Reseña
BUGONIA
SECTAS RÍGIDAS EN LAS QUE EL VOTO DE CONFIANZA ES IMPOSIBLE DE CONSEGUIR
por Luis Alfonso Gómez Arciniega
16 de marzo de 2026

I.
Esbelta, adinerada, con una ambición profesional que parece ilimitada, Michelle Fuller (Emma Stone), la protagonista de la última película de Yorgos Lanthimos, Bugonia (2025), es una influyente directora ejecutiva de la corporación farmacéutica Auxolith. Todos los días se despierta a las cuatro de la mañana, sigue un programa terapéutico antienvejecimiento muy estricto y gestiona la vida mediante un vocabulario de innovación, bienestar y responsabilidad social —una repetición maquinal de alguna presentación de PowerPoint con el título “misión, visión y valores”— en un ambiente corporativo de ventanales polarizados, concreto impoluto y gimnasios profilácticos. El cinismo fundamentado en el apotegma de que el “pobre es pobre porque quiere” encuentra en ella una fiel adepta. Capaz de posar en la tapa de Forbes, pero no de mostrar algún asomo de remordimiento por los daños colaterales de sus productos, el personaje encarna, acaso de manera un tanto caricaturesca, la portada de cualquier folleto de inclusión empresarial de los últimos años. Incapaz de apreciar la naturaleza en tanto fuerza disruptiva, Michelle admira a las abejas por “la complejidad de su sociedad, la ética de trabajo, como cumplen con su trabajo y construyen su mundo sin quejarse, sin devoción ni obsesiones”.
II.
Cacarizo, sucio, con una biografía arrasada por el duelo y la precariedad —que, en su largo catálogo de desgracias, incluye negligencias médicas, violaciones infantiles y despidos injustificados—, Teddy Gatz (Jesse Plemons) fue alguna vez trabajador de la compañía Auxolith. El arrogante demócrata liberal de las últimas décadas encontraría en él la encarnación de todo lo que imagina en el votante de Alternativa para Alemania (AfD) o en el de la Agrupación Nacional (RN); en el red neck trumpista, el libertario antivacunas o el negacionista del coronavirus. Después de perder su trabajo, Teddy se dedica, junto con su primo Don (Aidan Delbis) —joven en el espectro autista—, a la apicultura. La angustia existencial provocada por quedar marginado de la sociedad en una cabaña periférica lleva a Teddy a convencer a su primo de que los andromedanos —una raza superior de la galaxia vecina— dirigen el planeta y lo están destruyendo (prueba de ello es la disminución abrupta en la población de abejas que ha llevado a la especie al borde de la extinción). El exempleado resentido de Auxolith está convencido de que la millonaria Michelle es una líder de los alienígenas que orquestan la invasión: “Tú has ayudado a tu especie a lograr la esclavización tecnológica y el desmoronamiento del planeta Tierra de la mano de las corporaciones agrícolas. Asesinaste a mi familia. Asesinaste a mis amigos. Asesinaste a mi comunidad. Asesinaste a las abejas”. Para remediar estas injusticias bíblicas planea secuestrar a la “mujer de negocios”, encerrarla en el sótano de su casa, torturarla hasta arrancarle una confesión y negociar con los altos mandos andromedanos una retirada del planeta. Es una actualización más del teorema de Thomas: “Si las personas definen las situaciones como reales, estas son reales en sus consecuencias”. Teddy confiesa a su víctima durante el secuestro que ha abrevado de todos los veneros políticos —desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha—, solo para encontrar con quién identificarse, aunque, después de arar en tierra marchita, ha llegado a la conclusión de que solo se trata de etiquetas estúpidas. Lejos de mostrar empatía por un individuo claramente menos preparado que ella, Michelle desestima el rencor contenido de Teddy, quien, además, tiene a su madre en coma en un hospital tras el ensayo clínico fallido auspiciado por la farmacéutica. La ejecutiva, además, le reitera en distintas ocasiones su desprecio: “¡No puedes ganarme porque tú eres un perdedor y yo soy un ganador, y así es la puta vida!”. Para ella, la apicultura es un oficio menor, desagradable, que ni de lejos tiene el brillo, el valor o el mérito de la actividad empresarial. Es imposible que un personaje tan limitado pueda tener razón en algo y, aunque la tuviera, no vale la pena escucharlo (y aquí es perfectamente posible evocar a los académicos estadunidenses burlándose de quienes votaban por Trump porque, desde su mal gusto campirano y precariedad intelectual, eran incapaces de entender la grandeza de la utopía encabezada por Barack Obama).
III.
Imagino que no hace falta esforzarse mucho para ver que Teddy y Michelle representan dos formas arquetípicas de darle la espalda a la complejidad de la vida y de ejercer la crueldad contra todo aquel que no encaja en una comunidad determinada. Se trata de dos formas de hacer inteligible el presente sin hacer muchas preguntas. Aunque los seres humanos orienten su vida en torno a prejuicios, no saben que, vistos desde otro planeta, sus vidas pueden lucir ridículas, insignificantes y perfectamente reemplazables. En la película de Lanthimos, los andromedanos crearon a la humanidad como experimento y la acompañaron durante milenios hasta dictaminar su irremediable fracaso. Cuando en una nave nodriza se decide el destino final de los terrícolas como si fuera un trámite administrativo es posible retomar la cita de Friedrich Nietzsche: “En un apartado rincón del universo donde brillan innumerables sistemas solares, hubo una vez un astro en el que unos animales inteligentes descubrieron el conocimiento. Fue el minuto más engreído y engañoso de la ‘historia universal’, aunque, a fin de cuentas, no dejó de ser un minuto. Tras un breve respiro de la naturaleza, aquel astro se heló y los animales inteligentes hubieron de morir. Aunque alguien hubiera ideado una fábula así, no habría ilustrado suficientemente el estado tan sombrío, lamentable y efímero en que se encuentra el intelecto humano dentro del conjunto de la naturaleza”.[1]