Reseñas
La madre del blues
por Antón Aguilar

29 de diciembre de 2020

La madre del blues (George Wolfe, 2020) es una película dura, que duele, y no sé si he logrado procesarla suficientemente bien. El argumento es aparentemente sencillo: todo ocurre durante la grabación de un disco de Ma Rainey, una de las grandes pioneras del blues. La historia se sitúa en Chicago, en el decenio de 1920. Viola Davis, en el papel de Ma, y Chadwick Boseman, en el del cornetista Levee, destacan con actuaciones realmente encomiables. El filme es una adaptación de una obra de teatro del dramaturgo afroamericano August Wilson. Y aunque el texto es excelente, la transición al cine parece accidentada. Hay una cierta pesadez teatral de la que no se libera, pero que quizá ayuda a transmitir la sensación de estar encerrado en un estudio durante un verano caluroso de Chicago. Hay un efecto de sofocación y a veces cuesta trabajo seguir el hilo, tal vez porque nos muestra emociones que no queremos ver, parlamentos que no queremos oír, y una música que cuesta trabajo entender. 

La película empieza con Ma Rainey dando un concierto en una carpa de una zona rural en Georgia. Ma brilla en el escenario, lleva un vestido violeta y unas plumas verdes en la mano, se contonea sensualmente y el público se enciende con su voz y su cuerpo. Es una fiesta y ella es la reina. Hacia el final de la escena vemos su rostro de cerca y notamos que ya no es jubiloso ni radiante, sino triste, amargo y maltratado. Este otro rostro predomina en la siguiente hora y media, y se torna más hostil.

A lo largo del filme su personaje despierta ambivalencia. En muchos momentos cae mal. Casi todo el tiempo está furiosa y combativa, y uno oscila entre la empatía y el rechazo. ¿Cómo puede evocar sensaciones eróticas y al mismo tiempo ser tosca y malencarada? Su rostro es un enigma. Lleva incrustaciones de oro en los dientes, sombras negras en torno a los ojos y plastas de maquillaje rojo en las mejillas, que se mezclan con el brillo de su sudor. Por momentos recuerda a una prostituta o a una figura de carnaval. Parece ser demasiado. A fin de cuentas, ¿no es el exceso uno de los secretos de la vulgaridad? La gente que tiene mucho sabe que es de mal gusto mostrarlo. Y todo el exceso que hay en su rostro, ¿será una forma de militancia? 

En la siguiente escena la vemos bajar las escaleras y atravesar el lobby de un hotel de Chicago, en el que los huéspedes son negros de clase alta. A diferencia de la escena en Georgia, aquí todos la miran con frialdad y silencio. Su rostro se ha endurecido. Acá es otra: una mujer sureña, gorda, lesbiana y de clase baja. Una cabaretera. Toma del brazo a su novia y a su sobrino, que quizá son lo único que tiene, y sale del hotel con dignidad colérica. Lleva un vestido amarillo con detalles color caoba que se confunden con su piel. 

El amarillo también está presente en su antagonista, Levee, el cornetista de la banda de músicos de Ma, quien al llegar a Chicago compra unos zapatos de ese color. Le cuestan 11 dólares, casi la mitad de lo que le van a pagar por el disco. Levee es excesivamente delgado, eufórico y ambicioso. Quiere ser una estrella y parece convencido de que sus zapatos nuevos lo llevarán hasta donde quiere ir. Levee entra extático al sótano del estudio de grabación, en el que transcurre más o menos la mitad de la película. Es el lugar donde ensaya la banda que acompaña a Ma: Toledo en el piano, Cutler en la trompeta y Slow Drag en el contrabajo. Los vemos beber de sus ánforas, fumar, bromear, y también contar historias desgarradoras.

Levee se queja de que en ese sótano hay una puerta que no se abre. No está claro si esa puerta siempre estuvo ahí. ¿Por qué cambiarían algo que estaba bien? Toledo le dice que todo cambia: el aire, la piel y las moléculas cambian constantemente. Pero Levee no está para filosofías; tiene prisa y quiere que la puerta se abra. El dueño del estudio le pidió componer melodías y hacer un arreglo a la canción que da nombre al disco: Black Bottom, un baile sureño parecido al charlestón. Él sueña con formar su banda y grabar un disco propio. Quiere robarle los reflectores a Ma y también quitarle a su novia. Toledo es un hombre mayor con un rostro dulce. Piensa que la mayoría de los negros sólo quieren pasarlo bien, en vez de educarse y trabajar juntos para mejorar su situación. Y hay que trabajar duro, porque no parten de un buen lugar. 

