Ensayo
apuntes más allá de weinstein y el cine 
por Mónica Martínez

25 de octubre de 2017

Con sólo un par de días de diferencia, The New York Times y The New Yorker hicieron públicos sendos trabajos de investigación periodística sobre uno de los secretos a voces más nocivos de Hollywood. Harvey Weinstein, co-fundador de la casa productora Miramax y mimado por la Academia, de la que hasta entonces era miembro, exhibía un patrón de acoso sexual, metódico y sistemático, que abarca al menos tres décadas. Más de 50 mujeres, entre ellas reconocidas actrices, directoras de cine y guionistas, han denunciado públicamente que fueron víctimas de los abusos de Weinstein. 

 

Aunque un número importante de las acusaciones son parte de los reportajes originales, tantas otras mujeres han decidido hacer públicas sus experiencias en una suerte de catarsis colectiva culminada en las revelaciones #MeToo, que se pueden encontrar en redes sociales, para dar cuenta de la ubicuidad de la violencia sexual hacia las mujeres en Estados Unidos y el resto del mundo. A pesar de que los recientes escándalos por acoso sexual no son privativos de la esfera del entretenimiento —sólo este año otros casos públicos incluyen al ejército, la academia, Silicon Valley y restaurantes de comida rápida, sin mencionar al propio Presidente— me parece que el caso de Weinstein tiene el potencial de repercutir de manera importante sobre la percepción que se tiene del acoso sexual en la vida de las mujeres, así como de detonar alianzas que cambien de manera sustantiva nuestra experiencia en las esferas pública y privada.

 

Mi razonamiento se divide en dos ideas primarias, pero eso no quiere decir que no tengan cabida otras ideas que se intersectan a lo largo de estos apuntes. La primera idea es que Weinstein, aunque en el ocaso de su carrera, representa un pilar importante (hasta la hija de Obama quiso ser su intern este año) de un sector industrial valuado en miles de millones de dólares —por ejemplo, en 2016 las entradas al cine produjeron ganancias por más de 38 mil millones de dólares alrededor del mundo—, que también produce “arte”. Esto permite explicar por qué el cine se ha vuelto un componente tan común como sublime, tanto reflejo cuanto molde, de la experiencia humana. La segunda idea tiene que ver con la publicidad que la conversación ha adquirido a partir de la publicación de los reportajes de Kantor, Twohey y Farrow; de forma tal que la conversación que suele darse entre mujeres llegó a otras audiencias, que se ha sumado a que —por lo menos en Estados Unidos— el último año ha sido un parteaguas social para segmentos específicos de la sociedad (en este caso mujeres) cuyas voces han pugnado por desechar un conjunto de normas fétidas que inciden sobre los derechos y las libertades más básicas del ser humano.

 

En el pináculo de su carrera, Weinstein produjo películas del talante de Pulp Fiction (Quentin Tarantino, 1994), Kids (Larry Clark, 1995), Good Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), Life is Beautiful (Roberto Benigni, 1997), Shakespeare in Love (John Madden, 1998), Chicago (Rob Marshall, 2002) y Gangs of New York (Martin Scorsese, 2002). En la última década, coprodujo Vicky Cristina Barcelona (Woody Allen, 2008), Inglorious Basterds (Quentin Tarantino, 2009), The King´s Speech (Tom Hooper, 2010), The Iron Lady (Phyllida Lloyd, 2011), Django Unchained (Quentin Tarantino, 2012) y Lion (Garth Davis, 2016). La influencia de Weinstein es más que notoria (lo apodaban “the Oscar whisperer”, una surte de Rey Midas de la Academia) en el mainstream comercial. Pero también hay algo más sutil que importa. Harvey Weinstein también está detrás de lo que muchos de nosotros alabábamos en nuestra adolescencia, esas películas que nos hacían sentir únicos, porque las creíamos independientes, porque las guardábamos como un secreto a ser compartido únicamente con las almas gemelas. Excepto que esas joyas tan preciadas de nuestros días juveniles también moldeaban la manera de experimentar, expresar y procesar relaciones interpersonales, sutilmente forjando masculinidades que se intuían superiores (y, por lo tanto, deseables). Desde luego que muchas de nosotras este cine también nos fue diciendo qué tipo de mujer inundaba los pensamientos de nuestro nerd sensible favorito. Y muchas queríamos ser esa mujer. Digo, yo por lo menos me pasé de los 15 a los 25 pensando que mi vida romántica y sexual podía adaptarse como la versión 2010 de Woody Allen en los setenta, o como un spin-off de la serie de HBO Girls (Lena Dunham, 2012).

 

Por lo menos a quienes nos gustan esas películas, pero estamos horrorizados por la conducta de los Weinstein, Allen y Polanski —sospecho que son muchos más, me vienen a la mente Kechiche y von Trier, incluso Hitchcock— nos queda enfrentar la pregunta de si podemos separar la obra del autor (o productor) o si podemos, incluso, hacer revisitas a las películas con las que estamos tan encariñados sin sentirnos asqueados porque ahora sabemos que están impregnadas de inmoralidad, de ultrajes y abusos. Quizá haya quien objete, al menos en los casos de Abdellatif y Lars, que la incomodidad emocional de Seydoux —en La vida de Adèle (2013)— y Björk —en Dancer in the Dark (2000)— era requisito indispensable de la calidad actoral que demandan tales directores; que esa violencia, en realidad, es arte puro. Yo lo dudo. Creo que ese ha sido una equivocación absoluta en nuestra manera de apreciar y consumir cine. Tampoco voy a mentir. Annie Hall (Woody Allen, 1977) es una de mis películas favoritas. Como fan del género Hitchcock es fundamental y Kechiche tiene por lo menos tres películas que me son indispensables, pero no puedo dejar de pensar si al disfrutarlas también estoy alargando el dolor al ensalzar al “artista”. El pensamiento mismo me da náuseas y no sé cómo descubrir la manera de compaginar mi solidaridad con las víctimas y mi amor por las obras.

