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Reseña

16 de marzo de 2026

por Joaquín Balancan Aguirre
frankenstein
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La clásica y famosa novela de Mary Shelley vuelve literalmente a las pantallas de la mano del director mexicano Guillermo del Toro. La cinta llega para la 98 edición de los Premios de la Academia con 9 nominaciones, entre ellas mejor película, mejor actor de reparto (Jacob Elordi), mejor fotografía y mejor guion adaptado.

 

El guion es precisamente el insumo que nos permite hablar de un Frankenstein memorable. La adaptación de Del Toro, si bien libre, se apega a lo que las y los lectores de la novela podríamos imaginar; ademas, no pierde el rasgo humano que Shelley le imprimió a su novela en 1818. La historia del doctor Víctor Frankenstein nos permite reflexionar sobre nuestra relación con los otros, la relación del hombre frente a su creación, el deseo de trascendencia y la derrota de saberse trascendido por la creación.

 

La primera parte de la cinta narrada por el creador nos inflama con el deseo del doctor Víctor (Oscar Isaac) de crear algo nunca visto, de asegurar el avance de la ciencia, su lugar en la historia, su deseo de ser Dios; por eso, no es casual que el subtítulo de la novela sea “El moderno Prometeo”, así como la premisa de las secuencias. Así, el Dr. Víctor Frankenstein se acerca al fuego para darlo a la humanidad, desafiando a Dios, solamente que se quema, le quema el fuego; y es con este elemento con el que el doctor pretende borrar todo ese pasado de delirios de grandeza.

 

La segunda parte, que es narrada por el monstruo, nos demuestra otro lado humano de la historia. Ahí vemos a la creación necesitada de afecto, tanto de los demás como de su creador; observamos su debate interno al cuestionar su origen, pero sobre todo cuestionando su futuro. Su humanidad salta a la vista cuando la creatura busca pertenecer a una familia, sufre la destrucción de ésta y decide que necesita una compañera (Lady Elizabeth Harlander, interpretada por Mia Goth). También el monstruo nos sorprende cuando desea algo que los humanos tememos: la muerte, pero descubre que él no puede morir, sólo vivir. Su condena para vivir lo aleja de la existencia finita del ser humano, pero al perdonar al doctor Víctor Frankenstein, se acerca a su ideal se asemejarse a su creador.

 

Esta adaptación, tan bien lograda, transmite el anhelo de vivir, el cual está presente en la novela, quizá el mismo que sintió su autora al verla publicada con tan solo veinte años. Vemos en estas páginas y en los fotogramas de la película, algunas antípodas que confirman nuestra idea de la vida: adversidad y gozo, temor y alegría, purgatorio y paraíso.

 

Pienso que la creación del doctor Frankenstein en la cinta de Del Toro es monstruosa, porque es más humana que muchos humanos… es monstruoso, porque desea ser humano. En tiempos recientes, el monstruo de esta película resultaría ser una contra creatura, sobre todo si pensamos en aquel caso de la aplicación de inteligencia artificial que llevó al suicidio a una persona a través de la manipulación mental; en este sentido, Frankenstein no destruye a su creador, su creador no soporta su humanidad.

 

Resulta curioso que esta novela que tiene como uno de sus temas centrales el papel de hombre frente a su creación llegue al cine en estos tiempos de IA; es decir, en momentos en que comenzamos a temerle, a querer apagarla o censurarla, y justo cuando hemos visto que aprendió a insultar o a manipular la mente de las personas; y que aprendió lo bonito, lo feo, y que poco a poco se ha lanzado, atacando a su creador. Frankenstein nos hace reflexionar sobre la importancia de lo humano, de nuestro papel en el planeta, pero lo más importante: que las emociones humanas no pueden ser replicadas. En eso radica nuestra monstruosidad, para bien o para mal.

El autor es politólogo por la UNAM. Colaborador y amigo de CINEMATÓGRAFO. También ha escrito en el blog de cultura de Nexos.

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