TELEVISIÓN
Recomendación

Para Jorge

 

De niña yo tenía un jardín, un labrador y muchas otras cosas que ya no tengo. Iba al kínder a una cuadra de mi casa, en una colonia repleta de niños con los cuales jugar futbol o andar en bicicleta. Sin embargo, sería mentira si dijera que salíamos cada tarde para cascarear en calles por las que apenas pasaban coches. La verdad es que lo más memorable de esos noventa nostálgicos fue nuestra adicción a la televisión. Frente a ella, mi hermano y yo pasamos más tiempo del que podría considerarse sano, miles de horas viendo aquella pantalla, en un atentado contra la infancia y el tejido social. Si a los niños les hace bien convivir y realizar actividades al aire libre, entonces nuestro desarrollo se vio seriamente afectado por ese aparato. 

Veíamos de todo, no nos importaba que fuese aburrido, cualquier cosa estaba bien con tal de no despegarnos de ahí: todas las versiones de C.S.I, programas del hospital veterinario de Animal Planet doblados al español, con frases como: “Oh, vaya Bryan, salvar a Daisy es una misión casi imposible, los dueños dejaron crecer demasiado el tumor”. También vimos (sin permiso) todo E! True Hollywood Story, que incluía relatos sórdidos sobre cómo Tommy Lee Jones había contagiado de hepatitis C a Pamela Anderson, detalles sobre la muerte de River Phoenix, o quiénes eran los principales clientes del burdel de Heidi Fleiss en Hollywood (Jack Nicholson y George Lucas). Y probablemente el mejor programa de esa época, el que más nos gustaba a mi hermano y a mí era ¡Oye Arnold! (1996-2004). 

La serie cuenta la historia de un niño de once años en Hillwood, ciudad que según su creador Craig Bartlett es una mezcla de Portland, Seattle y Brooklyn. [1] En los cien episodios que se transmitieron a lo largo de casi diez años, Arnold y sus amigos, vecinos, familiares y maestros vivieron muchas aventuras contadas de manera didáctica, pero sin la condescendencia de otros programas para niños. Capítulos como "El Chico del Pórtico" (temporada 1, episodio 8), "El Hombre Paloma" (temporada 1, episodio 14), "Helga en el Diván" (temporada 4, episodio 16) son emblemáticos por los mensajes que buscaba transmitir la serie: inclusión, tolerancia, promoción de la diversidad, bienestar social, siempre ayudar a las personas diferentes o marginadas, etc.

 

Arnold era como un pequeño trabajador social que resolvía problemas, mediaba e interactuaba con personajes muy distintos a él: sus vecinos inmigrantes, maestros frustrados, trabajadores del vecindario. Todo sucedía dentro de un universo moral muy delimitado, de buenas intenciones y soluciones fantasiosas.

NOTAS SOBRE 
Hey Arnold!

Año: 1996-2004

 

Creador: Craig Bartlett

Dirección creativa y desarrollo: Craig Bartlett, Joe Ansolabehere, Steve Viksten y Tuck Tucker

Música: Jim Lang

Elenco (voces): Arnold Phillip Shortman (Toran Caudell, Phillip Van Dyke, Spencer Klein, Alex D. Linz y Mason Vale Cotton), Gerald Martin Johanssen (Jamil Walker Smith y Benjamin Flores, Jr.) y Helga Geraldine Pataki (Francesca Marie Smith).

Transmisión inicial: Nickelodeon

20 de diciembre de 2018

por María Guillén

En los primeros episodios de la serie, Arnold conoce el acuario en un viaje de la escuela. Se encuentra con una tortuga en estado vergonzoso y siente lástima por su situación. Cuando vuelve decide contarle a su abuela y los dos toman la decisión de raptarla para liberarla de vuelta al océano. Antes de robarla Arnold siente culpa y pregunta: 

- ¿Abuela, esto no es contra la ley?           

- ¿Contra la ley del rey quizás, pero contra la ley de la decencia no lo creo

Eran pequeños guiños, pequeños mensajes. Sin embargo, lo que hacía atractiva a la serie no era una racionalización sobre su misión civilizadora, ningún niño la veía por eso. En ese entonces simplemente era una serie divertida y entre las muchas cosas que la volvían entrañable destaca Helga, probablemente el mejor personaje de la serie, junto con Gerald, Phoebe, Harold, Stinky, el Abuelo y Oskar Kokoshka. 

