Reseña
Nosotros
por Mónica Martínez

15 de mayo de 2019

Tras el éxito de su ópera prima —Get Out (2017) le valió un Óscar como mejor guion original— la segunda entrega de Jordan Peele (como guionista y director) atrajo la atención del público y la crítica porque anunciaba ser una película de terror, esta vez en el sentido más tradicional del género, sin dejar de lado el comentario social mordaz que le valió amplio reconocimiento con su debut. 

 

Nosotros inicia con un apunte sobre la ubicuidad de túneles subterráneos abandonados en el país y el desconocimiento de la función que alguna vez tuvieron. Es 1986 y una pequeña pasa horas mirando televisión, es fanática de "Thriller" de Michael Jackson y, bajo escasa supervisión parental, da rienda a su curiosidad al explorar sola el resto de una feria a la orilla del mar. Atraída por las luces del “Bosque de la búsqueda interior del Chamán” —la imagen es de un nativo americano con un penacho (sí, un comentario sobre el racismo hacia los indígenas en aquel país)— la pequeña se aventura en una casa de espejos en la que sus chiflidos son respondidos por una terrorífica niña idéntica a ella. Tras el incidente, asumimos que el shock la deja sin habla por tiempo indefinido y que, eventualmente, sus padres la animan a recurrir a las artes para expresarse con más soltura. 

 

Los primeros minutos de Nosotros (Us, 2019) embrujan con música que semeja un canto gregoriano en voces tiernas, pero con ritmo de tambores. El rojo y el blanco son los colores en los créditos iniciales que nos dan una pista —al igual que la fría cercanía a los ojos del conejo— sobre temas recurrentes a lo largo de la película. Menos centrada en un solo tema —como lo fue Get Out respecto al racismo que experimentan los afroamericanos— este es un proyecto ambicioso con múltiples temas y lecturas, no necesariamente basados en el racismo en la sociedad estadounidense, pero sí construidos a partir de la forma de vida americana. 

 

En el presente, aquella niña es Adelaide (Lupita Nyong'o) y está casada con Gabe Wilson (Winston Duke), con quien tiene dos hijos, Zora (Shahadi Wright Joseph) y Jason (Evan Alex). La familia, afroamericana de clase media-alta, parece estar entusiasmada con la idea de pasar las vacaciones en la casa de niñez de la madre, excepto ella. Algo hay en el aire de Santa Cruz, California, que se percibe denso y críptico. Incluso una ida a la playa con otra familia —algo en apariencia relajante— nos mantiene tan intranquilos como a Adelaide. Un frisbee fuera de lugar nos sobresalta, unas gemelas extrañas y cacofónicas nos inquietan y una figura de espaldas con manos sangrantes nos intriga. A pesar de los intentos torpes de Gabe por aligerar el humor de su esposa, la premonición se materializa cuando esa misma noche se va la luz y Jason avisa que hay una familia muy extraña afuera de la casa. Lo que parece ser una variante del home-invasion, rápidamente se vuelve una confrontación con los doppelgänger.

 

Los minutos siguientes son una verdadera delicia para el espectador. Red, la doble de Adelaide, entrega un monólogo estremecedor que, sin muchos aditamentos especiales, hace pensar que se trata de dos actrices distintas. Nyong'o, formada en la Escuela de Arte Dramático de la Universidad de Yale —al igual que Duke— transmite toneladas con los ojos y los movimientos de su cuerpo, y  con el ejercicio vocal: semeja una disfonía espasmódica y estremece a tope (es la única doppelgänger que puede hablar). No es una interpretación de cine de terror cualquiera; sin duda, director y actriz supieron extraer este oro líquido que merece, sin empacho, reconocimiento como mejor actuación.  

