Ensayo
El caso de Richard JewelL
Y EL ARTE CINEMATOGRÁFICO DE
CLINT EASTWOOD

12 de marzo de 2020

por Pablo Andrade

El público acude al cine con la esperanza de recuperar el tiempo perdido”. Esta frase, que por demás hace referencia a la famosa novela de Marcel Proust, es de Andréi Tarkovski, uno de los máximos exponentes de la imagen poética en el cine y, a decir de su obra literaria, un gran filósofo del arte. Justamente en su libro Esculpir el tiempo, Tarkovski explica que la asistencia al cine se debe a la necesidad que tenemos todos los humanos por explorar nuestros recuerdos, los miedos y las esperanzas, nuestros sueños y deseos más profundos.[1] Todo aquello que ya es intangible pero que nos persigue durante toda nuestra vida: justamente “el tiempo perdido” del joven Marcel.  

El cine también es la exploración de diferentes temas e intereses de los directores. Entre más vocación artística tengan más reales serán sus películas, puesto que éstas serán un reflejo de su propia exploración personal. Es cierto que ejemplos como el de Tarkovski —quien veía en el cine un medio excelente para plasmar esa verdad interior de manera poética— son difíciles de encontrar; sin embargo, el cine actual aun cuenta con "cineastas" en el sentido más artístico de la palabra. Uno de ellos es sin duda el incombustible Clint Eastwood. 

El cine Eastwood no solamente rebosa de calidad cinematográfica formal —que con los años ha venido a concretarse en un estilo casi minimalista— sino que, además, es un mapa claro de los temas que han conformado la visión del mundo del legendario director californiano, considerado por muchos como el último clásico del cine contemporáneo. El estilo de Eastwood es elegante y clásico, apoyado en un lenguaje cinematográfico que privilegia el ritmo de la historia y que da mucho espacio a tomas que permitan contemplar las emociones de los protagonistas. Eastwood ha logrado en casi todos sus filmes de las últimas tres décadas alcanzar la “pureza de la imagen” de la que habla Tarkovski y que compara con las imágenes mentales producidas por los haikus japoneses: limpia, evocadora, sin elementos distractores, totales. 

 

Así, la puesta en escena de Eastwood ha ido decantándose poco a poco hacia un minimalismo que solo es alcanzable por cineastas en lo más alto de su juego como creadores. Es decir, no por minimalistas —en el sentido en el que habla Tarkovski— quiere decir que sean obras menores, sino todo lo contrario: una vez que el cineasta logra crear verdaderas “imágenes cinematográficas” que por sí solas logren ser una impresión de la verdad —de la verdad personal del director—; entonces, es cuando estamos en condiciones de afirmar que contemplamos la obra de un gran artista.

 

Podemos hablar de muchos ejemplos de la maestría de Eastwood detrás de las cámaras y de su estilo elegante, puro y desprendido de aditivos inoportunos e innecesarios como efectos especiales desbordantes o música demasiado llamativa. Podríamos empezar con su cinta sobre el magnífico jazzista Charlie Parker, Bird (1988); o esa obra maestra que para muchos es el western definitivo: Unforgiven (1992); y continuar con magníficas películas como A Perfect World (1993), The Bridges of Madison County (1995), Mystic River (2003), Million Dollar Baby (2004), Letters from Iwo Jima (2006), Changeling (2008), Gran Torino (2008) y muchas otras.  

En los últimos años de su carrera, Clint ha desarrollado un tema que parece atraerle mucho quizá por su imagen como héroe cinematográfico que se concretó a ojos del gran público en los spaghetti westerns que protagonizó bajo la dirección de Sergio Leone: Por un puñado de dólares (1964), Por unos dólares más (1965) y El bueno, el malo y el feo (1966); y las cinta policiaca de Don Siegel en la que interpretó al detective Harry Callahan: Dirty Harry (1971) —que después tuvo numerosas secuelas incluida una dirigida por el propio Eastwood: Sudden Impact (1983). La figura del héroe y el heroísmo han sido los temas que predominan en la filmografía de Eastwood desde American Sniper (2015), continuando con Sully (2016), 15:17 to Paris (2018), The Mule (2018) y ahora Richard Jewell (2019) —titulada en nuestro país como El caso de Richard Jewell.

El tema da para un ensayo más amplio y muy interesante. Podríamos analizar la puesta en escena de Eastwood en estos filmes que destaca por la sobriedad y la elegancia e incluso podríamos discutir sobre la interesante selección de actores para interpretar a los protagonistas de cada uno de los filmes. Eastwood ha sido siempre inteligente en la selección de sus repartos, sabiendo cuando deslindar la responsabilidad a actores consagrados como Tom Hanks y Aaron Eckhart en Sully o Bradley Cooper en American Sniper; y cuando cargar sobre sus hombros el peso del protagonista como en The Mule. También ha sido vanguardista al utilizar a las personas que vivieron los hechos en la vida real como protagonistas, como es el caso de 15: 17 to Paris, y astuto al contratar a un actor prácticamente desconocido para interpretar al héroe en Richard Jewell. En todos los casos la selección de actores revela mucho sobre lo que Eastwood nos quiere decir de sus héroes en cada una de las películas.

