Salí de Marty Supreme (2025) con una sensación muy poco noble para una película tan celebrada: hartazgo. No incomodidad fecunda, no desasosiego productivo, no esa clase de malestar que dejan las grandes películas cuando de verdad han sabido tocar una fibra moral o histórica. Hartazgo. Hubo un punto, francamente, en que quería salirme del cine. No porque Josh Safdie no sepa dirigir —eso sería absurdo— ni porque Timothée Chalamet carezca de cierta presencia, sino porque la película me fue volviendo rehén de un personaje tan enfáticamente antipático, tan machaconamente insufrible, que terminó por romper el vínculo mínimo que una obra necesita construir entre su protagonista y el espectador. Marty Supreme, dirigida por Safdie y coescrita con Ronald Bronstein, sigue a Marty Mauser, un jugador de ping-pong ambientado en la Nueva York de 1952, personaje ficticio inspirado de manera muy libre en el campeón y hustler Marty Reisman.
Hay que decirlo con claridad: el problema no es que Marty sea desagradable. El cine está lleno de personajes moralmente detestables que, sin embargo, resultan fascinantes. El problema es otro: la película parece no entender del todo la diferencia entre construir un personaje abyecto y construir un personaje dramáticamente poderoso. Marty no sólo es arrogante, manipulador, fanfarrón y cruel; la puesta en escena parece complacerse tanto en su energía, en su verborrea, en su descaro, en su capacidad de abrirse paso a codazos por el mundo, que uno termina sintiendo que la película no lo examina realmente, sino que se embriaga con él. Incluso cuando el relato registra sus excesos —sus mentiras, sus chantajes, sus pequeñas y no tan pequeñas traiciones, el daño emocional que deja a su paso—, hay algo en el dispositivo entero que insiste en presentarlo como espectáculo antes que como problema. Esa es, para mí, la grieta principal de la película.
Y ahí entra Chalamet. Mi problema con su actuación no es que sea mala. Al contrario, es una actuación intensa, trabajada, físicamente muy pensada, llena de tics, cadencias y una confianza corporal que claramente busca fabricar a un sujeto insoportable, pero magnético. Muchas reseñas la han celebrado como una de las cumbres de su carrera, y buena parte de la conversación ha girado precisamente alrededor del carisma casi ofensivo con que encarna a Marty. Pero a mí me pasó algo muy específico: nunca dejé de ver a Timothée Chalamet diciendo “miren, soy un gran actor”. No desaparece dentro del personaje; lo coloniza. Cada estallido, cada gesto, cada frase disparada con esa mezcla de seguridad y ansiedad parece pedir admiración. Y eso, en una película sobre un hombre enamorado de su propia performatividad, quizá era inevitable. Pero también tiene un costo: el personaje termina siendo menos una criatura viva que una demostración.
Esto vuelve especialmente problemática la comparación que muchos han querido hacer entre Marty Supreme y cierta tradición del cine estadunidense de los setenta y noventa, de Scorsese a Schrader, pasando por todos esos relatos de antihéroes cuya energía moralmente venenosa se convertía en diagnóstico de época. A mí esa genealogía me parece exagerada. Travis Bickle, Rupert Pupkin, Jordan Belfort o incluso Howard Ratner —el antecedente safdiano más obvio— son personajes repelentes, sí, pero tienen una relación mucho más compleja con el mundo que habitan. En ellos hay delirio, patetismo, soledad, neurosis, hambre social; son síntomas de una enfermedad mayor. Marty, en cambio, se me quedó muchas veces en la pura estridencia. La película quiere vender su vitalidad como profundidad y no siempre son lo mismo.
De hecho, una parte importante de la recepción de Marty Supreme ha intentado responder precisamente a esta objeción. Ha habido gente defendiendo que no hace falta "querer" a Marty para quedar atrapado por la película, y otros que lo leen como encarnación de una subjetividad contemporánea hecha de narcisismo, gratificación instantánea y una confianza radicalmente inmerecida. Se ha argumentado que Marty funciona como una figura de nuestro presente, más cercana a la lógica de la autoestima vacía y la aceleración digital que a cualquier heroísmo clásico. Entiendo esa lectura e incluso me parece plausible. Josh Safdie filma a Marty como un cuerpo impulsado por el puro apetito: dinero, fama, sexo, reconocimiento, victoria, cualquier cosa que lo saque de su mediocridad material y lo ponga, aunque sea por unos minutos, en el centro del mundo. Pero que esa lectura sea defendible no significa que la película logre convertir esa lógica en gran cine. Para mí, la confunde con frecuencia con el mero nerviosismo formal.
