Ensayo
Blade Runner
y la melancolía de la condición humana
por Pablo Andrade

9 de octubre de 2017

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Blade Runner (Ridley Scott, 1982) me ha parecido siempre una película melancólica. Todos los personajes —desde el lacónico Rick Deckard de Harrison Ford, pasando por la misteriosa Rachel de Sean Young, hasta el mítico Roy Batty de Rutger Hauer— deambulan en una ciudad de Los Ángeles en la cual la luz del sol nunca aparece y llueve permanentemente; una ciudad demasiado agresiva, triste y asfixiante que acendra en los protagonistas un sentimiento de melancolía. Sin embargo, su desasosiego proviene de un lugar más elemental: su alma. Y es que Deckard, Rachel, Batty y compañía son melancólicos, porque desconocen su verdadera identidad, no encuentran un lugar en el mundo y se dividen entre la nostalgia por el pasado y la incertidumbre del futuro. 

 

Para mí, Blade Runner es una metáfora de la historia de la humanidad y su eterna búsqueda de sentido; del interminable proceso de las sociedades —y de los individuos— por concretarse, deconstruirse y empezar de nuevo; del miedo que nos provoca la otredad y las múltiples formas que puede adquirir aquello que conocemos como condición humana. De hecho, en la película la línea que separa a las humanos reales de los artificiales es casi irreal, imperceptible, lo suficiente para que no sepamos quién es quién en la historia, tanto para que los propios personajes tengan dudas sobre su naturaleza —revelación que ha obsesionado a los fans de Blade Runner por más de treinta años.

Así pues, la obra maestra de Ridley Scott es una indagación elegante, profunda y muy sofisticada sobre lo que significa ser humano. En esa exploración, la atmósfera noir, la oscuridad perpetua, la humedad que penetra hasta los huesos, la luz neón que ha sustituido a los rayos del sol, son la exteriorización del estado emocional de los personajes que no hacen más que buscar la respuesta a la misma pregunta que nos hacemos todos: ¿quién soy yo?

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Me gustaría saber quién soy. Como no hay mucho que me ayude a orientarme acepto que la respuesta será inasible por siempre. Presiento que soy el resultado de múltiples procesos, de algunos triunfos y muchas derrotas. Estoy seguro que soy todos los ratos felices que he tenido la dicha de vivir, pero más aun de que son los momentos difíciles, los baches, los que me han forjado. He tenido que aprender a valorar las cosas tristes y la belleza frágil de las causas perdidas. Viajo constantemente entre la nostalgia del pasado y la excitante incertidumbre del futuro. Creo intuir que los episodios trágicos abren heridas nuevas cuyas cicatrices son la única evidencia de que hemos vivido para contarlo. 

 

Pienso en los últimos episodios trágicos que he vivido. El más aterrador es la experiencia, aun no digerida por completo, de haber padecido un cáncer hace menos de seis meses. El cáncer no me mató y gozo de un diagnostico muy favorable. Muy probablemente el tumor no vuelva más. Sin embargo, la experiencia ha marcado mi vida ha niveles que aun no logro comprender, me ha hecho preguntarme una vez más —y quizá de la manera más punzante— ¿quién soy yo?

 

La respuesta es acuosa, nunca tengo la claridad que quisiera, me convenzo de que la identidad que ostentamos no es estática, nunca somos algo determinado, siempre estamos transformándonos, creciendo, enfrentando escenarios escabrosos —como el cáncer— y a la idea misma de que vivir implica perder cosas hasta que paulatinamente perdemos la vida en sí.

 

Hago memoria y recuerdo que Blade Runner fue la primera película que planteó ese tipo de cuestiones en mi mente; la primera que me hizo consciente de que existe un límite, de que la vida humana acaba. Sin embargo, también es la experiencia cinematográfica que mejor retrata para mí la belleza oculta que proviene de la aceptación de dichas limitaciones, pues la condición humana radica en nuestra capacidad de morir y de aceptar que somos un proceso lleno de melancolías, triunfos, derrotas, alegrías y tristezas, y aunque el ciclo tenga que cerrarse algun día eso puede resultar profundamente liberador.

 

Pienso en eso cada vez que veo a Rick Deckard, un antiguo Blade Runner existencialista , quien al final debe aceptar que su autoproclamada humanidad está en juego ¿Es algo intrínseco de la experiencia humana tener miedo de perder aquello que nos hace ser quiénes somos? Deckard parece aceptar que así es. Que lo humano no es eterno —y que en dicha aceptación radica su humanidad—, que nadie sabe cuánto tiempo le queda, pero también descubre que a toda desgracia sigue un periodo de reconstrucción que contiene en sí mismo la posibilidad de empezar de nuevo. 

***

Bajo un cielo oscuro y triste, Deckard ve morir a Roy Batty. Al principio, teme que el replicante haga uso de su fuerza sobrehumana para acabar con él, pero, a cambio, éste se sienta a su lado y describe con nostalgia todas las cosas hermosas que sus ojos artificiales vieron durante su vida y que ahora sólo serán “como lágrimas en la lluvia”, recuerdos que se pierden para siempre. Después muere. Deckard lo mira casi con lástima, como sintiéndose identificado con el replicante, con “el otro”, y las fronteras que los separan se difuminan permanentemente. Humano o replicante, ya no hay diferencia. 

 

A lo lejos, Deckard escucha la voz de Gaff, el misterioso agente que lo ha seguido durante este tiempo y que posee una extraña habilidad para saber qué es lo que siente, piensa y hasta sueña. “Ha hecho el trabajo de un hombre, señor” le dice, mientras Deckard sólo alcanza a asentir. “Es una lástima que ella no sobreviva, pero… ¿quién sobrevive?

 

Mientras se dirige a su departamento, donde está oculta Rachel, Deckard no puede evitar pensar que tal vez ya la han asesinado. Resuenan en su mente las palabras de Gaff: “¿quién sobrevive?”. No puede evitar sentirse aludido, ¿será que él tampoco sobrevivirá? Cuando llega al escondite encuentra a Rachel tumbada en la cama, dormida. Sus miedos desaparecen por un instante, pero sabe que tiene que huir, que no puede quedarse ahí por mucho tiempo, pronto los irán por ella (¿o por él?). Huir es la única esperanza. 

 

Ahora no hay nada que lo haga diferente de los replicantes, Deckard se ha encontrado a sí mismo a través del otro y se pregunta si tal vez alguna vez fue distinto a ellos. Mientras huye junto a Rachel, lo asalta la idea de que él mismo podría ser aquello que ha perseguido por tantos años.

 

Un pequeño objeto brilloso que yace en el suelo lo distrae de sus pensamientos. Rachel ya está en el elevador, esperándolo. Deckard recoge una misteriosa figurilla de origami que Gaff suele dejar como recuerdo: un unicornio, como el de sus sueños. ¿Cómo pudo saber aquello? Por un minuto siente que sus recuerdos son solo implantes como los de Rachel. No lo piensa mucho, le da igual. Lo único que sabe es que si Batty pudo labrase una identidad, él también podría lograrlo. 

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Estoy aquí, estoy vivo, estoy transformándome permanentemente. Las desgracias me han definido más de lo que me han difuminado, y aunque no sepa cuánto tiempo me queda —lo suficiente para ver Blade Runner 2049— escucho una voz misteriosa que habla en un inglés que bien podría sonar a cualquier otro idioma: but then again, who does? 

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