También, podríamos analizar las siempre controvertidas posiciones políticas conservadoras del cineasta en la figura del héroe espontáneo, ciudadano común que se ve enfrentado a situaciones extraordinarias. Por ejemplo, para muchos, American Sniper es un panfleto de las más que dudosas actividades militares estadunidenses en Medio Oriente; o su personaje en The Mule es visto como un exmilitar racista y republicano que además acaba por convertirse en mula de un cartel mexicano. Pero creo que ni la crítica más aguda al conservadurismo de Eastwood puede obviar una cosa que es evidente en sus películas: todos sus protagonistas ponen en juego sus valores y muchas veces viven una transformación real. De esta manera, vemos a los héroes debatiéndose entre sus viejas estructuras y las tendencias contemporáneas de un mundo siempre cambiante como es claro en Gran Torino. De esta manera, el director siempre se critica a sí mismo y reflexiona sobre su visión del mundo de manera constante, esto hace que sus filmes acaben por ser más honestos y progresistas que muchas de las propuestas bienintencionadas y oportunistas que solo buscan ser políticamente correctas para asegurar un resultado positivo en la taquilla. Viéndolo desde cierto punto de vista, esta acción es mil veces más perversa que la loable honestidad del cine de Eastwood que se asume como conservador, pero humanista, reflexivo y flexible ante nuevas visiones del mundo. 

En El caso de Richard Jewell, Eastwood nos cuenta la historia de un hombre común que se enfrenta al FBI después de ser acusado de orquestar un ataque terrorista durante los juegos olímpicos de Atlanta en 1996. Al principio, Richard es reconocido como un héroe, pues en su papel de guardia de seguridad se percata de que hay una mochila misteriosa durante un evento y logra evacuar a la mayoría de los asistentes. Sin embargo, después de que el FBI fracasa en sus intentos de atrapar al autor del atentado y en contubernio con una sección de la prensa, señalan al propio Jewell como culpable de poner la bomba para después montar una escena en la que él se convierte en el héroe; es decir, lo acusan de ser“un falso héroe” —como lo describe la prensa que primero lo encumbró y después le destruyó la vida. Richard se enfrenta no solamente a una de las instituciones más respetadas por los estadunidenses, sino que también tiene que luchar contra una opinión pública que se traga el cuento de que él es culpable solamente por no encajar en el estereotipo del héroe americano: es gordo, asexual, vive con su madre a los 36 años y padece de un retraso mental.

 

El genio de Eastwood radica en explorar muchas aristas de la personalidad de Richard, pero es consistente en un punto: este no es un thriller de suspenso en el que llegamos a dudar de la integridad del personaje, es la historia de una injusticia en la que la verdad es clara para nosotros desde el principio: Richard es inocente y es un héroe por partida doble, primero por salvar la vida de muchas personas y después por enfrentarse tanto a un sistema negligente y corrupto —encarnado en la figura de un agente interpretado por Jon Hamm— y a una sociedad que lo juzgó como culpable sólo porque los medios lo construyeron como tal. Así, Eastwood se pone del lado de un protagonista que es mancillado en sus derechos humanos básicos solamente por su apariencia y su actitud extraña, que una buena parte del público identifica como conservadora y de derechas —de hecho, hay una escena en la que Richard muestra a los agentes que él cuenta con múltiples armas de caza “para proteger su hogar”. 

Eastwood nos cuenta la historia con los ya mencionados recursos que destacan por su sobriedad, elegancia y belleza minimalista. Al mismo tiempo recurre al talento de sus tres protagonistas: Richard (interpretado de manera fantástica por Paul Walter Hauser), su madre Bobi (Kathy Bates, nominada al Oscar por este papel) y su abogado Watson Bryant (un siempre magnífico Sam Rockwell). Ellos son el pilar de un relato que se encumbra como un gran drama y deja mucho espacio para el lucimiento de las emociones que llegan a desbordar la pantalla. Dicho de otra forma, es cine de altísima calidad.

Así, El caso de Richard Jewell viene a completar un mosaico comprendido por varias películas sobre el heroísmo y que, insisto, valdría la pena analizar con mayor detenimiento, pues estoy seguro de que nos revelaría la visión de un gran artista curtido en talento y experiencia de décadas en el todavía novel arte cinematográfico. El público asiste al cine para buscar el tiempo perdido, diría Tarkovski, y el arte de Eastwood es uno que emociona y nos invita a explorar esa herida fundamental que nuestro tiempo en este mundo nos ha procurado. Su cine es recuperar el tiempo que se nos escapa constantemente. 

El autor forma parte del equipo editorial de CINEMATÓGRAFO.

NOTAS Y REFERENCIAS

 

[1] Andréi TarkovskiEsculpir el tiempo, México, UNAM, 2019.

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