 

Me aventuro a pensar que, ante el miedo de perder esa conexión especial con tantas películas, mi cerebro opte por “compartamentalizar”; es decir, por asignar emociones independientes de acuerdo con categorías subjetivas: sí, me gusta Annie Hall y sí, creo que es sumamente posible que Woody Allen sea pederasta. Amo la película, aborrezco a Allen. Lo aborrezco, además, desde 2011 por subrogarse vulgarmente. Por primera vez lo vi con ojos adultos, neurótico e inseguro en Owen Wilson; la misma figura masculina —LSD-Era-All-American-Boy by both, Playboy and Esquire— desde 1966. ¡Me aburre! Pero no estoy segura de que sea una solución plausible.

 

En este contexto, ver con otros lentes a nuestro autor, película o serie favorita se vuelve una necesidad para quienes sentimos una tarea pendiente con #IHave y #IWill. Así, como señala Alexandra Schwartz a propósito de Weinstein en The New Yorker:  “[no] hay remedio público contra el agravio privado”. Coincido y agregaría que “[l]a luz del sol es el mejor desinfectante”. Desaprender códigos de conducta y normas sociales rebasadas es incómodo. Habrá quienes encuentren ejemplos liderados por hombres muy ilustrativos. Habrá quien diga que es tarea de las mujeres hablar sobre acoso, de machismos, de violencias y exigir soluciones. Sin el involucramiento convencido de más hombres (y de más mujeres) esto no puede prosperar; si no buscamos esas alianzas genuinas, el riesgo será tener resultados contraproducentes porque los hombres verán toda situación con suspicacia, en detrimento de nuestras oportunidades, y el empuje continuará para proteger el renombre y dejar intactas las raíces del acoso sexual en los espacios públicos, ya no se diga en la privacidad de la casa: “[p]orque puedo, porque me divierto, porque no pasa nada”. 

Mi confesión de acoso (#IHave) tiene que ver con un descubrimiento doloroso, de una prepotencia anclada en mi falsa noción de que no soy una mujer débil, sino todo lo contrario. Soy hombruna, y en realidad no es tan malo porque lo que realmente desean todos los hombres es eso, que una se les vaya encima. Es una idiotez. Soy hombruna (fuerte) y eso es mejor que ser una mujer muy femenina (débil). Y reproduzco, de manera inmediata y torpe, todo aquello que me repugna en los hombres. Me avergüenza recordarlo, pero es necesario. Mi estrategia feminista empieza por reconocer mi propia misoginia y quiero seguir desaprendiéndola. 

 

Si hay algo positivo que se puede desprender del escándalo Weinstein es la conversación pública que ha suscitado un tema que, hasta hace muy poco, se asumía como uno más de los gajes del oficio de ser mujer. La cloaca se destapó y fue necesario una oleada de mujeres persistentes y de renombre para que la caída de un cachalote de la talla de Harvey cimbrara la esfera pública (de no haber sucedido así, seguramente hubiera ido a terapia por su “adicción al sexo”, volvería redimido y seguiría violentando mujeres). Y que de algo nos sirva recordar que ni siquiera las acusaciones de pederastia hacia Woody Allen o el hecho de que Roman Polanski es un violador de menores confeso han logrado posicionar el tema al centro del debate público. Me alegra, y participo en él, pero también me aterra que se quede en la superficie y que los detractores de siempre insistan con vehemencia que se trata de mujeres paranoicas, demasiado sensibles —sobre todo quejumbrosas—,“feminazis” a las que nada nos parece ni siquiera un piropo inocente.

 

Me atrevo a sospechar que si todavía estás leyendo es porque el tema sinceramente te importa. Tal vez no sólo te importa “porque tienes hijas, mamás, hermanas o novias” —voy a fruncir el ceño, pero no puedo darme el lujo de alienarte sólo por eso—; sino porque te has dado cuenta de la magnitud del problema. Sé que muchas veces hemos estado del mismo lado y que también quieres desaprender lo más tóxico de tu masculinidad. Sé que te gusta el cine, y adoras las películas bien hechas y te parte el corazón que tus películas favoritas estén envueltas en este escándalo, ¿qué culpa tienen ellas? Si todavía me estás leyendo quiero que sepas que también quiero seguir hablando del tema, aprendiendo y desaprendiendo, pero tengo que pedirte que abraces el feminismo. Que no lo entiendas como “hembrismo”, sino como antídoto al machismo. Ese machismo que nos ha puesto expectativas ridículas, y que ambos hemos caído en sus trampas. Escúchanos —escuchémonos— con atención y léenos —leámonos—, invítanos a tus paneles académicos y secunda —secundemos— nuestras ideas cuando otros quieran ignorarlas por inercia: debate con nosotras. Déjanos en paz cuando no queramos ligar contigo; somos humanos libres, no te debemos nada. Respétanos, porque somos muchas a las que nos están matando.

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