top of page
Reseña
Una batalla tras otra
(O “LAS OBSESIONES DEL CAPITÁN TRISMO”)

por Rainer Matos

16 de marzo de 2026

OBA.jpg
Todavía recuerdo haber leído en el periódico —horas después del suceso— que el 12 de diciembre de 2011 estalló una bomba casera que hizo volar la puerta del Instituto Italiano de Cultura, en Coyoacán.[1] A menos que en realidad se tratara de algún estudiante insatisfecho con su calificación y que se tomó en serio a los carbonari, el atentado se lo atribuyó más tarde el grupo conocido como “Células Autónomas de la Revolución Inmediata – Práxedis G. Guerrero”. El explosivo se programó hacia la madrugada, para estallar a las 2:00 a.m. y evitar herir a alguien (¿gracias?).
En efecto, allá por el calderonato hubo varios atentados con bomba en la Ciudad de México contra cajeros automáticos, pastelerías, automotoras y hasta circos. Fragmentos de puertas, ventanas, paredes y automóviles pertenecientes a sucursales de Banamex, Santander, Starbucks, Renault, la Comisión Federal de Electricidad y hasta del Circo “Atayde Hermanos” volaron por los aires, generalmente en atentados nocturnos. Grupos anarquistas con nombres rimbombantes como “Frente Subversivo de Liberación Global y la Revuelta Verdinegra”, “Brigada de Eco-Saboteadores por la Venganza Nunca Olvidada”, “Individualistas Tendiendo a lo Salvaje” o “Células Terroristas por el Ataque Directo – Fracción Anticivilizadora” se adjudicaron aquellos actos. Otras bombas que no consiguieron estallar tenían objetivos más precisos como el cardenal Norberto Rivera, el entonces procurador capitalino, Miguel Ángel Mancera, y hasta un investigador del Cinvestav.[2]  En años recientes los atentados anarquistas en México han ido cediendo.
Fuera de la policía, ya nadie pone mucha atención a la izquierda radical. Y, sin embargo, su fantasma permanece vivo en la retórica de su contraparte, la derecha extrema, de mayor popularidad en estos días. Lejos quedaron las guerrillas de la Guerra Fría; más lejos aún los partisanos de los 1940 o las milicias comunistas de los años 1930. No es que no existan remanentes (generalmente ya pervertidos, como los sandinistas), replicantes (los naxalitas de India) o iniciativas moribundas surgidas incluso en la posguerra fría (EZLN). Más bien, con el progresivo debilitamiento de las izquierdas en la porosísima sociedad actual, que depende de deslizar la pantalla del teléfono, el radicalismo ha derivado en aventar pintura a cuadros renacentistas o en cambiar letras a artículos y adjetivos para supuestamente “empoderar” minorías.
 
Por fortuna, gente seria como Paul Thomas Anderson todavía pone atención a personajes para quienes la causa revolucionaria es capaz de difuminar la frontera entre la vida y la muerte. Quizás se deba a que Anderson es asiduo lector de gente aún más seria como Thomas Pynchon, novelista que, contrario a los radicales del iPhone que viven de likes, rehúye a la fama o a ser visto siquiera.
 
La primera vez que Anderson se inspiró en la obra de Pynchon para realizar un filme el resultado fue una obra prodigiosa, The Master (2012), relativamente tomada de V. (1963), una novela sobre la readaptación de un veterano estadunidense de la Segunda Guerra Mundial a la sociedad y su búsqueda por relacionarse con algo trascendente: una secta pseudorreligiosa, por ejemplo. La segunda adaptación fue Inherent Vice (2014), de menos luces cinematográficas —cosa rara en Anderson— pero asombrosamente fiel a la novela homónima de Pynchon (2009).
 
Desde hace dos décadas Anderson había buscado adaptar a la pantalla grande otra novela de Pynchon, Vineland (1990), una guerra surrealista entre hippies decadentes que gobiernan comunas totalitarias en California y agentes federales con cada vez menos presupuesto a mediados de la presidencia de Ronald Reagan (1981-1989). Extrayendo el esqueleto de los personajes y de la trama, Anderson decidió trasladar Vineland finalmente a lo que en 2024 se avecinaba ya como la era Trump 2.0 y convertir a los hippies de Pynchon en revolucionarios de siglo XXI: anticorporativistas, antiglobalización y liberadores de migrantes.
 
Una batalla tras otra (2025) habla de traición, confianza, obsesión y de rebeldes para quien cada pequeño triunfo es la Revolución Bolchevique. Los “French 75” probablemente toman su nombre del licor patentado durante la Prohibición en honor, a su vez, del cañón de campaña de 75 milímetros fabricado en la Gran Guerra. Su motor principal es Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor, sumamente convincente), una Bakunin negra con metralleta que vive por y para la causa. Aunque su único amor es la revolución, Perfidia anda de novia con Pat Calhoun (Leonardo DiCaprio), profesional pero emocional, torpe e inocentón, a quien le fascina gritar, en español, “¡Viva la Revolución!”. 
 