 

Helga es una bully que sufre de resentimiento social y empuja a niños indefensos. No es precisamente querible. Por ello, los guionistas se empeñaron en mostrarnos que ella actuaba de la forma en que lo hacía por diversas razones: un papá negligente cuyo único interés era hacer dinero con su "Emporio de localizadores de Bob"; su mamá alcohólica, que pasaba la mayor parte del tiempo dormida o distraída; y una hermana perfecta a la manera de perfección gringa, es decir: buena estudiante, ganadora de concursos, rubia, multitalentosa. Olga platica sobre sus interesantes experiencias en países de tercer mundo, mientras Helga sueña con que le suceda alguna desgracia. Olga prepara un soufflé y toca Beethoven mientras Helga le reclama a su mamá por haberle puesto crema para rasurar en su lonchera y no Cheez Wiz con galletas, lo que constituye el lunch más triste de la historia. 

 

Además, Helga no es guapa como Rhonda, Ruth, Lila ni tiene un aspecto dócil o inofensivo, su uniceja la vuelve un ser desagradable para los otros niños. Harold se lo recuerda constantemente: "Miren quién llegó, es Helga Pataki y su grande y asquerosa, peluda ceja de oruga". El mundo era hostil con ella y ella decidió ser hostil de vuelta. Su único refugio es Arnold y el amor obsesivo que siente por él. Todas sus energías se concentran en escribirle poesía secreta, espiarlo y construir un altar secreto en su cuarto a base de chicles usados, cerilla y pedazos de pelo. Siempre trae consigo un collar en forma de corazón con la foto de Arnold y besa el marco cada que tiene la oportunidad. En "Helga en el Diván" se revela que su infatuación por Arnold tiene un origen muy triste, él fue la única persona amable con ella cuando todo el mundo la trataba mal. Le ofreció su amistad y un paraguas cuando estaba lloviendo. Quizá fue un gesto menor, pero cambió su mundo. Desde ese entonces, ella entiende que su misión es protegerlo también, a la distancia y siempre en secreto, pero lo vuelve su máxima obligación. 

En "La Navidad de Arnold" (temporada 1, capítulo 11) se organiza un intercambio entre los habitantes de la casa de huéspedes, Arnold debe darle un regalo al Señor Hyunh, un vecino de origen vietnamita. En el episodio se revela que perdió a su hija durante la guerra, a quien logró sacar del país con ayuda de un soldado. Él logró huir algunos años después pero no pudo localizarla cuando llegó a Estados Unidos. Arnold cree que el mejor regalo posible sería encontrar a la hija del Señor Hyunh, así que llama a distintas oficinas de gobierno con la esperanza de hallar algún registro sobre ella. 

Mientras tanto, Helga se quiebra la cabeza pensando qué podría darle a Arnold (en secreto, claro) y recorre cada tienda buscando el regalo perfecto. Arnold y Gerald llegan al edificio de información y se encuentran con que la mayoría de los burócratas están por salir de vacaciones, y no tienen el menor interés en ayudarles. El único hombre que aún está trabajando, les dice que todavía le falta comprar los regalos de su familia y que no tiene tiempo de hacerles ese favor. Así que Gerald y Arnold se ofrecen a comprar las cosas mientras él termina sus pendientes y busca a la hija del Señor Hyunh en el registro de personas. Consiguen todo lo que viene en la lista del señor oficinista, menos las exclusivas botas de Nancy Spumoni, agotadas en toda la ciudad. El señor se molesta y les dice que el trato era que consiguieran todo lo de la lista, así que no va a ayudarlos. 

Helga espía desde un árbol todo lo sucedido y cuando llega a su casa recibe las botas que Arnold necesitaba. Se debate entre quedárselas o entregarlas al funcionario para que ayude a su amor. Elige lo último. Para convencer al señor da un pequeño discurso: 

¿No lo ve? La Navidad no es sobre las botas, ni sobre regalos caros y brillantes, tampoco es sobre conseguir algo antes que los demás. Es sobre demostrarles a las personas que de verdad te importan. Y lo más importante, es sobre un niño cabeza de balón de buen corazón pero sin ningún sentido de la realidad cuya visión del mundo cuelga de un hilo.

 

 Tal vez era una serie para niños y ya se hacen demasiados análisis sobre caricaturas y programas intrascendentes, pero a mí me parece una de las reflexiones más lindas sobre lo que significa amar a alguien: proteger su realidad para dejar vivir cualquier ilusión que pueda albergar, contra toda esperanza.

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