Reseña
A ghost Story
por Pablo Andrade

5 de enero de 2018

Ir al cine es una experiencia fundamentalmente sensorial y emotiva que constituye uno de los grandes placeres de la vida moderna. Cuando una película logra tocar fibras sensibles, emocionarnos, conmovernos, hacernos reflexionar y transportarnos a una realidad alternativa por muchas horas —incluso varias más después de haber terminado la proyección— entonces podemos decir que tuvimos una experiencia cinematográfica significativa.

 

Sin embargo, con una oferta dominada principalmente por filmes de superhéroes, secuelas y remakes innecesarios, encontrar este tipo de experiencias se vuelva cada vez más complicado. No quiero decir que este tipo de cine no sea disfrutable —o que sea todo malo— sino que acaso hace de la ocasión de ir a una sala de cine una vivencia cada vez más genérica, menos estimulante en términos intelectuales y emocionales. Por ello, toparse con cintas como A Ghost Story (David Lowery, 2017) resulta satisfactorio y profundamente revitalizante. El filme de Lowery cuenta la historia de un hombre muerto (Casey Affleck), cuyo fantasma ronda la casa donde pasó los últimos años de su vida con su novia (Rooney Mara). Pero su retorno, como entidad paranormal a la casa conyugal, no está determinado por la dimensión temporal, como sí parece estarlo por la espacial. Su espíritu está condenado a experimentar todas las encarnaciones del tiempo (presente, pasado y futuro) en un ciclo permanente, constante y repetitivo, pero encadenado a un solo espacio: el lugar donde vivió con la mujer que amó antes de morir.

 

Lo más interesante del filme es su capacidad hipnótica derivada de una puesta en escena bella, pausada y contemplativa, con un estilo visual que recuerda al de Terrence Malick —principalmente en los filmes en los que colabora con Emmanuel Lubezki. Esta cadencia permite al espectador algo que los filmes modernos, que se caracterizan mayormente por su ritmo vertiginoso, ya casi no logran: ofrecer planos de larga duración que ofrecen al espectador la oportunidad de que hurgue en sus adentros para encontrar sus propios significados ante las imágenes que está viendo.

 

Para Lowery lo más importante es la experiencia individual de cada espectador y la significación que le otorga. Por ello pone ante la audiencia imágenes cuyo significado final solamente puede ser completado por las experiencias de quien contempla. De quien ve en los planos del filme la melancolía de los sitios, otrora felices, hoy desolados por la perdida y la soledad; o la desesperanza de un ser humano que ante la pérdida de su pareja sólo atina a llenar su vacío engullendo cantidades ingentes de comida mientras llora; o el incesante paso del tiempo que nos trasciende a todos, cruel, indiferente, total.

 

Pero el centro del filme es sin duda el fantasma y su metáfora. Una visión que se presenta ante nosotros como una sábana blanca con agujeros en lugar de ojos: una imagen tanto icónica cuanto aparentemente rebasada, que inspira sentimientos mucho más cercanos a la compasión, la ternura, la tristeza, la melancolía y la nostalgia que al terror. Y es que para Lowery, un fantasma es fundamentalmente un fenómeno triste que, aunque sí puede llegar a ser aterrador, se basa en la negación de la pérdida y en la repetición de ciclos de dolor. Me viene a la memoria la apertura del filme El espinazo del diablo (Guillermo Del Toro, 2001), donde una voz lúgubre define al fantasma como “un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez…” y me parece que A Ghost Story es una indagación lúcida de esta idea del evento fantasmagórico como una fábula sobre el apego al dolor.

 

En ese sentido, uno de los aspectos más interesantes del filme es la manera en que la pareja protagonista lidia con la pérdida. Ella asumiendo la muerte de su novio, luchando por restablecer su vida y dejar el pasado atrás; y él convertido en un fantasma, condenado a ver el paso del tiempo una y otra vez, incapaz de descansar por no poder romper con el apego a la casa donde compartieron su vida en común. De esta manera, la metáfora de la película es que las personas nos convertimos en fantasmas cuando no logramos superar situaciones, personas o lugares en nuestra vida, y que estamos condenados a repetir nuestro sufrimiento constantemente hasta lograr la liberación del desapego. 

 

Así pues, A Ghost Story un filme sobresaliente, valiente e íntimo, una rara avis en el cine actual, una experiencia extraña poblada de símbolos y metáforas de gran belleza. Nos ofrece una ventana para mirar al interior de nosotros mismos y para lidiar de la mejor manera con nuestros propios fantasmas.

 

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