 

Ma llega tarde a la grabación porque choca en su auto justo frente al estudio. Un grupo de mirones se arremolinan a ver la discusión entre ella y un policía, que la acusa de ponerse agresiva, sospecha que robó el auto en el que se accidentó y amenaza con detenerla. El representante de Ma, un hombre blanco que parece amable, tiene que intervenir y sobornarlo para que el alboroto se disipe. Ma lleva una estola y una boina, a pesar de que hace mucho calor, y el auto en que la conducían es lujoso. No queda claro si el policía abusa de su autoridad porque ella es mujer, porque es negra, o porque para él ocupa un lugar social que no le corresponde. 

 

Y parece que Ma tampoco está muy cómoda en sus zapatos. En cuanto entra al estudio de grabación se los quita y los cambia por unas pantuflas. Ocupar el lugar que ocupa es una batalla constante. En un principio parece intransigente. Se empecina en que su sobrino tartamudo grabe la introducción a una de sus canciones (lo que toma siete intentos); exige una coca cola y suspende la grabación hasta que se la traen; sale encolerizada del estudio porque una canción no se grabó adecuadamente; se niega rotundamente a aceptar los arreglos musicales de Levee bajo amenaza de llevarse su trasero negro (black bottom) de ahí. Tardamos en entender que no tiene alternativa. Que luchar por una coca cola es luchar por su lugar en el mundo. 

 

Levee tiene dos escenas en el sótano en las que ofrece una actuación luminosa. Una ocurre cuando sus compañeros se burlan de su actitud solícita frente al dueño del estudio. Les responde que él sabe cómo tratar a los blancos y cuenta cómo su padre le vendió su parcela a uno de los hombres que violaron en grupo a su mujer y acuchillaron a su hijo. Lo hizo estratégicamente, para después volver y asesinarlos. Que un hombre negro comprara su propio pedazo de tierra era una fanfarronería duramente castigada. La segunda escena es una diatriba de Levee contra Dios, en la que afirma que no le teme, que Dios no escucha las plegarias de los negros y que Dios odia a los negros. 

 

¿Cuánto odio hay que recibir y cuánto hay que sentir para pensar que Dios te odia? Creo que Levee nos muestra que ha tomado la medida. Y en la aridez de esa desolación, ¿qué otro camino queda sino el arte? Transformar un grito de dolor en algo bello o perderlo todo. August Wilson decía que el blues es la mejor literatura que tienen los afroamericanos. El arte como una de las mejores formas de hacer esa metamorfosis, acaso la única. En una de las pocas escenas en que su rostro se suaviza y se ilumina, Ma lo expresa así: “el blues es el lenguaje de la vida”. 

 

Hacia el final del filme, Ma no tolera que Levee coquetee con su novia y brille con su corneta, así que lo despide. Además, el dueño del estudio lo estafa y le paga con migajas las canciones que compuso. Encima, viene Toledo distraído y lo pisa por accidente. Sus zapatos, como sus ilusiones, han sido pisoteados y arruinados. En un arranque de ira, saca una navaja y apuñala a Toledo por la espalda. Parece que es un desplazamiento: en realidad querría matar al dueño del estudio que lo embauca. Pero también es simbólico que mate al hombre bondadoso y paciente, que se preocupa por el lugar de los negros en la sociedad americana, y que se considera privilegiado por estar ahí ese día. Parece que algo de eso también se muere. 

 

La película es dolorosa, entre otras cosas porque el racismo que muestra no es un problema que se quedó en Chicago en los años veinte, sino que es un fenómeno universal y vigente. Creo que duele también, porque nos recuerda que en nuestro fuero interno, aún si pensamos que no somos racistas, tenemos que vérnoslas con las fuerzas que nos impulsan a devaluar y odiar. En esa lucha, si tenemos suerte, tal vez nos acompañe Dios, el arte, o una mujer. ¿La madre del blues será la madre que transforma lo que duele en esplendor? 

 

El autor es internacionalista por El Colegio de México y cuenta con un posgrado en Política Comparada por el Instituto de Estudios Políticos de París (Sciences-Po Paris). Actualmente se desempeña como Director Ejecutivo para México de Humane Society International.

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