Ensayo
Elogio de la nostalgia:
¡Spoiler alert para nacidos en los ochenta!
por Danner González

20 de abril de 2017

I.

Estamos hechos de nostalgias. Uno sabe que la cosa se ha jodido cuando en una reunión entre amigos comienza la sesión de añoranzas. Te acuerdas de que… La  nostalgia es la sustancia que nutre la pendiente de nuestros ciclos vitales. Los viejos miran fotos de sus juventudes; hurgan en el cajoncito de sus soledades algún recuerdo que les sirva de asidero, que les haga el mundo que les tocó, un poco más tolerable. Uno se va haciendo mayor a base de nostalgias livianas. Te acuerdas de que… Así, hasta el día en que descubres que harán la película de los Power Rangers (Dean Israelite, 2017) que pasaban en la tele cuando eras niño y que esos monos infames –seguramente igual o peor de infames ahora como entonces– no le dicen nada a tus hijas. O que veinte años después –porque para acentuar la nostalgia, así lo anuncia el tráiler– llega a las pantallas la secuela de Trainspotting (Danny Boyle, 1996), cuya primera parte viste cuando ya eras joven. Entonces no habías leído a Irvine Welsh, y ahora tampoco, pero en cambio ahora sí has leído a Pedro Juan Gutiérrez y sabes con él que es imposible desprenderse de las nostalgias porque es imposible desprenderse de lo que se ha amado. Ves Trainspotting 2 (Danny Boyle, 2017) y la cinta es algo así como esa siempre postergada reunión de tu generación a la que nadie quiere asistir por temor a verse en el espejo revelador, fracasado y roto de los otros. En tu mente Josemilio Pe pregunta: ¿Ya somos todo aquello contra lo que luchamos a los veinte años?

 

II.

La industria cinematográfica sabe que estamos hechos de nostalgias, y sabe también que estos tiempos en que vivimos son tan desesperanzadores que nos vendrá bien una sesión de añoranzas. Así te caen de golpe veinte años con La bella y la bestia (Bill Condon, 2017), King Kong en La isla calavera (Jordan Vogt-Roberts, 2017), más la segunda parte de Blade Runner en camino. Así te levantas un día y Logan (James Mangold, 2017) es un hombre envejecido y no el poderoso superhéroe de nuestra temprana juventud, capaz de regenerar rápidamente las células dañadas de su cuerpo. Logan también se ha unido al selecto club del “esto a mí antes no me pasaba”. Logan es Legión. Mark Renton ya no corre frenético por las calles de Edimburgo, sino que colapsa en un gimnasio, igual que tú te esfuerzas para desquitar en una caminadora esa membresía que usas dos veces por semana y de la que todos los meses te preguntas si valdrá la pena seguir pagando. En resumen, ir por estos días al cine implica para quienes nacimos en los ochenta preguntarte qué pasó, solo para darte cuenta de un golpe que pasó la vida, que la nostalgia se volvió el catalizador que ahora llena las salas cinematográficas.

 

III.

A casi todo el mundo le gustan las nostalgias dulzonas. A todos nos gusta recordar que hace veinte años fuimos jóvenes promesas, pero a nadie le gusta recordar que ya no somos jóvenes ni somos promesas, y por eso es muy probable que los Power Rangers y King Kong sean más taquilleras que Ghost in the Shell, subtitulada Vigilante del futuro en Latinoamérica y El alma de la máquina en España (Rupert Sanders, 2017), lo cual de paso nos da un indicio de las prioridades románticas de nuestras latitudes.

 

Ghost in the Shell nos pinta las nostalgias cruentas, los amores que no fueron, las vidas desesperanzadas, el mundo líquido y frenético, un áspero futuro sin cabida para el corazón ni para desenlaces felices. Qué más da si la protagonista no es japonesa como manda el manga, si tiene la valentía de narrar el desasosiego de estos tiempos en que todos somos exiliados, migrantes, desplazados; todos somos de otra parte, de ningún lugar y de todos a la vez. Malos tiempos para narrar el horror, sin duda. “No es la mentira sino la verdad lo que asesina la esperanza”, escribió Andrzejewski en Las puertas del paraíso. Por eso es que tantos odian la verdad.

 

Pero me desvío un poco. Decía que contra todo vaticinio, Ghost in the Shell es un tratado sobre la persistencia de la memoria contra el tiempo, un filme premonitorio que viene a recordarnos que antes de los casi cyborgs que somos hoy, con casi todos nuestros procesos mecanizados, fuimos una vez seres humanos reunidos en comunidad en la cueva, al calor de una hoguera. La Major está siempre intentando recordar, por encima de los recuerdos inventados que le asignaron. Recordar, no permitir que la frágil memoria líquida nos sea impuesta en los tiempos de la posverdad es una forma de conjurar el olvido, aunque ello implique volver a verdades tan duras como tristes. Es quizá la más horrísona y bella de las nostalgias.

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