Reseñas
Por Mónica Martínez y
Pablo Andrade

8 de noviembre de 2018

Halloween

Notas desde diferentes asientos

Mónica Martínez y Pablo Andrade comparten para CINEMATÓGRAFO dos reflexiones sobre la última entrega de Halloween (2018) de David Gordon Green. La cinta, protagonizada por Jamie Lee Curtis, es una secuela directa del clásico de John Carpenter de 1978. 

In this town, Michael Myers is a myth. He's the Boogeyman. A ghost story to scare kids... An evil like his never stops, it just grows older. Darker. More determined... and now he's back to finish what he started...

Laurie Strode

I. la secuela inacabable

por Mónica Martínez

Hay dos temas en boga en la industria cinematográfica estadunidense que convergen —lo adelanto, de manera forzada— en la última entrega de Halloween (David Gordon Green, 2018). Por un lado, el interés, tanto del público como de los críticos, en películas de terror/horror y, por otro lado, la socialización del empoderamiento femenino que subyace en el movimiento #MeToo. Hace 40 años, cuando la primera película de la saga llegaba a las salas de cine, el género slasher estaba en apogeo; y John Carpenter (quien escribió, dirigió y compuso la música original en 1978) logró asustar al público al presentarnos al Mal encarnado, un psicópata que disfrutaba de asesinar violentamente —desde niño— a sus víctimas sin ninguna razón aparente. Excepto que, en realidad, lo que Michael Myers hacía era ensañarse con una construcción social muy específica de mujeres jóvenes —niñeras suburbanas, indefensas, sexualmente activas, predispuestas a morir salvajemente; diferentes a la sobreviviente; una joven virginal, recatada, que no ostentaba su feminidad.  

 

En 1978, Carpenter logró establecer un canon exitoso que, no obstante, se abarató con la serie de secuelas surgidas de la marca Halloween entre 1981 y 2009. Por esta razón es que, entre los fans del género, la entrega para 2018 era prometedora: habría de reunir a Myers con Laurie Strode (la única adolescente que logró sobrevivir aquella fatídica noche de Halloween en 1978, interpretada por Jamie Lee Curtis, la actriz original) y tendría la participación de Carpenter, a la vez que descontaría todas las secuelas de la franquicia para retomar la relación entre protagonista y antagonista.

La nueva entrega daría oportunidad a Laurie de verse como una mujer capaz de enfrentarse al Mal, y había que sentir que esto era parte natural del feminismo (mercantilizado) porque las mujeres veríamos a otra mujer —sobreviviente a la peor forma de violencia— encarar el miedo y, al mismo tiempo, procesar su trauma y proteger a los suyos sin ayuda de ningún hombre. La premisa no desencantaba, aunque no ocultaba un tratamiento superficial del tema y quizá anticipaba el fracaso en su intento de condensar en el personaje de Laurie Strode (como madre y abuela) a toda mujer que ha sobrevivido una agresión

 

Si el anquilosamiento del trauma femenino causado por la violencia hubiera sido el núcleo de la película, quizá hubiera podido ser un producto que reflejara la riqueza y multiplicidad de conversaciones actuales. Sin embargo, los guionistas optaron por un pastiche de historias y personajes malogrados, que no satisfizo las expectativas de audiencias y críticos, aunque sí logró el éxito comercial esperado. Desfilan ante nosotros —es slasher— múltiples personajes de relleno que no se entienden así, sino que se muestran como personajes que restan matiz a los protagonistas (podcasteros británicos, policías locales inútiles, psiquiatras asesinos, niñeras, desde luego). Cuando nos reencontramos con Laurie, dañada por su trauma —alcohólica, ermitaña y aislada por su propia hija, interpretada por Judy Greer con una pobreza dramática monumental—, sólo entendemos que encuentra en la segunda enmienda la mejor estrategia de autodefensa.

 

Salpicada de personajes masculinos mediocres (con tendencias tan violentas como sutiles que palidecen ante la amenaza asesina de Myers, pero que están presentes en la cotidianidad de Allyson, la nieta de Strode) que (feministamente) no son responsables de la salvaguarda de las mujeres en la película y de intentos de comedia francamente lamentables y racistas —los únicos personajes afroamericanos son construcciones bufonizadas, aparentemente colocados para aminorar el susto en la audiencia. Pero no. Halloween en 2018 no es una historia bien hecha de resiliencia femenina —mucho menos feminista— ni alcanza para imbuir terror como lo hizo la original. Eso no le quita a Green envanecerse con su producto, y, para mí, vuelve la película todavía más chocante de lo que ya es. 

