Reseña
Alien: Covenant
por Pablo Andrade

 17 de mayo de 2017

Alien: Covenant es la segunda de una serie de precuelas que Ridley Scott ha anunciado para su mítica película Alien (1979), un oscuro cuento de terror gótico —lleno de referencias al psicoanálisis de Freud y de Lacan— que cautivó a las audiencias y que legó a uno de los monstruos cinematográficos más icónicos de todos los tiempos.

 

En esa ocasión, nos cuenta la historia de una nave colonizadora que se dirige a un planeta desconocido, pero que tiene todo lo necesario para albergar vida. En su camino, una señal aparentemente humana, los desvía de su ruta original y los lleva a otro planeta cercano cuyo único habitante es un androide llamado David.

 

Aunque el guion de Alien: Covenant es flojo en muchos pasajes —lo suficiente como para recurrir a clichés y salidas fáciles—; en el fondo, la película es un acercamiento más profundo a los temas que Ridley Scott planteó en Prometeo (2012) y que ya había desarrollado plenamente en su gran obra maestra Blade Runner (1982). Es decir, que el tema central ya no son las famosas criaturas, sino la naturaleza humana y su afán por crear una inteligencia artificia igual o similar a la suya. De hecho, casi podríamos decir que las reflexiones sobre dicho tema, convierten a Covenant en una película más cercana a la cinta protagonizada por Harrison Ford que a la saga de la criatura xenomorfa.

 

Así pues, estamos ante una película que detrás de una capa externa demasiado convencional, esconde significados mucho más profundos y un núcleo temático complejo. En honor a la verdad, hay que decir que esto ha decepcionado a los fans que esperaban ver una película más cercana a Aliens (James Cameron, 1986), por su tratamiento de la acción, o incluso a la película original de los setentas, que se mueve más en el terreno del terror y que sigue siendo la mejor de la saga.

 

Asimismo, también es cierto que Scott ha dejado relegada a "la criatura" y a la tradicional heroína —en este caso la Capitana Daniels (Katherine Waterson)— y en el centro ha colocado a la figura del androide David, a quien conocimos en Prometeo, y que se ha convertido en un desarrollador genético de letales formas de vida.

 

En ese sentido, es importante señalar que en el cine de ciencia ficción de Ridley Scott, el androide es presentado como un ser artificial que ha empezado a desarrollar consciencia e identidad humanas y que el descubrimiento de dicha condición provoca en estos seres reacciones que van desde la melancolía filosófica hasta un claro impulso parricida y destructor.

 

De esta manera, el hilo conductor de la película se encuentra en las conversaciones que sostienen David y otro androide llamado Walter —ambos interpretados por Michael Fassbender— sobre la finitud de la naturaleza humana, así como de su inherente capacidad creativa, cualidad que David parece envidiar genuinamente.

 

En ese sentido, destaca la escena inicial del filme, en la cual podemos ver a David momentos después de haber sido creado por Peter Weyland (Guy Pearce) y en la cual éste se presenta como su padre. En el desarrollo de su conversación, David deja entrever cierta decepción al enterarse de la naturaleza mortal de su creador, hecho que lo deja en una suerte de orfandad espiritual. Esta insatisfacción con el padre, será el detonante para que David busque concretar al parricidio que no se detiene con la muerte de Weyland, sino que el deseo de extermino de David se hace extensivo a toda la especie humana.

 

En cuanto al apartado visual, destaca la siempre portentosa puesta en escena de Scott que se ha distinguido por elevar la experiencia sensorial de los espectadores apoyado en una fotografía impecable y un diseño de producción entrañable.

 

En conclusión, Alien: Covenant es una más que digna aportación a una saga que, hasta antes del regreso de Ridley Scott a la silla de director, se había empantanado en las arenas movedizas del cine de acción hueco. Habrá que esperar un par de años más para la siguiente aventura criptica de la saga del monstruo espacial más terrorífico de todos los tiempos.

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