Reseña
La unión de Salvación

por Rainer Matos

23 de enero de 2020

El cine ruso adolece de los mismos males que trae aparejado el cine comercial “occidental”. O quizás más, porque en el caso ruso —como en el mexicano— el intento por imitar al cine comercial gringo, desde la acción a la comedia, llega a niveles alarmantes. Es probable que en Rusia el contraste sea todavía más agudo, porque a la enorme calidad de directores como Alexánder Sokúrov (El arca rusa, 2002; Fausto, 2011), Andréi Zviáguintsev (Leviatán, 2014; Sin amor, 2017), Kirill Serebrénnikov (El estudiante, 2016) o Alexéi Guerman, Jr. (Soldado de papel, 2008; Dovlátov (2018) se yuxtaponen ejemplos tan deplorables que ni siquiera vale la pena mencionar.

Por eso es que un filme como La Unión de Salvación (Soyuz Spaseniya, 2019), de Andréi Kravchuk, se agradece en el panorama cinematográfico de Rusia. La película, anunciada como “épica”, confirma que Kravchuk tiene una habilidad notable para llevar temas históricos delicados, “controvertidos”, al público más comercial. Este no fue el caso, por ejemplo, de Alexéi Uchítel y su Matilda (2017), que por más mediocre que fuera no evitó severos problemas: debates en el parlamento ruso, pánico eclesiástico, la intervención del Ministerio de Cultura y la quema de automóviles (uno, por cierto, perteneciente al abogado de Uchítel) por parte de activistas religiosos. Kravchuk ya había dado muestras de más prudencia en temas históricos desde Almirante (Admiral, 2008), un filme sobre Alexánder Kolchak, el líder blanco de Siberia durante la Guerra Civil rusa (1918-1921), aunque no faltaron tonos apologéticos hacia el personaje.

 

La Unión de Salvación recrea la revuelta decembrista de fines de 1825 en contra de la autocracia rusa. Se produjo cuando un puñado de oficiales de la Guardia Imperial, veteranos de las Guerras Napoleónicas y educados en el relativo liberalismo de la primera década bajo el zar Alejandro I (1801-1825), se rebelaron en San Petersburgo contra su sucesor, su hermano Nicolás I (1825-1855). La intención era imponer una monarquía constitucional en el Imperio ruso. Otros miembros del movimiento, encabezados por Pável Péstel y Serguéi Muraviov-Apóstol, comandantes de un regimiento en Ucrania, se radicalizaron y llegaron a hablar de instaurar una república desde el sur. Los rebeldes, miembros de la elite nobiliaria y militar, despreciaban a Nicolás, mucho más joven que Alejandro, porque no habían hecho carrera con él y sabían de sus tendencias autocráticas y disciplinarias. Los “decembristas” —nombre que adquirirían los rebeldes una vez suprimido el levantamiento— preferían que la corona pasara a otro hermano del zar, Constantino, que era por edad el heredero legal. Sólo que Constantino había rechazado el trono años antes de que muriera Alejandro I y éste se llevó el secreto a la tumba.

Los ánimos constitucionalistas de los decembristas precedieron esta querella familiar. Al terminar la guerra europea en 1815 admiraron la prudencia de Alejandro I y su promesa de instaurar una constitución en Rusia, como la que promulgó en el Reino de Polonia. En los siguientes años crearon sociedades masónicas, literarias y políticas, que buscaron influir en esa promesa. La primera de ellas, en 1816, fue la “Unión de Salvación”. Luego de algunos cambios de nombre y de escisiones internas, en octubre de 1820 algunos de los miembros originales de la Unión se amotinaron en el regimiento Semiónovski de San Petersburgo —hecho retratado al principio del filme—, exigiendo el relajamiento del servicio militar. Desde luego el motín fue reprimido, pues el zar comenzó a tener dudas sobre la promesa constitucional al conocer de la revuelta constitucionalista de Rafael del Riego en España meses atrás —la cual, por cierto, precipitó la independencia (conservadora) de países como México. Cuando Alejandro I murió en noviembre de 1825 todos los ingredientes para un problema sucesorio estaban ya sobre la mesa. Los miembros más radicales de la Guardia Imperial pensaron que el liberal Constantino llegaría pronto de su palacio en Varsovia a sustituir a su hermano. Nunca ocurrió. En cambio, Nicolás I se anunció como el nuevo zar.

La confusión de aquel día en el centro de San Petersburgo es retratada de manera sublime por Kravchuk. Algunos regimientos juran fidelidad a Constantino (“Za Konstantina! Za Konstitutsiu!”); otros, visible minoría, permanecen del lado de Nicolás I. La tensa calma es representada a través de diversos personajes con gran acierto. Se observa al joven Nicolás I, interpretado de forma pulcra por Iván Kolésnikov, confundido, humillado, cabalgando sobre la nieve entre los sublevados. El escritor Kondrati Ryléiev (Antón Shaguin), uno de los miembros más radicales del movimiento, camina de la Plaza del Senado —donde se concentran los constitucionalistas— al Palacio de Invierno —donde Nicolás intenta iniciar su gobierno—, preguntándose quién se atreverá a disparar primero. El príncipe Serguéi Trubetskói (Maxim Matvéiev), a quien los decembristas denominaron su “dictador”, se debate entre el afán histórico y la responsabilidad institucional. En el sur, lejos de la diatriba capitalina, un radicalizado Muraviov-Apóstol avanza sobre Chernígov con su regimiento de forma más decidida.

