —mutatis mutandis— la hijueputez de Miranda Priestley. En esta tercera entrega deslumbra Belinda Washington, a la que se le va a Instagram un video erótico que estaba destinado al Tinder, Jazz Vilá y King Jedet, en una dupla graciosa-malvada que hace la vida de cuadros a Magüi, aunque más bien se compadecen de ella por su poca pericia.

Paquita Salas es una serie en la que nada sobra y, además, en la que subyacen líneas narrativas que son del mayor interés para la reflexión seria. Por un lado, la defensa de las antiheroínas, que articula el problema más antiguo de la televisión. Qué hacer, ¿colocar heroínas que aburran porque todo les va bien o poner antiheroínas que sufren —como cualquiera—, pero que no pueden ser ejemplo de nada? Esta serie resuelve el dilema: las antiheroínas que aquí aparecen sí son ejemplo de algo, porque deciden sobreponerse a la desgracia con mucha valentía.

La segunda de las líneas es una defensa muy sólida, sensata e inteligente, de la diversidad sexual. La serie planta cara a cualquier discusión bizantina de esas que campan —aún, vaya absurdo— sobre la forma en que las personas deciden vivir la vida. Y no sólo eso, se monta en la cotidianeidad de personas, individuos, a secas, que tienen problemas mucho mayores que detenerse a escuchar los despropósitos de los que votan a VOX —o al PP. La tercera de las líneas de narración de la serie es la asunción de lo cotidiano como suficientemente relevante para discutirse, verse y escucharse como historias de ficción. Es decir, los problemas de la vida diaria también son interesantes. Paquita Salas es un suceso para llamar a casa, que va de camino a modificar la dinámica televisiva en España, pero que, en términos narrativos, echa mano de una tradición que es muy antigua en la literatura en castellano, baste leer La primera República de Benito Pérez Galdós. 

La historia reivindica una picaresca excepcional, lo cómico en el centro, pero el drama como elemento basal de una narración en la que se cuentan las vidas de personas de carne y hueso, que han tenido que sobreponerse a condiciones adversas de diferentes índoles. Esta no es una historia en la que a sus protagonistas se les olvidan, como por ensalmo, los males de la vida. Lo dicho: Paquita Salas es algo para llamar a casa. De tal suerte que, si uno todavía piensa en clave del siglo XIX, mejor no verla, porque seguro se le doblarán las corvas. 

El autor es escuchador de copla y zarzuela, espectador asiduo de Bienvenido Mr. Marshall (Luis García Berlanga, 1953), Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro Torre, 2014), Paquita Salas (Javier Calvo y Javier Ambrossi) y hasta la saga de Torrente (Santiago Segura).

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