Reseña
Animal Vertical
por Adriana Orrico

19 de abril de 2017

Nominada a la Palma de Oro en el Festival de Cine Cannes de 2016, el quinto filme de Alain Guiraudi es una propuesta audaz, que exhibe la historia de un cineasta en la búsqueda de inspiración —aparentemente para terminar un guion cuyo deber le perseguirá durante la cinta.

 

También se podría juzgar que esa búsqueda es por la inspiración, que le ha privado una individualidad basada en el voluntario aislamiento; y cuyas engañosas certezas le lanzan a probar relaciones de forma indiscriminada. Y a explorar la paternidad planteada como otras perspectivas de la película; es decir, sin omitir lo que no queremos ver: las rupturas, los fluidos desbordados en su génesis, los gritos desconsolados y la complicada adaptación entre la persona naciente y un mundo que no siempre sabe cómo esperarle.

 

En Animal Vertical podemos leer una crónica surrealista sobre la libertad y la rigidez de esta búsqueda obsesiva. Paseamos junto al personaje principal (Leo) por diversos ambientes, bajo una línea argumental visualmente exquisita. Es como sentarse ante un banquete slow food que reivindica los más elementales recursos cinematográficos. Las escenas nos presentan una ventana abierta a las sensaciones de palpar, oler, escuchar y observar sin sutilezas lo que sucede a los personajes —cuya construcción tampoco requiere de artificios para presentarse.

 

A través de una limpieza escénica con planteamientos francos y complejos —pero sin distracciones— se nos permite intimar en las tomas cerradas de rostros naturales, con los que mantenemos una conversación o podemos adivinar sus introspecciones.

 

En contraste, gritamos al viento con la soltura que nos deleita un camino abierto y recibimos de frente las curvas de la carretera como se reciben las de los días, sinuosas y placenteras. Como quien se atreve a lanzar por la ventanilla el guion de los estándares, tal como la sensación que la película nos brinda en tomas extremas abiertas o paseándonos en dolly in por las incertidumbres del protagonista. Éste es ante todo un buscador de lobos que inspiran, que atacan al ganado y frente a los que no queda más que permanecer vertical: mantenerse erguido y admirar su labor en manada.

 

La manada es a su vez la colectividad que inevitablemente los seres sociales buscamos; y con resultados no siempre efectivos, por ejemplo: como los que dejan a Leo parado en medio de la nada y cargando a su propio bebé bajo un puente, donde un grupo de vagabundos lo despoja de toda prenda sin piedad. Es una toma que inevitablemente evoca a La Naranja Mecánica (Stanley Kubrick,1971).

 

Aparentemente todo ello es consecuencia de la evasión de los compromisos. Situación que implica asumir lo otro, y relacionarse o aferrarse a la huida de la ansiedad, que supone amanecer repetidamente ante el mismo close up de quien nos encuentra desnudos —confiriéndole al cuerpo, más allá de las desinhibiciones físicas, el misterio de la intimidad y el develo de los encantos de la vida y la muerte.


Lo que inevitablemente exhibe nuevos cuestionamientos para Leo es la adicción a seguir explorando y preguntarse en cada parpadeo cómo sería la vida si se abandona todo. En otras palabras, la elección entre el riesgo de atreverse a la permanencia (compartida) o la adicción a la inconsistencia. Este último estado —por el que viajará tomando decisiones, que le involucran de manera inesperada con los personajes que parecían estar de paso y paralelamente— le arranca los lazos que le brindaban comodidad, pero con los que nunca terminó de comprometerse.

 

La sexualidad explícita sugiere una invitación a recorrer los velos de lo terrenal y tomarnos el tiempo de observar, sin complejos, el transcurrir de la vida. No como una mera responsabilidad, sino como una aventura que nos cautiva con la magia del ínfimo detalle; o se vuelve una farsa que nos sorprende con la extensión del horizonte —pero solo para jugar con el ser, más allá de los paradigmas a los que nos aferramos para parecer convencionales.

 

Es una puesta refrescante que maneja con naturalidad y de forma vibrante la cámara. Además, la impecable dirección de arte nos dibuja contrastes construidos en una honesta sensatez tonal y sencillez en el uso de utilería.

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