Todo el guion deriva de la obsesión del capitán Steven J. Lockjaw (Sean Penn, excelso) con los contornos africanos de Perfidia, que lo enervan incluso cuando ella lo encañona para distraerlo en su primer encuentro —ella lo sonsaca primero: “¡levántalo!”— mientras sus compañeros liberan migrantes en la frontera. A Perfidia le excita la revolución (“las armas son la pinche diversión”) y la sensación de poder sobre el enemigo “fascista”; aceptará acostarse con Lockjaw a cambio de no denunciarla. A Lockjaw le da igual el desmadrito de los French 75: sólo le interesa Perfidia, a quien buscará (Te he buscado por doquiera que yo voy / Y no te puedo hallar) hasta arrestarla por un asalto bancario que se salió de control y derivó en asesinato. Gracias a su amante, Perfidia será testigo protegido, traicionará a sus camaradas, revelará sus ubicaciones y obtendrá una típica casa estadunidense: “Mira: lo primero es encontrar trabajo. Paga tus recibos. ¿Te parece? Bienvenida al Estados Unidos convencional (welcome to mainstream America)”.
 
Perfidia no podrá normalizar su vida. Ya no más disparos al unísono; no más diversiones tangenciales a la revolución. Encima de eso, le pesará la culpa de traicionar a sus compañeros, a su pareja y a su propia hija (Nadie comprende lo que sufro yo / Canto pues ya no puedo sollozar). Un día que Lockjaw llega con flores a su (típica) casa, pues la idolatra sinceramente, Perfidia ya no está. No volverá a aparecer en pantalla.
***

Dieciséis años después los French 75 existen sólo en la memoria. Quedan apenas Deandra (Regina Hall, que sí sabe hacer drama además de Scary Movie), moviéndose entre las sombras, y Pat, en una casucha rural donde ha criado a Charlene (Chase Infiniti, espectacular), hija suya y de Perfidia. Bajo el pseudónimo de “Bob y Willa Ferguson”, padre e hija han rehecho su vida. Willa/Charlene va a la escuela y al karate y es una buena estudiante. Bob/Pat es un revolucionario venido a menos que sólo Dios sabe de qué vive más allá de la mariguana y de la paranoia que le genera que un día vengan por él y por Willa. Ambos cimentan su relación en las pequeñas glorias del pasado: Bob nunca confiesa a Willa que su madre fue una pérfida traidora; crecerá pensando que es una heroína.

 

La obsesión del ahora coronel Lockjaw con Perfidia se traslada a Willa, pues sospecha que podría ser su hija. Lockjaw quiere deshacerse de ella, pero no porque le vayan a exigir manutención. Claro que no. El asunto es mucho más complicado en el mundo de Anderson, que siempre sabe retratar las obsesiones de sus personajes de forma sublime. Lockjaw quiere ser miembro de un grupo supremacista blanco tan selecto como tragicómico, el “Christmas Adventurers Club”, y una posible hija negra cancela sus aspiraciones. Cuando el ejército descubre el paradero de Bob y Willa, el coronel Lockjaw fabrica una redada para buscarla (“Dame una razón para desplegar [al ejército] en ese pueblo. Drogas y tacos”, le dice a un subordinado). Deandra esconderá a Willa en un convento de monjas revolucionarias en medio de algún matorral del suroeste estadunidense. Al final, Lockjaw dará con ella. De inmediato, amarrada, le hará una prueba de ADN.

 

En español “lockjaw” se traduce como “trismo”, según el Diccionario, una “contracción tetánica de los músculos maseteros, que produce la imposibilidad de abrir la boca”. La rigidez de Lockjaw es múltiple: eréctil, ideológica, militar, obsesiva, facial, racial, genética.  

 

A Bob le darán el pitazo de que debe huir mientras ve por televisión La batalla de Argel (1966), de Gillo Pontecorvo, aquella joya del neorrealismo italiano que habla de revolucionarios serios. Cuando le llaman para alertarlo, Bob está tan dopado que no recuerda los códigos revolucionarios, tan serios como ridículos. Se peleará más de una vez en el teléfono con el “Camarada Josh” (Dan Chariton), un donnadie que parece más operador de call center que un Mao Tsé-tung californiano. El Camarada Josh no puede revelar el punto de encuentro a Bob porque éste no recuerda el código (“Quizás debiste estudiar más atentamente el manual de la rebelión”). Aquí irrumpe el tema de las nuevas generaciones insalvables: chavitos que no tienen idea de los figurones con los que están hablando, y que a la menor oportunidad esbozan la excusa gringa de la incomodidad personal para “defenderse”, por ejemplo: “Ahora mismo estás violando mi espacio personal”. Bob contesta, airado (y no es para menos): “¿Violando tu espacio? ¿Qué clase de revolucionario eres? Ni siquiera estamos en la misma habitación ahora mismo”. Al final, el supervisor del Camarada Josh interviene, regaña al mocoso, y da las coordinadas del convento a Bob. Esto es como Tár (Todd Field; 2022) pero con metralletas.

