Recomendación
El príncipe y la corista 

Año: 1957

Dirección: Laurence Olivier

Guión: Terence Rattiganl

Fotografía: Darius Khondji

Elenco: Marilyn Monroe, Laurence Olivier, Richar Wattis y David Horne 

​Música: Richard Addinsell 

5 de octubre de 2017

Un recuerdo de Marilyn Monroe

Marilyn Monroe sigue siendo una de las actrices más famosas de la industria cinematográfica mundial, no solo por la iconografía que existe a sobre ella, sino también por lo deslumbrante de su belleza y el halo de misterio en torno a su desaparición física.

Marilyn grabó treinta películas durante su carrera que inició en 1947 con la cinta Dangerous days (Arthur Pierson) y culminó de manera abrupta en 1962 cuando se encontraba rodando Something's Got to Give (George Cukor), cinta de la que sólo se pudo rescatar media hora, debido a los constantes retrasos en la grabación provocados por la indisciplina de la actriz y el uso excesivo de medicamentos.

Una cinta que condensa muchas de las cualidades histriónicas de Marilyn —y a su vez evidencia los problemas personales que atravesaba— es El príncipe y la corista de Laurence Olivier (The Prince and the Showgirl de 1957), basada en la comedia homónima del dramaturgo británico Terence Rettingan.

A pesar de algunas carencias actorales, esta es una cinta luminosa para Marilyn al mostrarla sabedora de los gestos y miradas que hipnotizaban al público, dueña del tono de voz ideal que podía cautivar lo mismo a jóvenes que a hombres maduros (o señoras mayores), tal como ocurre en este largometraje.

 

No sobra señalar que la cinta fue la única que produjo Marilyn Monroe Productions Inc., casa productora propiedad de la actriz y que representaba para ella un sueño hecho realidad y un verdadero alivio, pues pese a todo también son bien conocidos los malos tratos que recibió por parte de la productora Fox y de algunos directores. Así, su productora le permitía tener libertad sobre las historias que podía protagonizar, los actores que le acompañarían y los directores que trabajarían con ella. 

 

De esta forma, en 1956 Marilyn viajó a Londres, para reunirse con Terence Rattigan y el prestigioso actor shakesperiano Laurence Olivier que sería además el director de la cinta, para iniciar el rodaje en los Estudios Pinewood. El príncipe y la corista está ambientada a principios del siglo XX y trata la historia de Elsie Marina, una actriz y cantante estadounidense que conoce al Príncipe Regente Carlos durante la función de honor que se le concede por su llegada a Londres para la coronación de Jorge V.

El Príncipe, deslumbrado por la belleza de la actriz, decide invitarla a cenar a la Embajada de Carpathia, el país de donde proviene, y gracias a ese encuentro se dan diversos enredos que hacen que Elsie permanezca durante toda la estadía de la Familia real en la capital británica y les acompañe a los actos protocolarios de la coronación. Durante estas situaciones, ambos personajes se enamoran, lo que provoca que el Príncipe mejore la relación con su hijo y de paso permita la celebración de elecciones libres (esto último por el consejo de Elsie, proveniente de un “país democrático”). Así, la cinta nos permite inferir que el Príncipe y Elsie seguirán viéndose y que a pesar de las diferencias de carácter ambos cederán con tal de estar juntos.

 

Esta película representó una de las actuaciones más convincentes de Monroe, además al ser la productora, pudo integrar a la trama muchas de las inquietudes y experiencias que había tenido como actriz; por ejemplo, la escena de la velada en la Embajada cuando le espeta a un diplomático británico el tratarla como un objeto desechable a disposición del Regente y más adelante volvérselo a reclamar al Príncipe. Cabe destacar que la cinta les valió a sus actores protagonistas nominaciones a premiaciones de las academias de cine de Italia y Reino Unido: a Marilyn la del premio David di Donatello como mejor actriz, así como el BAFTA como mejor actriz extranjera; y a Olivier, la nominación al Premio BAFTA como mejor actor británico. 

Por último, la cinta nos muestra a Marilyn Monroe en estado de gracia, realizando un proyecto que anhelaba, aunque también están presentes los efectos devastadores que su inestabilidad emocional y el consumo de medicamentos tendrían en su vida. Al respecto conviene citar una de sus anotaciones para imaginar la tormenta interna que consumía a Marilyn. Hacia 1960 escribió: “[¿de] qué tengo miedo?, ¿De no poder actuar? ¿O es miedo de actuar? Sé que puedo actuar, pero tengo miedo. Sé que no debería estar asustada. Pero no estar asustada sería como no estar de ninguna manera” (Schneider, 2012: 83).

 

Probablemente nunca sabremos que sentía Marilyn al estar o no frente a las cámaras, lo que sí sabemos es que su estrella sigue brillando en el firmamento cinematográfico y en las pantallas, fotografías y muestras plásticas, donde su imagen se encuentra.

REFERENCIAS

Michael Schneider, Últimas sesiones con Marilyn, México, Alfaguara, 2012.

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