II. una secuela más del clásico de carpenter

por Pablo Andrade

Hace muchos años vi una película de terror llamada Halloween (1978) dirigida por el cineasta de culto John Carpenter. Aunque me gustó mucho, debo confesar que ya ha pasado bastante tiempo desde el último visionado y por alguna razón nunca vi ninguna de sus secuelas —que son muchas— salvo un remake bastante desafortunado dirigido por Rob Zombie en el año 2007. Pero si algo recuerdo de la cinta original es al famoso Michael Myers; un psicópata asesino del cual se sabe muy poco, por no decir que absolutamente nada, y que mata gente sin motivación aparente. Para mí, ese siempre fue el elemento más interesante del filme de Carpenter: el hecho de que Myers sea una especie de encarnación de la maldad pura, una suerte de agente maligno imparable cuyo único propósito y vocación es destruir la vida que lo rodea. Su icónica máscara, blanca e inexpresiva, resalta mucho más esta idea de que se trata en realidad de un “no personaje”, un símbolo aglutinante de las cosas malas que le ocurren a la gente en el mundo.

 

Al final de aquella cinta, Michael Myers se enfrenta a la que sería la única sobreviviente de su ejercicio de sadismo y crueldad en un pequeño pueblo estadunidense durante la noche de Halloween: una adolescente llamada Laurie Strode, interpretada por una jovencísima Jamie Lee Curtis. Estoy al tanto de que en las secuelas se explica que la obsesión de Myers con Laurie deriva del hecho de que son hermanos y ese hecho fue el motor para que la saga continuara por muchos años hasta que acabó por desgastarse. Para mí, que nunca vi las secuelas, el anuncio de una nueva película de Halloween que no contemplaba ninguna de las otras películas y que se asumía como una continuación directa de lo original, representó la oportunidad para ver qué pasaba después de los hechos de la primera parte sin tantas complicaciones. Además, me gustan las secuelas que son espaciadas por largos periodos de tiempo, que utilizan a los mismos actores y personajes, porque el paso de los años siempre es interesante de ver en pantalla grande.  

 

Así, pues, fui al cine a ver Halloween (David Gordon Green, 2018) —extraña idea que la secuela se llame exactamente igual que la original— porque es bueno para el alma ir al cine a sentir miedo de cuando en cuando y porque la película había recibido algunas buenas críticas; y, sobre todo, porque el personaje de Laurie Strode, interpretada nuevamente por Jamie Lee Curtis, se dejaba ver en los trailers como una mujer de acción, una heroína de armas tomar, que había estado preparándose durante cuatro décadas para enfrentar a Michael Myers en un combate frontal, cuerpo a cuerpo, para matar de una vez por todas a la mismísima encarnación del mal.

 

Al final, la película me dejó ver eso que quería: el choque de dos trenes que habían esperado cuarenta años para volverse a enfrentar. Esa parte la disfruté enormemente, porque ya no vemos a una Laurie Strode indefensa, sino a un personaje entrañable —que me recuerda al Rick Deckard de Harrison Ford en Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve, 2017)— que le da batalla a Myers en todos los niveles y que se opone a la figura del asesino como un rival igualmente poderoso. Eso hace que la batalla final entre ambos personajes sea equitativa y enormemente entretenida.

 

Alrededor de este desarrollo del personaje de Laurie Strode se tejen algunas ideas interesantes, como las consecuencias emocionales que pueden aparecer a largo plazo en las personas que tienen encuentros violentos con asesinos psicópatas. También me gustó la trama familiar de Laurie, que ahora es madre y abuela de dos mujeres, quienes crecieron sin comprender del todo la personalidad de su predecesora y sus largos sermones sobre estar preparadas para sobrevivir en un mundo lleno de horrores que siempre vuelven.

De lo anterior, podemos extraer una reflexión interesante: si Michel Myers representa a la maldad inherente a este mundo, insondable e inexplicable para nuestro entendimiento, en la nueva película se hace patente que estamos ante una metáfora de la maldad y violencia que lamentablemente atormenta continuamente a las mujeres en el mundo contemporáneo. 

 

Sin embargo, a pesar de contar con elementos interesantes, la nueva Halloween falla rotundamente en el desarrollo de sus personajes secundarios a quienes priva de coherencia; además ocupan demasiado tiempo en pantalla. La película parece querer ser, durante un buen tramo, una típica cinta del género slasher con un montón de personajes adolescentes que mueren masacrados por el psicópata en turno. El problema de estos personajes es que no tienen importancia en la trama, están mal actuados y son casi todos caricaturas y estereotipos, cosa que resulta chocante en una película que intentaba precisamente romper con los esquemas en cuanto a sus personajes se refiere. Lo anterior, sin duda, demerita el resultado final y arruina sobremanera una continuación que contaba con los componentes para ser una buena película de terror y una digna sucesora del clásico original de Carpenter. 

 

Con todo, Halloween, la continuación, es divertida y su tramo final, la susodicha batalla entre Michael Myers y Laurie Strode, vale mucho la pena. Mención especial merece la brillante actuación de una Jamie Lee Curtis que nunca decepciona y la musicalización que hizo para esta película el mismísimo John Carpenter. Por encima de todo, es una oportunidad de volvernos a asustar en el cine y de ver nuevamente la cinta original de Carpenter. Nos vemos hasta el próximo susto. 

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