Ensayo
Carlos Fuentes y el cine

18 de mayo de 2017

por Joaquín Balancán Aguirre

El pasado 15 de mayo se cumplieron cinco años de la muerte de Carlos Fuentes, uno de los escritores mexicanos más importantes e influyentes del siglo pasado no sólo por la extensión y vastedad de su obra —que incluye novela, ensayo, cuento y teatro—, sino también por sus posiciones críticas sobre la política, la cultura mexicanas y, por supuesto, el cine.

 

Y es que Carlos Fuentes también fue un cinéfilo empedernido que incluso llegó a afirmar —en su libro Pantallas de plata (Alfaguara, 2014)— que su vida pudo haber iniciado en una sala de cine en Panamá donde se encontraba tranquilamente su madre horas antes de dar a luz. En el mismo texto, el escritor confiesa que el amor al cine se lo inculcó su padre —quien llevaba un registro de las películas que veía— y que, además, ganó su primer sueldo contestando cuestionarios sobre películas fuera de una sala de cine en 1938.

Asimismo, también resulta entreñable que su amistad con otros grandes escritores como Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez, empezara gracias al cine. En el caso Vargas Llosa, el nobel peruano ha referido que se conocieron en una fiesta en la Ciudad de México en la cual Carlos Fuentes actuaba los diálogos de sus películas favoritas. Por su parte, la amistad con el escritor colombiano se inició cuando ambos incursionaron en la hechura del guion de El gallo de oro (Roberto Gavaldón, 1964) película basada en el cuento homónimo de Juan Rulfo.

 

Otra amistad entrañable, donde el cine vuelve a ser el común denominador, es la que tuvo con Luis Buñuel. Su admiración por el director español quedó plasmada en sendos ensayos donde analiza tanto el proceso creativo de Bueñuel, así como el resultado final en la gran pantalla. Por otro lado, Fuentes pudo ver algunos de sus relatos cortos transformados en argumentos para varios materiales fílmicos como: Un alma pura (Juan Ibáñez, 1965), que es el relato de un relación incestuosa en el interior en una familia que vive de apariencias; Las dos Elenas (José Luis Ibáñez, 1965), la historia de un joven matrimonio que busca librarse del yugo materno; Las diabólicas del amor (Damiano Damiani,1966), una adaptación italiana de “Aura” en la que la vieja casona del Centro Histórico se convierte en un castillo; Muñeca reina (Sergio Olhovic,1972) adaptación del espléndido cuento homónimo; y Vieja moralidad (Orlando Merino, 1988) una cinta que retoma el argumento del relato Un alma pura.

También varías de sus novelas se adaptaron al cine, como es el caso de La cabeza de hidra que dio pie a la cinta Complot petróleo: la cabeza de la hidra (Paul Leduc, 1981) y Gringo viejo (Luis Puenzo, 1989), adaptación de la novela del mismo nombre.

Fuentes también trabajó en la adaptación y elaboración de guiones cinematográficos originales; por ejemplo, en la ya mencionada El gallo de oro y en No oyes ladrar a los perros (1975), ambas basadas en textos de Rulfo; también co-adaptó Pedro Páramo (Carlos Velo, 1988) en colaboran directa con Rulfo; de igual manera, colaboró en Las cautivas (José Luis Ibáñez, 1973), una cinta de suspenso que reivindica el papel del trabajo doméstico; asimismo co-escribió junto con García Márquez el guion de Tiempo de morir (Arturo Ripstein, 1966).

Mención aparte merece el guión que realizó para la cinta Los caifanes (Juan Ibañez, 1967), un filme icónico del cine mexicano donde impera la reproducción del habla y costumbres populares de los barrios urbanos marginales de la Ciudad de México. No sobra decir que este guión, de acuerdo a algunos críticos, es la mejor aportación que realizó Fuentes al cine nacional.

Sin embargo, a pesar de esta abundante participación en la producción cinematográfica de más de una decena de cintas, Fuentes declaró que no le interesaba el cine como medio de expresión: “[m]i universo es verbal. Yo concibo la realidad a través de las palabras, no a través de la visión, y esto es lo más anti-cine desde luego”. Asimismo, también declaró: “[c]uando he escrito para el cine, tengo una carga literaria excesiva; no tengo el fluir del cine. Lo amo mucho, me gusta mucho, yo creo que soy un buen espectador de cine, nada más”. De esta forma, como cinéfilo, dejó huella de sus gustos en su lista de las diez mejores películas en la historia del cine: La edad de oro (Luis Buñuel, 1930), Viridiana (Luis Buñuel, 1961), Citizen Kane (Orson Welles, 1941), Touch of Evil (Orson Welles, 1958), El halcón maltés (John Houston, 1941), Gritos y susurros (Ingmar Bergman, 1972), Greed (Erich Von Stroheim, 1924), Scarface (Howard Hawks, 1932), Steamboat Bill Jr. (Buster Keaton, 1928) y Monkey Business (Howard Hawks, 1952).

En cuanto al cine mexicano, Fuentes declaró que sus películas favoritas fueron: La sombra del caudillo (Julio Bracho, 1960), El compadre Mendoza (Fernando de Fuentes, 1933), Vámonos con Pancho Villa (Fernando de Fuentes, 1935), Santa (Norman Foster, 1943), Flor silvestre (Emilio Fernández, 1943), Nosotros los pobres (Ismael Rodríguez, 1948), y Campeón sin corona (Alejandro Galindo, 1946). Un testimonio más de esta pasión, fue la preparación durante mucho tiempo de su libro Pantallas de Plata —publicado hasta 2014— y en el cual Fuentes profundizó sobre sus directores, actrices y películas favoritas, además de aportar un panorama general del cine mexicano desde su época de oro hasta la época contemporánea donde cifra las esperanzas del resurgimiento del cine nacional en el trabajo de directores como Guillermo del Toro y Alejandro González Iñárritu, por mencionar algunos.

Tampoco sobra señalar que en este 2017 se cumplen cuarenta años de la participación de Carlos Fuentes como jurado en el Festival de Cannes de 1977. En esa edición trabajó junto al gran cineasta Roberto Rossellini, quien fue presidente del jurado, y premiaron a la cinta Padre Padrone (Paolo y Vittorio Taviani, 1977) con la Palma de Oro. Como anécdota, en aquella oportunidad, Carlos Fuentes defendió que el premio a la Mejor Opera Prima fuera para Los Duelistas (1977) de Ridley Scott, en aquel entonces un desconocido cineasta. Al final este premio fue entregado de manera unánime.

Finalmente, podemos decir que fue en sus novelas donde Fuentes se reservó para sí el rol de director de cine. Como Mito, el personaje central de Zona Sagrada, Fuentes fue capaz de decir : “[y]o soy el narrador, yo tengo el poder de vida y de muerte sobre este cuento. Me niego a continuar. Prohíbo que se siga leyendo. Igual que en la pantalla, aquí se inscribe la palabra Fin”. 

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