Reseña
mother!
por Mónica Martínez

17 de octubre de 2017

Con el inicio de la segunda mitad de mother! un vecino de butaca soltó un alarido tan profundo y repleto de terror genuino que casi me arrancó una carcajada. Debo confesar que me animó su reacción, después de que durante los primeros cincuenta minutos estuve rodeada de ronquidos intermitentes. Mi experiencia en la sala reflejó, casi como profecía, que la última entrega de Darren Aronofsky despertó reacciones contrariadas en su audiencia primigenia. Un tema interesante aparte subyace en la intersección entre la expectativa creada mediante las dosis de trailers que los estudios alimentan al público y el frenesí inalcanzable cuando el producto final dista del imaginario construido. O tal vez el público estadounidense está harto de sorpresas confusas. Simpatizo; los gobierna Trump. 

Confieso que vi la película la noche que muchos en México estaban aturdidos, por decir poco y sonar insensible, del temblor de esa tarde. Mis emociones estaban en vilo y por eso la disfruté sin empacho de principio a fin. Aunque Aronofsky es abundante con material para interpretaciones y representaciones bíblico-medioambientales —Jennifer Lawrence es Virgen, Madre Tierra y espectador, Javier Bardem es Dios y Destructor; Michelle Pfeiffer es Pecado y Ed Harris ¿un hombre accesorio?— hay un espacio amplio para la experiencia subjetiva e íntima que contrasta con la apuesta grandilocuente del autor.

mother! es la pesadilla misántropa de una mujer sujeta a las expectativas de esposa dulce y sumisa que espera paciente la oportunidad de convertirse en madre y que, por tanto, contiene la decepción que le producen las decisiones de Él (Bardem). Él, además de ser Dios, conjuga al esposo inconsiderado, el escritor inseguro y al hombre egoísta, cuyo hogar en ruinas ha sido reconvertido por ella, con amor y dedicación, para él. De esta secuencia inicial se desprende que ella es la presencia delicada y tímida, que acompaña la energía del metamacho imposibilitado de ver (mucho menos comprender) la intrusión punzante de ese Pecado y su hombre. Sólo podrá sentir la intromisión una vez que su posesión más preciada termina pulverizada, acaso víctima del fetichismo de quienes buscan corromper el idilio aparente. 

 

A partir de esa escena —la culminación que teme cualquier persona que deba soportar invitados ajenos y maleducados en su propia casa—, Aronofsky expone a Lawrence (y al espectador) a una serie de abusos y aberraciones que van elevándose de manera gradual desde extraños cogiendo y orinando donde les plazca hasta una muchedumbre insaciable apropiándose del hogar. En este segundo impulso, la cinta aterra con una vorágine de experiencias humanas, incluidas diversas formas de culto excesivo (terrenal y divino, igualmente enfermizo) de las que nadie puede escapar ileso. 

 

A quienes disfrutamos del terror snuff, las escenas que han causado mayor estupor en mother! nos parecerán bisoñas. Los amantes de Buñuel seguramente pensarán en Viridiana  (1961) y algunas feministas nos sentiremos indignadas porque después de tantos atropellos no tendremos una venganza real de Lawrence (“¿cómo que después del apocalipsis todavía lo deja hacer eso?!”). El final en realidad no es final, sino que es catarsis y puente para un nuevo ciclo, predestinados al mismo Dios y al mismo Destructor. Sospecho que nadie quedará exento de sus propias reacciones.

 

Los adolescentes en la fila de adelante no decepcionaron con sus risas nerviosas: “What the fuck did we just watch?!”

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