Reseña
call me by your name
por Jaime Vigna

8 de febrero de 2018

Enamorarse por primera vez nunca es sencillo. Es un proceso intenso, dramático, lleno de riesgos. Las posibilidades de salir lastimado son enormes. A pesar de ello, la inmensa felicidad que nos embriaga en esos efímeros momentos termina convirtiéndose en uno de los recuerdos que más atesoramos en nuestra juventud, adultez y vejez. No es casualidad que existan millones de personas que —a sus 30, 40, 50 o 60 años— siguen buscando, en los breves romances o en las relaciones casuales, esa chispa, esa luz que tan intensamente brilló la primera vez que estuvieron enamorados.

 

Para la gran mayoría de nosotros, este primer enamoramiento vino acompañado de las múltiples transformaciones que experimentamos durante nuestros años de adolescencia. De esta manera, la innovadora experiencia de sentirse física y emocionalmente atraído hacia otra persona estuvo íntimamente vinculada con un proceso de descubrimiento de la sexualidad y de aceptarse y reconocerse a sí mismo como un ser sexual. La novela Call me by your name del italo-estadounidense André Aciman y la película homónima dirigida por el italiano Luca Guadagnino abordan, precisamente, el tema del primer amor y el despertar sexual adolescente. A esta explosiva mezcla, Call me by your name añade un elemento adicional: la complejidad de que este enamoramiento y esta atracción sexual se encuentren dirigidas hacia una persona de tu mismo sexo.

 

La cinta de Guadagnino inicia en el verano de 1983 en una idílica casa de campo en un pueblo sin nombre del norte de Italia. Dicha casa es el refugio de verano de una pequeña familia judía de clase media-alta formada por el joven Elio y sus padres, los señores Samuel y Annella Perlman. El señor Perlman es un profesor de arqueología, un académico de la vieja escuela, apasionado de la lectura y el conocimiento, que aprovecha la paz y la belleza de la campiña italiana para avanzar en sus proyectos de investigación. Su esposa, la señora Perlman, es una brillante y elegante mujer italiana que disfruta a plenitud la belleza de su entorno y comparte con su esposo el amor y la pasión por la cultura, el arte y la música. 

Conocemos a Elio en medio de este idílico paisaje campirano, en una bellísima casa atiborrada de libros, en donde se hablan diferentes idiomas, se escucha música clásica y se conversa con entrañables, aunque fugaces, visitantes. Parte del encanto de esta introducción al mundo de Elio se vincula, precisamente, con la lentitud y la paz que nos transmite el extraordinario guión de James Ivory y la dirección de Guadagnino. Elio, a sus 17 años, se encuentra en paz, en su pequeño e idílico mundo, resguardado por sus amorosos padres, su música y sus libros. Sin embargo, el mundo de Elio se va a transformar con la llegada de uno de los estudiantes de su padre, Oliver, quien vivirá con ellos ese verano para apoyar a su padre con sus proyectos académicos. Oliver es innegablemente atractivo, un seguro estadounidense con porte de estrella de cine que inmediatamente causa sensación entre las jóvenes italianas del pueblo. 

En un inicio, el introspectivo, reflexivo y sensible Elio, parece poco impresionado con el recién llegado visitante. La cinta, en este punto, expone sutilmente las marcadas diferencias entre la forma de ver el mundo entre las sociedades europeas y la estadounidense. A Elio le disgusta abiertamente el poco interés de Oliver por seguir las tradiciones de su hogar (con elementos tan sutiles como el levantarse de la mesa e irse cuando quiere hacerlo) y su carácter abiertamente individualista, en contraste con la dinámica marcadamente grupal de su familia (no solo comen juntos, sino que conversan, leen, toman el sol y ven televisión juntos). La amabilidad y afabilidad de los Pearlman contrasta con la práctica forma de ver el mundo de Oliver, quien parece no darse cuenta de la incomodidad que genera en sus anfitriones sus formas y actitudes.

