Ensayo
Ficción
LaLO o el Tucán
RESEÑA DE UNA PELÍCULA QUE NO EXISTE
por María Guillén

17 de diciembre de 2020

La autora se inspira en las novelas de dictadores y en la experiencia política latinoamericana para imaginarse un líder político populista, con características de aquellos legendarios del siglo pasado, retratado en una cinta por un director europeo ficticio e ingenuo, pero con interés en la región.

“Lucerito de mi llano, alúmbrame mi camino, lucerito, lucerito no me dejes de alumbrar… María” canta Gua Gua y le pincha el hombro a su nietecico. “Que este pueblo es de embusteros, aquí no hay otra cosa que parlanchines y majaderos, recuérdate eso”. Lalo le pasa la cantimplora de agua quina a Gua Gua, y se despide porque Doña Índira, la madre, le dice que ya va tarde para su clase con Monsieur Jabois. Las obligaciones coloniales cercenan el vínculo filial; ya no hay más abuelo ni canciones de Sabaneta, un corte abrupto nos muestra a un Lalo mecánico y marcial de rojo y guinda. Los muros calizos y los tonos tierra quedan atrás, la cámara ya no panea, se queda fija sobre un punto en tomas cuyo fondo son columnas y muebles ordenados simétricamente. Lalo (2020) del director eslovaco Alexej Slojz muestra la vida del polifacético personaje Eduardo Carrasco alias el Tucán (1958-2009) médico militar, líder sindical, guerrillero y presidente.

 

La soberbia mirada europeísta se posa sobre el ídolo latinoamericano, Slojz se compadece excesivamente de este joven Napoleón al que toda su vida le dijeron patiflaco y enanito, razón por la cual posaba encima de cajas de madera para lucir unos centímetros más alto. Es fácil encariñarse del joven Lalo el Tucán, porque defiende a Paul el retrasado del pueblo, del viejo y avaro señor Khachiyan, dueño de la fábrica textil más grande de la región de la Tinga; el personaje inspira compasión cuando recita versos en francés a su querida Danita: “Je pense a toi, Myrtho, divine enchanteresse”; más difícil es quererlo después de conocer su pacto con el presidente Julián Ramírez. El Tucán asegura la sucesión a cambio de que encarcelen a Marcelo “La Mascota”, una de las figuras más carismáticas del movimiento y quien fuera su mejor amigo. Marcelo, con su cara boba, de morsa casi, le decía, “manito, recuérdate que vamos juntos, yo no me subo si no es contigo”; y la peor traición, cuando Danita, enferma de tos ferina y tuberculosis, ya únicamente acompañada por su fiel muchacha llama a su esposo: “háblale a Lalo, Lalo, que de esta noche ya no paso” y Elena corre por los pasillos del palacio sólo para encontrarse con el señor presidente de la mano de Laila Morales, exmodelo y actriz de televisión.

 

—Señor… la señora, es urgente. 

—Elenita, está como si hubiera visto un fantasma. A los muertos es mejor dejarlos descansar. 

—Pero si la señora todavía no… 

Slojz persigue al fantasma del Tucán con la devoción de un fanático. A Danita la deja morir olvidada y la cámara se posa ya no en los pies y las cajas, ni en los fondos, ahora exalta la quijada mussoliniana. Y la escena en la que el presidente escupe sus palomitas aquella vez que Laila le dice que Manuel Ferreira es el hombre más guapo de todo el país. Se decreta que sólo puede haber actores feos. Y en lugar de los actores guapos él interpreta simultáneamente todos los roles. Películas enteras se grabaron en las que el presidente conversaba con el presidente. Lalo de Slojz termina por ser una película predecible, sin matices, de un aficionado que justifica a un personaje narcisista y sobre todo misógino, incluso para el contexto de la época, que se refiere a las mujeres como canguros humanos y borreguitas. Rescatable, quizás, es la decisión de terminar la película con una entrevista entre Slojz y el Tucán.

—¿Cree en Dios? 

—Dios cree en mí. 

—¿El futuro?

—Esta generación no supo lo que es sufrir. No supo lo que era ir al pozo y después correr campo traviesa, para recoger el traje del capitán y consolar a su mujer, diciéndole que su esposo no estaba jugando a los naipes, sino que habíamos entrado en guerra y quizás se ausentaría indefinidamente, para después volver al campo saltando de conejito, dando dos vueltas sobre el mismo eje y cantar el himno nacional al revés. Nunca entenderán ese nivel de sacrificio. 

—Su decisión de ejecutar a todos los abogados. ¿La sustenta?

—Nunca recibí quejas (risas).

La autora vive en la Ciudad de México y tiene un perro salchicha de nombre Coronel.

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