Eso no significa negar las virtudes de Safdie. Hay un pulso cinematográfico indudable en la película y sigue siendo uno de los directores contemporáneos más hábiles para fabricar un cine de aceleración, ansiedad y sobrecarga. La cámara aprieta, el montaje no suelta, la ciudad parece siempre a punto de expulsar o devorar a sus criaturas. Darius Khondji fotografía esa Nueva York de posguerra no como una postal nostálgica, sino como un espacio crispado, extraño, casi hostil; y el propio Safdie ha dicho que le interesaba convertir un pasado reconocible en algo perturbador, atravesado además por anacronismos culturales que impiden cualquier comodidad museográfica. Hay secuencias cuya energía es genuinamente electrizante. Se entiende perfectamente por qué tanta gente ha salido fascinada de la película. Lo que a mí me ocurre es que toda esa destreza formal termina puesta al servicio de un personaje que no crece en complejidad durante todo el extenso metraje. Eso se vuelve decisivo en la recta final. Porque si durante más de dos horas la película se ha empeñado en hacer de Marty un pequeño monstruo egocéntrico —capaz de humillar, usar, negar y herir a quienes lo quieren—, entonces el desenlace tenía una responsabilidad enorme: o asumir con todas sus consecuencias la negatividad del personaje, o trabajar de verdad una transformación. Y es ahí donde, para mí, Marty Supreme se vuelve cobarde.
El final apuesta por la redención a través de la paternidad. Después de haber seguido a un hombre que ha convertido su deseo de triunfo en una maquinaria de devastación íntima, la película decide cerrar con un giro de sensibilidad súbita: Marty vuelve, se acerca a Rachel, se reconoce como padre, mira al recién nacido y llora. Safdie explica ese final en términos de madurez, cambio y paso "de niño a hombre"; para él, el sueño del campeonato debía morir para que naciera otro sueño, el de la paternidad. Comprendo la intención. Lo que no compro es el resultado. Porque una cosa es lo que un director quiera que signifique una escena y otra muy distinta lo que la película haya conseguido preparar para que esa escena nos afecte.
A mí no me parece que esa redención esté ganada. Me parece, más bien, una salida de emergencia emocional. Como si la película supiera, en el fondo, que ha empujado a su protagonista hasta un nivel de repulsión del que ya no puede volver por vías dramáticamente orgánicas y entonces recurriera al atajo más viejo y más sentimental del repertorio: el nacimiento de un hijo como revelación moral instantánea. De pronto el hombre que veinte minutos antes podía tratar a una mujer con un desprecio brutal encuentra una súbita capacidad de ternura y reconocimiento. No es que el cine no pueda creer en las epifanías; es que las epifanías también tienen que ser construidas. Aquí no veo un proceso, veo un parche.
Se me dirá que hay quienes leen ese cierre de manera más ambigua, no como redención verdadera, sino como un momento apenas provisional, quizá otro espejismo narcisista , otro pequeño golpe de dopamina para un hombre que sigue sin haber entendido del todo el daño que ha hecho. De hecho, esa interpretación también circula y no carece de fundamento. Hay críticos que ven la última lágrima no como prueba de regeneración, sino como otra forma de autoafección: el final no confirma una conversión moral, sino que deja abierta la sospecha de que Marty simplemente ha cambiado de objeto para su compulsión. Admito que esa lectura mejora la película. El problema es que, mientras la veía, yo no sentí esa ambivalencia como potencia, sino como indecisión. No sentí una clausura incómoda y fértil; sentí que la película quería tenerlo todo: la brutalidad de un protagonista insoportable y, al mismo tiempo, el consuelo emocional de una última humanización.
Hay, además, algo muy de nuestro tiempo en la inflación crítica que ha acompañado a Marty Supreme. No digo que sea una mala película en un sentido simple. Digo que me parece otro ejemplo de este fenómeno post pandémico de consagrar rapidísimo ciertas películas aparatosas, nerviosas, ruidosas, muy conscientes de su propia intensidad, y llamarlas obras maestras casi por reflejo. La hipérbole crítica contemporánea tiene algo de ansiedad cultural pues necesita detectar enseguida “la gran película” del momento, el gran tour de force, el gran performance, el gran gesto de autor. Y a veces eso impide ver que una obra puede ser muy hábil, muy vistosa, incluso muy estimulante, sin ser por ello profunda o redonda y mucho menos una obra maestra.
Por eso sigo pensando en películas como Train Dreams (2025). Una película infinitamente más sencilla, más callada, más elegante, casi sin pretensiones, y, sin embargo, mucho más capaz de producir emoción verdadera. Allí no hay esta compulsión por imponer grandeza. Hay confianza en la forma, en el tiempo, en el silencio, en la fragilidad de una vida. Frente a eso, Marty Supreme me parece una película desesperada por demostrarnos su importancia. Y quizá eso sea lo que finalmente más me distancia de ella. No su brutalidad moral, no su protagonista odioso, ni siquiera su final tramposo, sino esa sensación persistente de estar viendo una película demasiado enamorada de su propio ruido.
Josh Safdie es, sin duda, un director con talento y Timothée Chalamet confirma aquí que posee el tipo de ambición performativa que suele fascinar a la industria y a la crítica. Nada de eso me obliga, sin embargo, a concederle una admiración que no siento. Yo no le pido al cine que me dé personajes agradables. Le pido que convierta su fealdad en revelación. Y Marty Supreme, al menos para mí, no lo consigue. Consigue otra cosa: fabricar una exasperación sostenida y luego pedirnos, al final, que la confundamos con redención. Eso no es valentía. Eso es cálculo.
El autor forma parte del equipo editorial de CINEMATÓGRAFO.