 

Mientras todo esto ocurre, Bob corre, sube y baja escaleras, túneles y techos en una persecución que parece submundo de Mario Bros., auxiliado por el senséi de karate de Willa, Sergio St. Carlos (Benicio Del Toro), que además de dar patadas se dedica a esconder migrantes. La atinadísima música de Jonny Greenwood adorna toda la tensión de la secuencia con poco menos que brillantez: una sola nota en el piano, repetida sin cesar durante varios minutos, con uno que otro adorno alrededor. Las charlas en el estudio entre Greenwood y Anderson deben haber sido interesantes: Radiohead también citó V., de Pynchon, en la canción “Scatterbrain”.

 

En Una batalla tras otra las trincheras son la confianza y la traición. Bob tiene que confiar en Sergio. El Camarada Josh tiene que confiar en Bob. Lockjaw tiene que confiar en que el Club de los Aventureros de la Navidad le dará su membresía. Incluso al final Willa tiene que confiar en Bob para que le dé el mentado código mientras apunta con un arma a su propio padre. (Canta Steely Dan en una parte del filme: Preveo un problema terrible / Y aun así me quedo aquí).

 

Acaso más importante para la trama sea la traición. “Une amigue” de Willa la traiciona al dar su número al ejército. Otro revolucionario sardónico, “Billy Goat”, traiciona a Bob al revelar su ubicación. Los supremacistas blancos terminarán por traicionar a Lockjaw. Y Perfidia traiciona a todos: a Pat/Bob, a Lockjaw, a sus compañeros y a la revolución.

 

Sobre todo, Perfidia traicionará a su propia hija por confiar en el triunfo ulterior de la revolución. Todo al ritmo del bolero del chiapaneco Domínguez Borrás que le da el nombre, y que canta una traición: Y tú / Quién sabe por dónde andarás / Quién sabe qué aventura tendrás / Qué lejos estás de mí. ¿Es Willa cantando a su madre? ¿Es Pat cantando a su ex pareja? ¿Es Perfidia cantando a la revolución? ¿O es el Capitán Trismo cantando a su blanquitud comprometida?

El autor es internacionalista por El Colegio de México, maestro en Estudios de Rusia y Eurasia por la Universidad Europea de San Petersburgo; y doctor en Historia Global por la Universidad de Turín e Historia Rusa por la Higher School of Economics de San Petersburgo (2024). Colaborador y amigo de CINEMATÓGRAFO. Ha escrito en diversas revistas académicas y de divulgación como Nexos Este País. En 2018 El Colegio de México publicó su segundo libro: Limbos rojizos: la nostalgia por el socialismo en Rusia y el mundo poscomunista.

REFERENCIAS

 

[1] PJGDF investiga explosión en Coyoacán”, El Economista, 12 de diciembre de 2011: https://www.eleconomista.com.mx/politica/PGJDF-investiga-explosion-en-Coyoacan-20111212-0042.html. 5. 

[2] Una síntesis útil es Raymundo Riva Palacio, “La amenaza anarquista”, El Financiero, 1 de octubre de 2019: https://www.elfinanciero.com.mx/opinion/raymundo-riva-palacio/amenaza-anarquista/

  • Facebook Black Round
  • X
  • Instagram - Black Circle

Únete a CINEMÁTOGRAFO.

Recibe las últimas novedades editoriales.

Puede suspender la suscripción en cualquier momento en contacto@cinematografo.mx

 

Con excepción de los escritos del equipo editorial, las opiniones en los textos son responsabilidad de los autores y no representan el punto de vista de CINEMATÓGRAFO.

CINEMATÓGRAFO. 2017-2026.

Este sitio fue elaborado de acuerdo con las disposiciones del Art. 148, fracción III, de la Ley Federal del Derecho de Autor de los Estados Unidos Mexicanos. Sin embargo, si usted considera que su trabajo está protegido por derechos de autor y es accesible en este sitio, y constituye una violación a las disposiciones legales o a sus derechos, notifíquenos y lo retiraremos a la brevedad. Puede escribirnos por correo electrónico a contacto@cinematografo.mx o en nuestras redes sociales, por mensaje directo, vía Facebook, Twitter e Instagram.

bottom of page