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Reseña
OKJA
por Michelle Luisce

18 de julio de 2017

Okja —un “super-cerdo”, producto de un experimento genético— es más que una mascota, es la mejor amiga de Mija (Ahn Seo-hyun), una niña sudcoreana que vive con su abuelo en una región rural con bellos paisajes montañosos. Las tomas de Bong Joon-ho —Mother (2009) y Snowpiercer (2013)— nos remiten a cintas animadas de Hayao Miyazaki con elementos característicos de su cine como la naturaleza y los colores vivos en movimiento. Y, en efecto, estos también son un mensaje entre líneas (no necesariamente un panfleto) que defiende una causa. En este caso no es del medio ambiente como Miyazaki —Nausicaä del Valle del Viento (1984) o La Princesa Mononoke (1997)—, sino de los animales que son maltratados y aniquilados para consumo humano.

 

Mija no percibe a Okja como un animal más, la respeta, quiere y trata como parte de su familia y conviven en su cotidianeidad como dos hermanas: salen a jugar en un día de campo, se cuidan la una a la otra, y duermen juntas en el granero durante la noche. Son escenas bien logradas, pues, desde las primeras imágenes, el espectador crea un vínculo emocional con Okja: causa gracia, después empatía y eventualmente nos encariñamos con ella. Se podría decir que provoca el mismo sentimiento que tenemos por nuestras mascotas.

 

Okja, sin embargo, tiene un destino distinto a la vida pacífica y campirana en la que ha vivido desde su nacimiento. El fin de su creación no los relata Lucy Mirando (Tilda Swinton) a manera de prólogo. Lucy sustituyó a su hermana como la directora de la multinacional “Mirando”, compañía que se alejó aparentemente bajo su liderazgo del oscuro pasado del fundador (su padre) que procuraba napalm en Vietnam y armas (suponemos químicas) a otros conflictos bélicos. La nueva imagen empresarial da prioridad a un entorno sustentable y amigable al medio ambiente —algunos de los cerdos son criados por campesinos y con técnicas tradicionales, y las heces de estos animales contaminan mínimamente. Sin embargo, tampoco se olvida el objetivo principal de la corporación; en otras palabras: producir más carne, barata y con mejor sabor (“deliciosa”) para el consumidor humano. De modo que el propósito de Okja y de otros cerdos como ella (también modificados genéticamente) es morir en el matadero y ser un producto más en los anaqueles de la sección de carnes del supermercado. Destino, que en un inicio desconoce Mija y contra el que luchará a lo largo de la película.

 

No es el espacio para escribir sobre el cine producido y distribuido en plataformas de streaming (como Netflix) frente a la mayoría que ocupa las salas de los complejos cinematográficos, polémica que distinguió el reciente Festival de Cine de Cannes, donde Okja fue nominada a la Palma de Oro como parte de la Selección Oficial. Sin embargo, no cabe duda de que fue un acierto el que el director Bong Joon-ho recurriera a Plan B (la productora de Brad Pitt) y a Netflix para financiar su película, pues le otorgaron total libertad creativa, lejos de la censura. Por supuesto, Okja es un cerdo con una apariencia tierna y amigable —que me recuerda a aquel Dumbo animado (Ben Sharpsteen, 1941)—, por lo que la historia podría ser apoyada sin problemas por productoras como Disney; pero no así las escenas del matadero y del “apareamiento”. Ésta última, por ejemplo, asemeja a una horrorosa violación —en parte por la actuación del ser animado, que sufre y llora como lo hacen los humanos.

 

¿Por qué sentimos malestar cuando observamos el sufrimiento de Okja y por qué no reaccionamos de la misma manera con un animal real? Por ejemplo, con los que comemos: cerdo, vaca o pollo, entre otros. Desde luego, más allá de las posibles conjeturas al respecto, es probable que, si la película hubiese utilizado un cerdo de verdad, el espectador hubiera sido menos empático a sus desventuras —salvo que tuviera voz u otros elementos que la humanizaran, o caricaturizaran como en Babe (Chris Noonan, 1995).

 

De cualquier forma, la cinta no sugiere que nos volvamos veganos o vegetarianos y que dejemos el consumo de alimentos animales. Mija, por ejemplo, come pescado y su platillo favorito es el estofado de pollo; no obstante, al prepararlo procura el respeto y empatía, particularmente en su muerte (como lo muestra la escena divertida en la que Okja ayuda a Mija a obtener peces). En ese sentido, la película contribuye a continuar esta conversación sobre la producción de alimentos y el maltrato animal. E incita a reflexionar que si se come carne también se debe ser consciente y conocer de dónde proviene esa porción. En la mayoría de las ocasiones su origen es un camino horroroso de sufrimiento y tortura animal: el matadero.

 

Más allá de que este sea el hilo conductor del filme, Okja también es una historia de una amistad entrañable. Son las aventuras de una niña (Mija) que busca recuperar a un miembro de su familia de un destino desolador. En este camino hallará la ayuda de personas extravagantes como los miembros del Frente de Liberación Animal, dirigidos por el idealista Jay (Paul Dano), y de otros villanos además de Miranda, como el excéntrico y despiadado zoólogo Johnny Wilcox (Jake Gyllenhaal). Para retratar el ajetreado viaje desde las regiones montañosas de Corea del Sur, a la capital (Seúl), y finalmente a Nueva York, el director recurre a una serie de personajes extravagantes y carismáticos, así como a un humor peculiar que nos deja un agradable sabor de boca; pero sin olvidar, como ya se dijo antes, la promoción de un cambio en el trato a los animales y, por tanto, de nuestros patrones de consumo.

Okja (2017) fue nominada a la Palma de Oro en el reciente Festival de Cine de Cannes como parte de la Selección Oficial y se estrenó el 28 de junio en el servicio de streaming Netflix.

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