Reseñas
Museo
por Pablo Andrade

26 de octubre de 2018

Asistí a la función para prensa de Museo (2018), de Alonso Ruizpalacios, en el segundo día de actividades de Festival Internacional de Cine Morelia. Las expectativas que había generado la cinta eran elevadas después de cosechar buenas críticas en los festivales donde se presentó y de haber ganado el Oso de Plata en la edición número 68 de la Berlinale. No me importó en lo absoluto que el pase fuera a las ocho de la mañana, horas extrañas para hacer casi cualquier cosa, y me apresté a disfrutar la película que protagonizan Gael García Bernal y Leonardo Ortizgris. 

 

Museo empieza como una advertencia: revela su naturaleza replicante. Nos dice que es una copia del original, una versión del relato de lo que en verdad pasó. Sin duda, creo que eso predispone en cierta manera al espectador ante lo que va a ver. Sabemos que los hechos en los que se basa la película ocurrieron en el año de 1985 en la Ciudad de México, pero también que no veremos algo que busque empeñadamente ser fiel a la historia. A partir de ese momento, nos hacen conscientes del artificio cinematográfico —y en general de todas las narrativas, incluida la historiografía misma— que compete a todas las cosas que vienen acompañadas de la leyenda “basada en hechos reales”. 

 

Así pues, el tono de la cinta queda establecido desde el principio: lo que estamos por ver será irreverente, rocambolesco, irreal hasta cierto punto. Rápidamente conocemos a nuestros protagonistas: Juan Núñez (Gael García) y Benjamín Wilson (Leonardo Ortizgris); un par de jóvenes extraños que parecen no acabar de encajar en el entorno que los rodea. Entre ellos existe una amistad con matices oscuros; complementaria o mejor dicho codependiente. Ambos viven en Satélite de los años ochenta, una ciudad que representa un estilo de vida pequeñoburgués en las inmediaciones de la Ciudad de México. Sus familias, al menos la de Juan Núñez, parecen ser un retrato generalizado de los habitantes de la famosa ciudad satelital —Ruizpalacios ya había logrado capturar con mucha sensibilidad la identidad de los espacios chilangos y ahora lo logra con Ciudad Satélite. 

 

Juan y Wilson, planean y ejecutan el robo más infame de la historia de México: más de un centenar de piezas arqueológicas de la sala maya del Museo de Antropología de México durante la noche de navidad de 1985. A partir de este hecho, que sacudió a la comunidad cultural y a la sociedad mexicana en general la película intenta ser muchas cosas, y lo logra con bastante éxito.

 

En primer lugar, es la historia de estos amigos y de sus motivaciones para cometer el robo más allá del beneficio económico que supone vender piezas arqueológicas en el mercado negro. La respuesta que ofrece Museo a esta pregunta es más bien existencial: el combustible principal de Juan y Wilson es el anhelo de cambiar su vida. No es que alguno tenga una vida especialmente precaria, es más, la familia de Juan es bastante estable económicamente hablando y la de Wilson, aunque su padre se encuentra gravemente enfermo, tampoco es una mala vida. Sin embargo, ambos experimentan una espiral de conformismo, son parias y rechazados. Juan siempre fue un tormento para sus padres, destinado a la anarquía, a la disrupción, al descontrol y a una vida sin otro sentido más que el de romper con el orden que los demás intentan imponer sobre él. Por su lado, Wilson es un joven sumiso, con una sugerida discapacidad intelectual, que cuida a su padre moribundo y que sueña con una vida más allá de los confines de Satélite.

 

Después, me parece que Museo es una interesantísima reflexión sobre la identidad y sobre el papel que le hemos asignado al patrimonio prehispánico en nuestra construcción identitaria como mexicanos. Después de cometer el robo, Juan y Wilson ven como la sociedad en general se indigna por el hurto de piezas que representan “el corazón de la identidad mexicana”, la gente se apresura a decir que los ladrones son traidores a su patria y que han cometido un crimen lesa cultura; sin embargo, conforme van conociendo a otros personajes durante su aventura de encontrar un comprador —misma que transcurre en lugares como Palenque y Acapulco— se dan cuenta de que la mayoría de la gente desconoce el valor de las piezas, incluso los confunden con “coleccionistas de artesanías”. También, hay una escena muy interesante en la cual una voz en off dice que el Museo de Antropología nunca había sido tan visitado como cuando robaron las piezas y que miles de mexicanos se agolpaban para ver las vitrinas vacías. De nuevo, aparece la reflexión de que la historia—“con H mayúscula” como dice el propio Ruizpalacios— es una narrativa como cualquier otra y que no deja de ser un relato subjetivo, contado desde algún punto de vista en particular y que no tiene porque ser apegado fielmente a los hechos. 

 

La película es también una comedia encausada con energía por su director; una película tremendamente sugerente, que retrata elementos de la cultura popular y cinematográfica mexicana de los ochenta—como el homenaje al cine de ficheras. Ruizpalacios, es un cineasta que entiende perfectamente la sensibilidad mexicana de su tiempo y que sabe como representarla en pantalla sin caer en caricaturas y sin ofrecer profundas reflexiones detrás de sus imágenes. El filme transpira un estilo inspirado en el cine de los hermanos Cohen, de Tarantino y en películas como Rififi de Jules Dassin (1955). La fotografía, la edición, la música, el guion, las actuaciones y los demás elementos de la cinta fluyen con elegancia gracias a la vibrante dirección del cineasta mexicano.

 

Una mención especial merece la pareja protagonista. Gael García Bernal teje un personaje convincente y divertido; oscuro y brillante al mismo tiempo, contradictorio y contestario. Sin duda, Gael entrega una actuación a la altura de sus mejores trabajos. Por su lado, Leonardo Ortizgris, sorprende una vez más y se confirma como una estrella en ascenso en el panorama cinematográfico mexicano. Desde Güeros (2014), del mismo Ruizpalacios, Ortizgris daba avisos de su enorme talento, pero ahora con Museo brilla como un excelente contrapeso para el personaje de Gael García y teje fino a un Benjamín Wilson que se quedará con el público mucho tiempo después de ver la película. Así, su director se afianza entre los directores latinoamericanos más interesantes del momento.

 

El final de la película es concordante con la regla establecida al principio. Es decir, se ufana de no ser fiel a la historia real de dos estudiantes que robaron el Museo de Antropología y lo dice con descaro. Nos dice que así no fue como pasaron las cosas en realidad, pero también, que sin importar cual sea la verdad, este el final adecuado para la historia que acabamos de ver. 

 

Me quedo con la reflexión del director de la película, Alonso Ruizpalacios y del guionista Manuel Alcalá, al final de la conferencia de prensa matutina: existe este elemento creativo propio de todas las historias, incluso de la “Historia con H mayúscula”, que la incapacidad de ser totalmente fiel a los hechos, y de lo inevitable que resulta inmiscuir perspectivas subjetivas por más objetividad que se busca. Para ser sinceros, no recuerdo si eso fue exactamente lo que dijeron, si así fue como pasaron las cosas realmente en la conferencia de prensa de Museo, pero creo que es el final correcto para este texto. 

Museo se estrena en salas mexicanas el 26 de octubre de 2018.

 

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