Reseña
Galveston
por Pablo Andrade

25 de marzo de 2019

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El cine negro está viviendo una etapa saludable de la mano de talentosas cineastas. En 2017 vimos You Were Never Really Here de Lynne Ramsay con un espectacular Joaquin Phoenix en el papel protagónico; a principios de este año llegó la durísima Destroyer (2018) de Karyn Kusama, protagonizada por Nicole Kidman, y ahora tenemos Galveston (2019) dirigida con maestría por la actriz francesa Mélanie Laurent.

En esta ocasión, Laurent sorprende con su cuarto largometraje como realizadora, un thriller sórdido y oscuro que se centra en la extraña relación de sus dos personajes principales. Tenemos a Roy (Ben Foster) un sicario que es enviado por su jefe a una extraña misión que en realidad se trata de una trampa para eliminarlo. Roy descubre el engaño y logra huir después de un sangriento intercambio de tiros. En medio de la matanza, el protagonista libera a una joven prostituta llamada Rocky (Elle Fanning) que se encontraba captiva en el lugar y que lo acompañará en su escape de las vengativas manos de su ex patrón. A partir de ahí, la cinta adquiere un cariz similar al de una road movie en la cual la pareja protagonista se escabulle por tristes y desolados parajes sureños hasta llegar al poblado texano de Galveston. Ahí, intentarán tomar un respiro de la persecución de la cual son objeto al mismo tiempo que lidiarán con fantasmas del pasado.

 

Entre Roy y Rocky surge una relación que al principio se basa en su condición compartida de prófugos; sin embargo, paulatinamente se va convirtiendo en una especie de velado romance en el que no hay contacto físico, pero sí cierta dosis de tensión sexual y, sobre todo, una necesidad de comprensión mutua. Ambos personajes tienen vidas fracturadas y cargan con importantes heridas. Por un lado, Rocky es apenas una muchacha de 19 años que ha sido abusada sexual y emocionalmente por varios hombres a lo largo de su vida. De hecho, es madre una pequeña niña de tres años fruto de una violación perpetrada por su propio padre. Así, la cinta también se convierte en un triste retrato de lo que significa pasar de niña a mujer en un entorno de extrema violencia machista. Sin duda, Rocky es el centro emotivo del filme y la brillante interpretación de Elle Fanning comunica de manera sensible los pormenores de una joven mujer que tiene encontrar su lugar en un mundo cruel, injusto, abusivo y opresor.

 

Por otro lado, Ben Foster le da a su interpretación de Roy una profundidad que eleva a su personaje durante todo el metraje. Foster se aleja poco a poco de la dureza impenetrable que domina al personaje al principio, dotándolo de la suficiente emotividad para que el público empatice con él sin que esto le impida cometer actos brutales y violentos. Roy es un matón alcohólico y enfermo de un mal crónico en los pulmones, que siente que su vida ha terminado, ya sea por la enfermedad o por la inminente venganza de sus perseguidores. Sin embargo, antes de que el fin llegue, intentará hacer las paces con su pasado y luchará por rescatar a Rocky, de quien se ha enamorado, y a su pequeña hija de las garras de un futuro desolador. 

 

Así, Galveston es un fresco de las vidas perdidas por el crimen y la pobreza en el sur estadunidense. En la mejor tradición noir, el filme es un contra relato del sueño americano; uno plagado de personajes rotos, paisajes extremadamente industriales y contaminados y personas que han perdido la esperanza de que la vida puede ser mejor. 

Como suele pasar en el cine negro, la forma es tan importante como el fondo, y ahí también destaca la imponente dirección de Laurent. Toda la acción sucede envuelta en una extraña oscuridad que dificulta ver el rosto de los personajes que rodean a Roy y Rocky, sobre todo aquellos que intentan lastimarlos. El efecto es interesante: los personajes antagonistas son presentados como sombras o siluetas, que se funden con el entorno asfixiante y amenazador que rodea a Roy y Rocky durante toda la película, acentuando un sentimiento de angustia y desesperanza.

Hacia el final, la cinta da un extraño giro de tuerca que puede no gustarle a todos, pero que resulta trascendental para acentuar otra de las temáticas principales del cine negro: el pasado y sus implicaciones con el presente. Este recurso permite que el final de la película adquiera un cariz introspectivo que sacudirá a más de uno en la sala de cine. Por otro lado, también hace posible que el filme cierre con una nota, si no feliz, por lo menos nostálgica que nos recuerda que en medio del caos siempre hay esperanza y que la luz puede brotar desde las entrañas de la oscuridad.