Los decembristas se volvieron famosos precisamente porque la calma de aquel día no duró. Su primera víctima fue el gobernador de la capital, el conde Milorádovich, a quien Nicolás I había enviado a la plaza contigua para apaciguar los ánimos. A partir de ese momento las tensiones ceden y llega el momento en que el zar decide imponerse por la fuerza. Las tropas leales disparan a los regimientos rebeldes. Los soldados y civiles que intentan huir, con el río a sus espaldas, saltan y corren por el hielo. El zar ordena disparar cañones para romper el hielo y ahogarlos. Así lo representa la cinta, con bastante fidelidad a la fuente histórica. Caer en el fetichismo de decir que “los efectos especiales son muy buenos” en 2020 ya es igual a decir nada. Toda la escena es creativa, creíble, impactante. No hay acentos obsesivos sobre la violencia ni el morbo. En la represión a los decembristas a través de la mente de Kravchuk hay un poco de todo: una polifonía en la que, como en el primer movimiento de la Sinfonía no. 4 en fa menor, op. 36 (1878) de Chaikovski, cada quien va por su lado, para luego volver a converger en una sola línea melódica, a ratos solemne, a ratos confusa.

Acaso el valor de La Unión de Salvación recaiga en que, al menos en términos históricos, no es apologética de nadie. Si vemos cómo el zar pierde los estribos es porque así ocurrió, y en ese sentido el director tuvo la humildad de permitir que sus asesores históricos se impusieran. Si esto fuera Hollywood el resultado sería, seguramente, distinto. El guion no toma partido por nadie (aunque se centre en Muraviov-Apóstol y veamos “flashbacks" con su esposa). Es abrumadoramente objetivo. No hay pretensiones ulteriores. No hay mártires siquiera, que fue la forma en la que se reconstruyó, mediante panfletos políticos e historia oficial, la revuelta decembrista un siglo después. El episodio permanece como lo que fue: un conflicto entre una minoría de rusos privilegiados que no tuvo eco en la abrumadora mayoría de la población del Imperio. Hay un detallismo en la película que pasa por muchas escalas de grises (en términos políticos, históricos); cualquier otro director podría haber filmado una historia de buenos contra malos, o de “demócratas” contra “autócratas” para satisfacer imaginarios contemporáneos más allá del Atlántico. No es el caso de Kravchuk.

Sin embargo, el director tampoco es elitista. Uno de los mayores aciertos del filme es representar al “pueblo llano”, a la gente pobre, de origen campesino, que prende fogatas en medio de las plazas churriguerescas de la capital imperial y se burla de cualquier cosa. Recuerda un poco a las personas que siempre están detrás, con movimientos mecanizados, en el juego Street Fighter. Es un contraste verdaderamente genial observar a Nicolás I sumido en la duda y, en el fondo de la escena, a tan sólo unos metros, la “gente común”: un borracho gritándole injurias, una mujer que se asoma por una cobija viendo por qué no la dejan dormir, curiosos aquí y allá, civiles alcanzados por las balas. Y es que seguramente así ocurrió, lo que presenta una idea bastante cándida de la autocracia rusa. Se ve a un emperador falible, humano, dudoso, en contraste con la imagen histórica de Nicolás I, el autócrata por antonomasia.

No faltan los despistes, cortesía de esas manías del cine ruso comercial. Tenemos que ver en cámara lenta, lentísima, todo el proceso de ignición de la pistola que está disparando la bala que mata a Milorádovich. En el momento álgido de la represión, conforme caen balas de cañón sobre el hielo que hunden los cuerpos —y las ideas— de los sublevados, se escucha una canción de rock-pop ruso en versión sinfónica. Es como si en una película mexicana se escuchara en versión orquestal Mátenme porque me muero, de Caifanes, mientras vemos el fusilamiento de Vicente Guerrero en Cuilápam. La escena inicial, en la que Muraviov-Apóstol a sus 10 añitos intercambia un diálogo con Napoleón, está —hasta donde sé— sacada de la manga. Sin embargo, estas desviaciones no parecen afectar la prudencia y la meticulosidad que en general sostienen la película.

La Unión de Salvación es una película sana, recomendable, que hace bien al cine ruso. Funciona como primera aproximación a la historia del liberalismo ruso y de la revuelta decembrista. Es creíble en todos esos términos y tiene un balance que reparte la narrativa entre decenas de personajes, escenarios y diálogos de lo más variado. Ojalá se tenga el interés por hacerla llegar a salas de cine allende las fronteras rusas.

El autor es internacionalista por El Colegio de México y maestro en Estudios de Rusia y Eurasia por la Universidad Europea de San Petersburgo. Colaborador y amigo de CINEMATÓGRAFO. Ha escrito en diversas revistas académicas y de divulgación como Nexos Este País. En 2018 El Colegio de México publicó su segundo libro: Limbos rojizos: la nostalgia por el socialismo en Rusia y el mundo poscomunista.

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