 

A partir de este encuentro la trama pasa a ser una de supervivencia en la que se debe ser más listo que el doble maldito. Lo que sigue es quizá la parte más convencional de la película que algunos críticos han observado como inferior a Get Out; es decir, que contiene fórmulas irrisorias de enfrentamientos, escapes y maneras diversas de asesinar a los doppelgänger. Aunque Peele tiene ritmo cómico bien definido, que abona cuando es esporádico y servido como acompañamiento —por ejemplo, ese yate que se llama B-Yacht’ch, aquella conversación sobre besar anos, un dab fuera de lugar— la línea entre estas pepitas y una serie de clichés en películas de terror de Hollywood parece borrarse durante el segundo acto. Es imposible saber si se trata del requisito que acompaña un presupuesto de 20 millones de dólares de ceñirse al terror más comercial y tradicional o si es, en todo caso, sello del autor que busca distinguirse por esta dualidad de intelectualidad pop.

 

Peele también imprime a su trabajo el cine como experiencia comunitaria. A diferencia de Get Out, que vi en una sala extasiada con una mayoría afroamericana, Nosotros la vi en una sala mexicana con apenas un puñado de personas que en ningún momento demostraron emoción alguna; acaso exclamaciones de confusión al terminar la película. No es que disfrute tener vecinos de butaca que comenten en voz alta la trama —mucho menos que disfracen tensión y miedo con carcajadas, como suele pasarme cada vez que veo películas de terror en el cine—, pero me parece que mucho del contexto y subtexto en Nosotros puede diluirse fuera de Estados Unidos o entre quienes no tienen interés particular por las nuevas narrativas en la cultura pop estadunidense. 

 

Por ejemplo, aunque la historia no sea una aproximación a las relaciones raciales, hay mensajes muy claros a lo largo de toda la película que se relacionan con la forma en que las películas comerciales han retratado a los afroamericanos. Adelaide usa el cabello con su textura natural; es decir, sin peluca y sin alaciarlo (aunque Zora sí lo tiene planchado). Gabe usa una sudadera de su universidad: Howard, una institución de educación superior históricamente negra en Washington, DC. Un momento familiar de transmisión de capital cultural gira alrededor de una canción clásica de hip hop que versa sobre mariguana. Parece que los Wilson no caben en la dicotomía que suele presentársenos: del ghetto o burgueses imitando la cultura blanca. A pesar de que esta historia pudo tener como protagonistas a los Tyler —los amigos blancos y más prósperos de los Wilson—, Peele está consciente de que esa historia se ha contado hasta el cansancio y no le interesa. Entonces, aunque el color de piel de los Wilson no es importante en la trama, está puesto, orgullosamente, al centro de la película.  

 

Además de la cinematografía y música original notables, Peele sazona Nosotros, para beneplácito de los fans del género, con referencias de una decena de películas clásicas de terror y se extiende fuera de una historia estrictamente de horror. El comentario social tiene que ver con el underbelly de una ciudad estadunidense cualquiera; aquello que la mayoría de las personas suelen preferir no ver mientras le piden a Alexa una playlist que sea buen maridaje con una copa de rosé. Se trata de la desigualdad social, de los have nots que el tejido social ha dejado a su suerte. No es difícil visualizarlo. El estado de California, cuya economía es la quinta más grande del mundo, también lidera en población en situación de calle (alrededor de 130 mil personas, de acuerdo con las últimas cifras oficiales). Los tethered (los unidos, los doppelgänger) fueron utilizados y descartados, y buscan reapropiar lo que consideran que legítimamente les corresponde. 

 

En la película cada ciudadano de "arriba" tiene una sombra "abajo", que replica movimientos, acciones, trayectorias, pero sin sentido. En realidad, esas sombras caminan a diario entre los demás, aunque rara vez sean vistos. Al final, Peele nos revela —a pesar de que nos ha dejado miguitas regadas desde el principio de la historia— quién es Red y quién es, realmente, Adelaide. Es difícil declarar cuál es el grupo vencedor, pero lo que no abona es la última escena: la grandilocuencia de la emergencia nacional en Estados Unidos en franco desatino frente a la feroz crítica interior.  

La autora es internacionalista por El Colegio de México. Colaboradora y amiga de CINEMATÓGRAFO. También ha trabajado sobre temas del sector educativo, como investigadora y funcionaria, en el país y en la Embajada de México en Estados Unidos.

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