Cumpliendo su papel como anfitrión y miembro de su familia, y a pesar del rechazo y la incomodidad que le genera la presencia de Oliver, Elio se ofrece a ser su guía para mostrarle el pueblo y sus alrededores. El contacto constante con Oliver comienza a despertar en Elio un creciente interés que, paulatinamente, se va transformando en un profundo enamoramiento. El guión va construyendo de manera magistral este lento y sutil cortejo; después de todo Ivory es un maestro en la creación de entornos eróticos sin contacto físico (como prueba de ello tenemos la cuasi-frustrante The Remains of the Day de 1993). El interés de Elio se vuelve recíproco; Oliver comienza a enamorarse de forma irremediable del hijo de 17 años de su profesor. Hasta este momento, el cortejo entre Elio y Oliver, está plagado de símbolos e interpretaciones. El ir y venir de sentimientos y emociones, los acercamientos y los alejamientos, las desapariciones súbitas de Oliver y la frustración que genera ello en Elio, son claros ejemplos de los sinsabores y la confusión típicos del amor adolescente.  

Es hasta este momento que el tema de la homosexualidad comienza a adquirir un carácter de mayor importancia en la película. En un inicio el inocente y sutil coqueteo es completamente indefenso y sin ningún tipo de repercusión para ninguna de las partes. Tras probar la evasión y la experimentación heterosexual, Elio toma la valiente decisión de ser honesto consigo mismo y asumir lo que está sintiendo por Oliver. Una vez que Elio se arriesga a expresarle a Oliver sus sentimientos, a éste no le queda más que reconocer lo que también él está sintiendo. Gracias a ello, Elio y Oliver empiezan una apasionada relación que, en el último tercio de la película, ya abarca los aspectos físico, emocional y sexual y que, a pesar de su corta duración ante el impostergable fin del verano, dejará profundas huellas en ambos.

Sin duda, uno de los elementos más entrañables de la película es la reacción de los señores Perlman ante lo que está ocurriendo entre su hijo y su invitado. Lejos de la supuesta discreción con la que inician su relación, los padres de Elio están plenamente conscientes de lo que está ocurriendo desde el primer momento, empatizando con el proceso que está atravesando su hijo, respetando su intimidad y privacidad (en ningún momento lo obligan a expresar lo que está sintiendo por Oliver) y apoyando las decisiones que, como un adulto en ciernes, está comenzando a tomar y que definirán el resto de su vida. El monólogo del señor Perlman consolando a su hijo tras la partida de Oliver es uno de los momentos más hermosos de la película, elogiando el valor de aquellos que se atreven a amar y recordando la fugacidad de la vida y la importancia de vivirla intensamente.

Además del extraordinario guión y la excelente dirección, es indispensable destacar la enorme calidad actoral del elenco, en especial de Timothée Chalamet que hace un papel impecable como el joven Elio. Chalamet es el corazón y la esencia de la historia: desde la primera escena su trabajo es fantástico y cada toma contribuye a que el espectador, como Oliver, no pueda resistirse al carisma y la sutil sensualidad de este Antínoo moderno. Armie Hammer como Oliver y Michael Stulhbarg como el papá de Elio hacen una gran labor como elementos de apoyo y ejes conductores de algunos de los momentos de mayor carga emocional de la cinta. La fotografía y la música de la película terminan por transportar al espectador y a sumergirlo en una historia de amor que, aunque sabemos que es fugaz, vale la pena observar y seguir.

El final de la historia, al igual que la gran mayoría de los romances adolescentes, es agridulce. Elio y Oliver no se quedan juntos, porque no están destinados a quedarse juntos. Sin embargo, la experiencia ha dejado profundas enseñanzas a Elio sobre el amor, su propia sexualidad y las dificultades de crecer. Al estar la película enfocada en la experiencia de Elio, solo podemos imaginar las repercusiones que el episodio tuvo en la vida de Oliver. En una de las últimas escenas, cuando Oliver le habla a Elio para avisarle que se va a casar con su novia de toda la vida, deja entrever que su camino tampoco ha sido sencillo: añora el entorno familiar de Elio y menciona la imposibilidad de que su padre pudiese aceptar su relación de la forma en que lo hacen los Perlman. 

La película termina con un Elio solo frente a la chimenea, llorando ante la noticia que acaba de recibir. Aunque su amorosa familia está con él y se encuentra en el hogar en el que vivió ese intenso romance, se siente profundamente solo. Porque, después de todo, el proceso de enamorarse, desenamorarse y empezar de nuevo es profundamente solitario. No obstante, como bien dice el papá de Elio, vale la pena vivir y sentir cada minuto del proceso.

 

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